Brooklyn (Skyline 1) 14. A pasos agigantados
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14. A pasos agigantados

A pasos agigantados

Aquella noche había descansado como hacía días que no lo hacía, a pierna suelta y teniendo un sueño reparador. Nada de pesadillas recurrentes, cero cuadros de ansiedad, ausencia de apnea del sueño.

Soñé con caballos, con ojos negros y con manos grandes y suaves que envolvían las mías, sosteniéndome, guiándome hacia otro lugar fuera de mi realidad.

Ryan Cohen me hacía bien, de eso no me cabía la menor duda. Y lo conseguía por varios motivos, pero fundamentalmente porque me infundía seguridad cada vez que estaba a su lado. Nadie, nunca, lo había logrado hasta el momento.

* * *

Me levanté como cada mañana, a la misma hora, pero con una sonrisa en los labios. Algo dentro de mí estaba cambiando, sin ni siquiera ser consciente de ello.

Me duché, me recogí la melena rubia en un moño bajo gracias a unas horquillas, me maquillé en tonos suaves y me vestí con el uniforme que había planchado la noche anterior.

Mientras hacía todas esas cosas de forma mecánica, no dejaba de canturrear la canción I want to break free, de Queen, imitando el divertido bailoteo de Freddie Mercury, aspirador en mano y rulos en el pelo, parodiando una telenovela británica denominada «Coronation Street» al tiempo que cantaba a la libertad.

Así, me dediqué a contonear las caderas y mover la cabeza de forma divertida en todas las direcciones.

Era la primera vez en mi vida que me sentía así.

Era una sensación tan extraña y a la vez tan estimulante que tuve que pellizcarme para saber que era real y no fruto de mi imaginación.

Eché un vistazo al reloj despertador de la mesita. Las 6.55. Me calcé en un visto y no visto. Por mi integridad física, mejor no llegar tarde.

Tras pasar revista en el vestíbulo con mis compañeros y con Rose Guido, me dirigí a la cocina para recoger el desayuno de Ryan.

Por lo que sabía era lo mismo de siempre: huevos y beicon, panqueques con sirope de arce, tostadas francesas, zumo de naranja recién exprimido y macedonia de frutas.

Y, como las dos mañanas anteriores, estaba segura de que él sólo se tomaría el café.

Salí al patio y recorrí el sendero que atravesaba el césped, que olía a hierba recién cortada, a frescura y a ese heno que crece salvaje en las praderas. Ése era el mismo camino que cada mañana sobre la misma hora me llevaba hasta la acacia y hasta él.

—Buenos días, señor Cohen.

Ryan alzó la vista cuando mi sombra tapó las páginas del periódico que estaba hojeando.

—Buenos días, señorita Steinfield. —Sonrió levemente, sin separar los labios—. ¿Ha dormido usted bien?, ¿ha podido descansar?

Observó mis labios a la espera de mi respuesta.

—Oh, sí. Muchas gracias.

—Me alegro. —Echó un breve vistazo a la bandeja que sujetaba—. ¿Ha desayunado?

—Un café con leche.

—¿Le apetece una tostada o alguna otra cosa? ¿No le gustaría acompañarme?

Su ofrecimiento me pilló desprevenida, por lo que me quedé en silencio. Estaba de servicio, así que ponía en duda que estuviera bien visto que me sentara a desayunar con él; no lo aprobaría nadie, ni Rose Guido, ni mis compañeros, y mucho menos mi progenitor, Douglas Cohen.

—Detesto que se tire tanta comida a la basura. —Dejó que nos envolviera un momento de silencio para luego añadir—: Créame, les tengo dicho que no derrochen tanto esfuerzo en preparar un desayuno que ni siquiera pienso probar.

Ryan mostró una preciosa sonrisa de resignación; una sonrisa que le iluminó gran parte de esos oscuros y tristes ojos.

Después se encogió de hombros.

—También odio desayunar, comer y cenar solo... así que me haría un favor si me acompañara, aunque sólo sea durante unos minutos.

Ryan arrugó el entrecejo cuando señaló en círculo para mostrar lo solitario que estaba el lugar y, al hacerlo, el incipiente sol lo molestó, provocándole un leve picor en los ojos. Se los restregó y, luego, insistió.

—¿Qué me dice? —me preguntó, recuperando la visión de mis labios—. ¿Acepta?

Clavé mi mirada en la bandeja.

—¿Antes podría dejarla sobre la mesa?

—Oh, disculpe. —Se frotó la nuca—. Por supuesto, ¡qué despiste!

Se levantó de inmediato de la silla y sujetó la bandeja por las estrechas asas, de modo que, sin pretenderlo y por tercer día consecutivo, rozó mis dedos y yo me ruboricé en el tiempo que dura un chasquido, hecho que, por otro lado, a él tampoco le pasó inadvertido.

Otra vez esa descarga, de nuevo ese magnetismo, esa explosión dentro de mi pecho hacia todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo y ese placentero cosquilleo en mi vientre.

Ambos nos miramos con una expresión de confusión.

¿Acaso también había sentido lo mismo que yo?

—Disculpe, no pretendía...

Depositó la bandeja sobre la mesa y, acto seguido, se excusó por el absurdo ofrecimiento de desayunar con él. Además, parecía genuinamente molesto con su comportamiento, al menos en parte.

—Debo irme.

No esperé su respuesta, pues salí disparada de allí, desapareciendo de su campo de visión a paso firme, con el corazón desbocado y las mejillas rojas como tomates.

—No, no, no, no, no, no...

Negué con la cabeza mientras me encaminaba hacia el interior de la mansión y parloteaba conmigo misma, reprendiéndome.

—¡No, no, no, no, no, no y no!

Lo que estaba ocurriendo no podía pasar, no debía permitir que pasara. Ryan Cohen se estaba encaprichando de mí y yo de él, hecho que hasta un ciego vería... encaprichando, prendando, enamorando..., cualesquiera de esas acciones eran inexcusables.

Por ese mismo motivo voy a aclarar aquí, por si alguien pretende tergiversar mis pensamientos, que Ryan Cohen era mi hermano, hermanastro, y que tenía claro que de esa relación fraternal nunca podría surgir nada sentimental. Nada, fin de la historia.

Conclusión: si me quedaba en esa casa bajo el mismo techo que él, debía cambiar mi trato, ser precavida y guardar muy bien las distancias. No debía coincidir con Ryan a menos que fuese estrictamente necesario y, en cada encuentro, tenía que permanecer a su lado el menor tiempo posible.

¡Maldita sea! ¿Pero en qué diantres estabas pensando Brooklyn Steinfield?

Ryan Cohen

La vi marcharse de mi lado y caminar hacia el interior de la casa al tiempo que se me encogía el estómago sin previo aviso.

En realidad, lo que sentí fue una sensación incontrolable y difícil de describir que sólo había experimentado con anterioridad en mis entrañas cuando Brooklyn estaba cerca de mí.

Dios, me costaba incluso mantener a raya mis palpitaciones y debía ocultar mi nerviosismo bajo una capa de seriedad fingida.

Esa imperiosa necesidad de saber más sobre ella, de ahondar en su vida, de profundizar en sus gustos y de averiguar cuáles eran sus sueños...

Me sentía atraído por ella sin control, como un tren a toda velocidad, sin frenos y a punto de descarrilar.

Siendo objetivo, debo añadir que la culpa no era simplemente de su exuberante físico, a pesar de ser menudo, ni de su preciosa cara aniñada, ni siquiera de sus increíbles ojos azules o de su manera de ser y de moverse. ..

Insisto, yo, que me consideraba una persona racional y cabal, emocionalmente estable y madura, que había recabado información sobre ese tema y estudiado largo y tendido sobre el amor y sus variables en términos de psicología, y que además había leído a la archiconocida Helen Fisher —quien asegura que el amor romántico se divide en tres categorías: lujuria, amor y apego, caracterizadas todas ellas por un conjunto de hormonas cerebrales y no del corazón—, no podía evitarlo.

Es decir, a sabiendas de todo eso, esa vez y sin entender por qué, me costaba analizar mis sentimientos hacia ella, pues no sabía distinguir si era un simple capricho o realmente me estaba enamorando de esa chica como un desquiciado.

No mentiría si os confesara que, desde el primer instante en que la vi, no había sido capaz de pensar en nada más, ni había logrado quitármela de la cabeza. Todo giraba en torno a Brooklyn, desde mi primer pensamiento al despertar hasta el último al cerrar los ojos antes de dormir.

Maldita sea, ¡cómo me atraía! Y no sólo pensaba en ella de forma carnal, sino más allá... como si algo enigmático me atrajera a ella como un imán. Me tenía completamente embrujado, embriagado, loco de atar.

Joder, pero si ni siquiera la conocía... No sabía nada de ella, ni ella de mí. ¿Cómo podía haberme colgado tanto de esa chica?

Respiré hondo dos veces.

—¡Dios! Pero ¿qué me está haciendo, señorita Steinfield?

Debía pensar con la cabeza y no dejarme llevar por los sentimientos, pues sería una solemne estupidez no seguir los dictados de la razón, a pesar de que ella ya estaba empezando a calar demasiado hondo en mi corazón..., a pesar de estar poniendo todo mi mundo... del revés.