Brooklyn (Skyline 1) 4. De tal palo, tal astilla
13%

4. De tal palo, tal astilla

De tal palo, tal astilla

El resacón del día siguiente fue monumental.

Ni el ibuprofeno, ni beber mucha agua, ni comer un par de huevos para favorecer la desaparición del acetaldehído me ayudaron a sentirme mejor.

Además, necesitaba ordenar mis pensamientos para tener una visión clara de lo que había pasado en la piscina de casa de Curly, de lo que nos había pasado a ella y a mí.

Por ese motivo, a pesar de la insistencia de mi amiga en contactar conmigo, de los cientos de mensajes de voz en el contestador, de las miles de llamadas perdidas en mi teléfono móvil y los millones de mensajes de texto, debía tomar distancia y posicionarme, sin desdeñar ni dramatizar lo sucedido.

* * *

Aprovechando que Savannah dormía a pierna suelta y roncaba como una morsa, abrí la pequeña nevera —aquel frigorífico situado bajo la encimera que ni siquiera tenía un compartimento para el congelador y en el que cabía lo justo para pasar un par de días— y busqué algo que llevarme a la boca, por aquello de que se piensa mejor con el estómago lleno, pero ni siquiera tuve suerte.

Un yogur caducado, un muslo frito gentileza del KFC roído, un pack de tomates cherry, un par de huevos y un tetrabrik de leche abierto.

Un café, eso podría servir para salvarme momentáneamente la vida; a ser posible, cargadísimo de cafeína.

Abrí el cajón de la derecha y saqué dos botes, el del azúcar y el del café soluble, cuando ya había puesto a hervir la leche en una olla, hasta que ésta empezó a burbujear; después vertí el líquido en la primera taza que cogí, cuyo mensaje serigrafiado decía lo siguiente: «No busques cuentos con un final feliz, busca ser feliz sin tanto cuento».

Lancé un hondo suspiro. ¿Acaso la vida, el destino o qué se yo me estaban lanzando mensajitos subliminales?

Menos de un minuto después, tras engullir el brebaje, me calcé mis deportivas, me puse las gafas con forma de corazón en el escote y salí en busca de víveres.

Siempre me tocaba a mí... Daba igual quién repartiera las cartas, la mía siempre era la más baja, la perdedora.

Jamás tenía en mis manos una doble pareja, un full o una escalera de color real.

Como venía siendo costumbre, cada tres días acudía al centro comunitario para recibir las provisiones básicas; éstos consistían en productos de primera necesidad, como leche, huevos, cereales, pasta y legumbres.

Mostraba el carnet, rellenaban una bolsa, charlaba un rato con los voluntarios, les daba las gracias y ellos me sonreían. Ya me conocían. Hacía demasiado tiempo que seguía esa rutina y ya estaba cansada.

—Que tengas suerte.

Rosemary, una de las que colaboraban en el centro, alargó la mano para tocar la mía y, al hacerlo, volcó un salero. La sal se esparció por la superficie de la mesa.

Varios pares de ojos observaron lo ocurrido y pude percibir cierto alboroto por aquello de la mala suerte, así que no tardé en arrojar una pizca de sal por encima de mi hombro derecho, para aniquilar cualquier posibilidad de tener aún peor fortuna; sé que sólo se trata de una absurda superstición, de unas chorradas.

.. pero, entendedme, no me podía ir peor la vida.

Al cabo de una hora ya estaba de vuelta en mi hogar, dulce hogar.

Abrí la puerta, dejé la bolsa sobre la encimera de mármol de la cocina y me serví un poco de agua del grifo en un vaso de cristal de los años ochenta.

Apuré el contenido de un trago y, después de enjuagar el vaso, lo dejé en el escurridero.

No íbamos muy sobradas de vajilla, así que solía lavarlos al momento.

Miré la hora en el reloj: las 11.53, casi mediodía. Como Savannah aún seguía hibernando, aproveché para pintarme las uñas de las manos y de los pies, que falta les hacía.

Busqué el único esmalte de color azul que tenía y no se había secado, me senté en el sofá y me descalcé.

Puse el pie encima de la mesita y, tras agitar el bote con garbo, desenrosqué el pincel con la intención de coger una gotita y aplicarla en la primera uña, pero un fuerte calambre en la punta de los dedos me lo impidió. La gota azul cayó sobre la moqueta.

«¡Qué torpe!», pensé.

Caminé descalza hacia el lavabo para coger un poco de algodón y el quitaesmalte y, a la vuelta, me hinqué de rodillas y traté de hacer desaparecer la mancha, pero ésta parecía reírse de mí.

No logré eliminarla por completo, pues una sombra azulada permanecía atrincherada allí, sin ganas de esfumarse.

Me miré los pies.

—Segundo intento, vamos allá.

Desenrosqué el pincel de nuevo y, tras quitar el exceso de esmalte, lo guie hacia el dedo gordo. Me mordí el labio inferior y entrecerré los ojos para precisar la hazaña, pero, cuando estaba a punto de hacerlo, un nuevo calambre en la mano me lo impidió.

—Joder...

Al poco, una nueva oleada de calambres de diferente intensidad me dejaron fuera de juego y altamente preocupada.

—Ey, Brook.

La chirriante voz de mi madre lo invadió todo por completo, obligándome a olvidar por un momento lo sucedido.

Enseguida, unos ojos apagados, ojerosos y hundidos me miraron desde el otro lado del salón, cuestionándome, juzgándome, exigiéndome más atención como siempre.

.. Pidiéndome un chute, una papelina, lo que fuera que despegara sus pies del suelo y la elevara a otro mundo, a otra dimensión, a otra realidad, la suya.

Respecto a esto último, podía seguir esperando indefinidamente, pues si una cosa tenía clara en esta vida era que jamás iba a comprarle una maldita dosis ni nada tóxico que meterse en el cuerpo, pues eso sería sinónimo de apuntarla con un revólver a la sien y esperar a que ella misma apretase el gatillo para volarse la cabeza.

Mi madre tenía sus propios métodos para conseguirlo, unos que jamás quise saber... aunque no me costaba imaginarlos: vender tu cuerpo a un mogra 1 por un pico.

Justo en ese instante, una imagen fugaz vino a mi mente de cuando yo tendría unos tres años y mi madre aún era una madre.

Sí, por inverosímil que resulte, hubo una época buena en su vida, un corto período de tiempo en el cual el destino le otorgó una tregua, hasta que de nuevo dejó de ejercer esa condición, recayendo como un saco roto en las fauces de las drogas, porque la situación la volvió a sobrepasar.

En todo caso, hubo una etapa de nuestras vidas en la que se comportó como una madre, y entonces, con sus mejillas sonrosadas, cogida de la mano llevaba a su pequeña al parque y la columpiaba con fervor.

Una madre a la que llegué a admirar y a la que quería con locura.

La recordaba vagamente limpiando los azulejos de la cocina, yendo de compras, cocinando algo comestible mientras tatareaba una canción, y luego a mí recostada en su regazo mientras veíamos la tele a media tarde, o cuando me cortaba el pelo y se ocupaba de su hija.

.. y esa normalidad me resultaba reconfortante, tranquilizadora, necesaria.

Sin embargo, eso sólo permanecía en mis recuerdos, como algo ya muy lejano, algo que jamás volvería, de eso era muy consciente.

En ese momento hacía honor a lo que se había convertido, una yonqui, un fantasma de la sociedad, un desecho humano sin ilusión ni futuro, sin ganas de vivir, enganchada a una aguja, desahuciada de la vida, destronada de su alma.

Considero que una persona puede errar y caer, pero ¿errar y caer cada día?

No sería la primera ni la última vez que pensé en que mi madre padecía el síndrome de Münchhausen, 2 para inducir a que alguien la socorriera... ¿Tal vez, Douglas Cohen, mi padre por derecho, pero no en funciones?

Si hay algo que con el tiempo había sacado en claro de mi madre era que jamás volvería a sentirla como tal, pues ya me había resignado a dejar de esperar un imposible hacía mucho.

Sin embargo, aunque quisiera mantenerme alejada de ella o abandonarla a su suerte, no era capaz, pues los remordimientos de conciencia no me lo permitían.

Sabía que no podría vivir con el cargo de conciencia si, tras dejarla sola, me enteraba de que Savannah había muerto.

A veces soñaba despierta.

A veces soñaba que nuestras vidas eran normales, que mi vida era normal y que mi madre era normal.

Luego me despertaba...

—Niña, prepárame un puto café. Estoy agotada.

Me limité a asentir con la cabeza, me levanté y me dirigí a la cocina. A ella le gustaba muy cargado y sin azúcar. La cafeína la mantenía despierta algo de tiempo, el justo para salir a la calle y pillar su chute diario.

Me giré y descubrí a mi madre asomada a la puerta, observándome; me sobresalté, pero no por su aspecto demacrado, al que ya me tenía acostumbrada, sino por su silencioso e inesperado acercamiento.

Ella nunca estaba a menos de tres metros de mí, como si, al estar demasiado cerca, pudiese pegarle algo.

—¿Cómo es que tienes esas jodidas ojeras?

¿Acaso se había fijado en mi cara? ¿Se estaba preocupando por mí?

—Eh... No he pasado buena noche. —Le sonreí lacónicamente, pues mi corazón había dado un vuelco de felicidad—. Estaré bien, se me pasará durmiendo.

Me quedé allí de pie, esperando. No sabía a qué había venido ese comentario fuera de lugar. Ella jamás quería saber de mí, de mi vida, de si entraba o salía; nunca quiso saber con quién andaba o con quién me acostaba... y por eso no entendí ese inesperado arrebato de preocupación.

Entonces me acerqué un poco a ella para hacerle entrega de la taza de café, pero instintivamente se echó unos pasos atrás, como si le diera asco.

—Lo dejo aquí —dije, depositándolo en el mármol.

Lo bonito había durado poco.

* * *

Una hora más tarde, Savannah salió a la calle vestida con unos pantalones un par de tallas más grandes de la suya, un cinturón elástico para evitar que éstos se le cayeran a la altura de los tobillos y una camisola estampada de los años setenta.

Vestir ancho le ayudaba a ocultar su enfermiza delgadez, aunque siempre había pensado que ése era un hecho que le importaba más bien poco.

* * *

Al pasar por delante de Jones’s Restaurant, en el 705 de W Elizabeth St., vi que precisaban un ayudante de cocina y friegaplatos sin experiencia a media jornada.

Era un trabajo mal remunerado, pero que podía ayudar a paliar mi precaria situación económica.

Así que, sin pensármelo dos veces, entré en el establecimiento, que parecía la cueva de un murciélago, apestaba a alcohol y estaba repleto de mugre.

—Hola, ¿para desayunar?

Una joven morena, gorda y bastante alta se me aproximó, bloc de notas en mano.

—Eh... no, vengo por lo del anuncio. —Señalé el cartel enganchado en el cristal de la puerta principal.

—¿El de friegaplatos?

Frunció el ceño.

—Y... de ayudante de cocina —maticé, extrañada por la omisión.

—Claro... claro... —Las palabras le salieron balbuceantes de la boca—. ¿Has traído un currículum?

En ese momento caí en la cuenta de que siempre llevaba alguno en el bolso, por aquello de no saber cuándo lo iba a necesitar, así que se lo entregué.

—Okey, espera aquí.

Me indicó que me pusiera en una esquina, para no interponerme en el paso de los clientes, y, al bajar la vista a mis pies, me di cuenta de que tenía un par de uñas a medio pintar de azul y el resto sin pintar, dando la impresión de ser una persona descuidada y un tanto sucia.

Instintivamente, encogí los dedos para disimular ese hecho.

En ocasiones, por menos, dejan de darte un curro, y aunque trabajar en ese antro de mala muerte no fuera a constituir el sueño de mi vida, tenía que comer y pagar facturas.

A última hora de la mañana, tras cuarenta y cinco minutos de entrevista, me comunicaron que el puesto era mío y que debía empezar lo antes posible.

¡Guau! Tras varios meses desempleada, volvía a formar parte de la rueda, de la economía y de la misma vida.

A la salida, me quedé junto a la puerta y aplaudí, di un largo suspiro y juro que casi lloré de alivio.

Pensé. «¡Esto hay que celebrarlo!», y el corazón me dio un vuelco de alegría. Luego pensé en Curly, y decidí que ya iba siendo hora de devolverle sus llamadas para dejar las cosas claras.

Brooklyn Steinfield podía ser muchas cosas, pero nunca una cobarde... como mi madre.

¡Ni mucho menos era de tal palo, tal astilla!

En cualquier caso, debía hablar con ella.