5. A lo hecho, pecho
A lo hecho, pecho
Aquel día hacía un calor sofocante y seco, similar al de una sauna turca —treinta y cinco grados a la sombra y sin pizca de aire—, y la cocina del Jone’s Restaurant era lo más parecido a un jodido infierno.
Jamás en mi vida había sudado tanto y tanto rato; ni siquiera podía imaginar que un cuerpo pudiera segregar tanto líquido sin desintegrarse en el intento...
Entre el color rojo de mis mejillas y el tono bronceado de mi piel, que brillaba como las luciérnagas en plena danza de apareamiento, era lo más parecido a un pollo asado a punto de ser trinchado en Acción de Gracias.
Por no hablar del hedor nauseabundo que se respiraba en esos escasos metros cuadrados, pues nos hacinábamos allí cuatro personas que sudábamos como cerdos y la estancia no estaba provista de la ventilación reglamentaria, pues sólo había una diminuta ventana de un palmo y medio, la cual era mejor no abrir, pues por el orificio se colaban toda clase de bichos indeseables y diversas formas de vida que habitan en los callejones de Nueva York.
En cinco palabras: ¡el lugar apestaba a muerto!
Pero, de momento, con eso me bastaba, porque tenía un trabajo, porque volvía a una nueva rutina y, en definitiva, porque era la excusa perfecta para pasar el menor tiempo posible en aquel tugurio de mala muerte junto a Savannah.
* * *
A las seis de la tarde me quité el gorro, el mandil y los guantes de látex.
Había acabado la agotadora jornada laboral y necesitaba cuanto antes mi merecida ducha, una a ser posible fría y con mucho jabón, para borrar de mi piel y de mi pelo ese olor a fritanga.
El tufo era tan pestilente que debía lavar la ropa con bicarbonato para camuflarlo.
Eso me recordó que debía comprarme algo más fresquito en una tienda de segunda mano cerca de allí.
A todo ello, debo comentar que había vuelto a fumar; bueno, sólo un pitillo.
.. ejem, en realidad dos: uno a la entrada y otro a la salida del restaurante.
Había vuelto al vicio, sí; había recaído porque podía permitirme comprar ese paquete de cigarrillos a la semana.
.. y porque es muy difícil no pecar cuando en el pasado has caído tantas veces.
Finalmente, llegué a Brownsville, a mi nido, y no tardé en cumplir a pies juntillas mis deseos: esa ansiada y jabonosa ducha...
Apenas una hora después, ya estaba de nuevo en la calle, encaminándome al punto de encuentro mientras escuchaba What’s up, de 4 Non Blondes, a través de los auriculares de mi walkman, pues había quedado con Curly Evans, básicamente para zanjar el tema, aquel dichoso tema.
Me había puesto una falda plisada, una blusa color merengue y mis recurrentes sandalias de cuña, que me elevaban casi diez centímetros.
Pronto llegué al lugar donde nos habíamos citado, y allí estaba ella, mirando la pantalla del móvil y tecleando a su vez, seguramente enviando algún mensaje de texto a algún conocido suyo.
Al parecer aún no me había visto; me alegré de ello, pues, al fin y al cabo, ese tiempo extra me servía para pensar en cómo encaminar la conversación para que nadie saliera... herido.
Acabé de cruzar el parque por la parte infantil y ella alzó la vista, topándose con mi mirada. Pareció muy sorprendida y pronto dejó de prestar atención a su teléfono.
—¡Brook, mi niña!
Curly se acercó a toda prisa, sonriente, pero a la vez con una expresión tristona. Se notaba de inmediato, por muy buena actriz que se empeñase en demostrar ser, que era una persona sensible por naturaleza y que le afectaban las cosas como a todo hijo de vecino.
Llevaba puesta una minúscula camiseta blanca con motivos florales y unos vaqueros ajustados. A diferencia de lo que venía siendo habitual, aquel día se había dejado la melena suelta, voluminosa, con sus pelirrojas ondas originales y desiguales.
Cutis perfecto.
Maquillaje perfecto.
Manicura perfecta.
Figura perfecta.
Curly siempre parecía una modelo lista para una sesión de fotos.
Aún estaba tratando de llevar la conversación hacia mi terreno cuando ella lo desmanteló por completo, abalanzándose sobre mí y abrazándome, como si hubiese peregrinado a la Cochinchina e hiciera siglos que no nos viéramos, e instintivamente me puse a la defensiva.
—¡Buf! Te he echado tanto de menos...
—Curly, escucha. Tenemos que hablar.
—¿Sobre qué?
—Sobre lo que pasó el otro día.
—¡Bah, no te preocupes! —Sonrió y no pude evitar desviar la mirada hacia su perfecta boca en forma de fresa y recordar lo bien que sabían sus labios y lo jugosos que resultaron ser—. Tuviste un momento de confusión, pero ya está. Eres hetero, fin de la historia.
—No, bueno, sí... es eso, pero...
—Tranquila, cielo —repuso ella—. Yo también soy hetero.
Paseé la mirada de sus labios a sus ojos y me di cuenta de que decía la verdad, estaba siendo sincera.
De nuevo ella siguió hablando.
—Para mí también fue la primera vez, te lo juro —puntualizó—. Jamás hasta ese día me había sentido atraída por una mujer; sólo me pasó contigo.
Empecé a jugar con las cuentas de una de mis pulseras, haciéndolas girar sobre sí mismas.
Su conclusión no acababa de convencerme.
—¿Y ya está?
Me limité a arquear las cejas. Seguía sintiéndome tensa y algo cabreada conmigo misma.
—Sí. Ya está. ¿Qué más quieres? ¿Explicar lo inexplicable?
Sonrió suavemente.
—Culpa al alcohol, pero no te culpes más a ti. Está claro que te gustan los tíos y punto. Venga, no le des más vueltas, por favor.
Hizo una pausa.
—Vamos, Brook, no hagamos de esto un drama. No... no me gustaría perder nuestra amistad por un simple calentón, una simple confusión —añadió Curly, y en el fondo sentí cierto desasosiego. Si para ella no había significado nada, para mí tampoco.
De no haber sido así, lo sabría. ¿Lo sabría? Sí, lo sabría.
—Vamos... un error lo comete cualquiera. No soy perfecta —dijo con una risita algo temblorosa, a la defensiva, y me cogió de las manos—. Me niego a perderte por una tontería.
Respiré hondo y sentí una punzada en el pecho, pues yo tampoco quería perderla como amiga. Me gustaba su compañía. Curly era como una vitamina extra, un rayo de luz en medio de tanta oscuridad, un halo de alegría que hacía mucho tiempo que no sentía.
—Claro, Curly. Ya está todo olvidado.
Nos miramos diez segundos en silencio y sin pestañear.
—Buena chica.
—Entonces... ¿vamos a algún sitio a celebrarlo?
—¿Qué te parece a mi casa?
La miré desafiante y de nuevo pensé en irme. ¿Me estaba vacilando?
—¡Es mi cumpleaños y hay fiestón!
—¿En serio? ¡Felicidades!
—Gracias, corazón. ¡Veintitrés ya! —Puso morritos—. Toda una abuelita...
—Pero ¿qué dices? Si estás en la flor de la vida.
—Joder, sí, la flor marchita... —Estalló en carcajadas—. Entonces, ¿vienes? ¿Te apuntas?
Detestaba la multitud, sentía cierta claustrofobia cuando tenía que agolparme entre la gente y tener que moverme a codazos por falta de distancia social. Era una de mis fobias. Brooklyn Steinfield no llevaba muy bien las aglomeraciones.
Otra cosa bien distinta era actuar para la gente, puesto que ésta estaba a un lado y yo, al otro, frente a ellos.
—He invitado a unos colegas. Será una fiesta íntima. Música, chupitos, comida basura..., lo típico.
Me encogí de hombros.
—Vale, me apunto —acepté, entornando los ojos—, aunque no prometo quedarme mucho rato; mañana entro temprano en el restaurante.
—Sin problemas, podrás irte cuando quieras. Tú decides... Tú eres la jefa, ¿recuerdas?
No respondí a eso.
* * *
Cayó la noche en la ciudad y por suerte también las temperaturas. Un aire fresco y limpio había tomado el ambiente y también lo habían hecho las botellas de alcohol que circulaban sin restricción en casa de Curly Evans.
Normalmente, en una fiesta de cumpleaños hay piscolabis, refrescos y música de fondo proveniente de algún equipo de sonido.
En cambio, allí, todo era distinto. Los refrigerios se habían sustituido por champagne del bueno; el tentempié, por una sofisticada cena a base de marisco y foie , y la música enlatada, por un solista en vivo.
En serio, las paredes parecían estar forradas con la palabra glamour y el ambiente estaba intoxicado por una competición de caros perfumes.
Por todo eso, me sentía incómoda, y pensé que me había equivocado de fiesta y también de vida.
Porque, aun a riesgo de parecer una quejica, quedaba claro que, ni mi ropa de segunda mano, ni mi limitado léxico, ni mi mera presencia pintaban nada allí.
Nada. Daba por sentado que no encajaba en ese puzle, pues mi pieza era demasiado. .. vulgar.
Como consecuencia, seguía plantada en un rincón, con la cabeza espesa y los oídos empezándome a zumbar por tanta conversación cruzada, risas excéntricas e ingesta de alcohol sin filtro entre universitarios.
Estaba a punto de sentarme en el sofá justo cuando Curly me pasó un brazo por los hombros y me susurró al oído:
—Creo que le gustas a ése.
Levanté una ceja y eché un vistazo en la dirección que me señalaba, hacia un tipo alto y apuesto, incluso me atrevería a decir que atlético, según se intuía bajo sus prendas de firma.
—¿Al melenudo?
—Ajá.
—No, no lo creo. —Arrugué la nariz.
—Pues yo creo que sí, no deja de observarte. —Me cogió de la mano con tanta rapidez que apenas tuve tiempo de soltar la copa en la repisa del mueble—. Ven y te lo presento, se llama John.
No sé en qué momento me dejé convencer, ni siquiera supe por qué le seguí el juego, pero, cuando quise darme cuenta, ya estaba hablando con él.
—Me encanta tu nombre, Brooklyn. —Clavó su mirada en mí, una mirada tan penetrante que incluso me costaba mantenérsela—. Denota mucha personalidad y carisma.
Sin preguntar, llenó una copa y me la ofreció.
—Cosas de mi madre —sonreí sólo a medias y acepté la copa—, le encantan los nombres de ciudades, era ése o Manhattan.
Era verdad, y eso lo había heredado de la familia, pues el nombre de Savannah hacía honor a la ciudad estadounidense de Georgia, y el de mi abuela y el de mi bisabuela no se quedaban atrás: Columba y Luisiana.
Mi madre, con su peculiar patriotismo sin sentido, siguió la saga familiar...
—Apuesto a que ella no es tan sexy como tú.
De repente la imagen de ella colocándose una banda elástica en el antebrazo, buscando la vena menos dañada e inyectándose el último chute me vino a la mente.
Y luego la vi vomitando y meándose encima por no poder controlar los impulsos de su escuálido cuerpo...
Me separé de golpe dando unos pasos atrás, como si hubiese visto un fantasma, el de la vergüenza. Pensar en mi madre hacía aflorar lo peor de mí, pues, estuviera donde estuviese, me recordaba mis orígenes, de dónde provenía.
—Eh, un momento... —dijo el chico, cogiéndome del codo, y siguió hablando, pero esa vez en un tono más suave—, ¿he dicho algo que te ha incomodado? Si es así, perdóname...
Sin responderle, me zafé de un tirón seco y, abriéndome paso hacia la habitación de invitados situada en la primera planta, dejé atrás la música y el bullicio.
Necesitaba alejarme, necesitaba airear mis pensamientos y necesitaba estar sola un rato.
A pesar de mis deseos, John me siguió por la enorme casa.
Le rogué de todas las formas posibles que me dejara a solas, pero no me hizo caso. Entramos en la habitación y cerró la puerta a sus espaldas.
—Brooklyn, me has dejado preocupado... No sé qué he dicho o he hecho mal... pero algo ha pasado para que te hayas ido de esa manera. Lo estábamos pasando bien...
Eso tenía una explicación fácil, sólo que yo jamás hablaba de mi vida privada, de Savannah. Nunca.
John me dedicó una mirada de incomprensión que estuvo cerca de partirme el alma. No me conocía de nada, pero, por una extraña razón, parecía importarle en cierto modo.
—He... he tenido un mal día, eso es todo. Simplemente ha sido un mal día.
—Vale, no hace falta que me lo cuentes —alzó las manos y me mostró las palmas—, pero no dejes que acabe mal. Dale la vuelta.
Miró la hora en su reloj.
—Aún te quedan veintidós minutos para la medianoche, Cenicienta.
Sonreí. Sencillamente sonreí, porque me apetecía y porque aquel desconocido había dado en el clavo.
—Será complicado, no te prometo nada.
—Me basta con que lo intentes.
Me senté en el borde de la cama y él me imitó.
—Cuando quieras regresar a la fiesta, me avisas.
—Preferiría quedarme aquí un rato más.
—Claro, sin problemas.
De modo que nos quedamos allí, apartados de los demás, lejos del mundanal ruido y disfrutando de una compañía que no esperaba.