3. Como una yonqui buscando su última vena #3
—¿Es que te has dado un golpe en la cabeza?
—Tengo cientos de camisetas —explicó, restándole importancia a ese hecho— y no creo que eche de menos una entre tantas.
—¿En serio?
Me guiñó un ojo.
—Pues claro, cariño, lo digo completamente en serio —insistió—. Vamos, cógela, es tuya.
En cualquier otra circunstancia hubiese declinado la oferta a la primera de cambio, pero no lo hice, pues era cierto: me chiflaba esa prenda de ropa, incluso creo que me fascinaba.
—Pero... Curly..., yo no tengo nada que ofrecerte.
—¿Bromeas?
Lanzó un suspiro.
—Me estás dando tu amistad —respondió alegremente—. ¿Acaso te parece poco?
—Vale, vale, vale. Secundo la moción...
Esbozó una sonrisa radiante, una de triunfo, y, sin previo aviso, rellenó tres cuartos de mi copa y luego me instó a beber. Casi casi me obligó, lo juro.
Pronto noté las mejillas encendidas, indicativo de que el alcohol estaba haciendo mella en mí. A ese paso estaríamos borrachas antes incluso de vaciar la botella.
—Ven conmigo —me propuso después de ponerse otra camiseta, en ese caso de rayas blancas y rojas.
—¿A dónde?
Me sonrió y me mostró sus perfectos dientes.
—Es una sorpresa.
Me cogió de la mano y me dejé llevar. A esas alturas, el champagne me había afectado de lo lindo y me era más fácil hacerle caso que pelear.
Bajamos la escalera y, al pasar por la cocina, cogió otra botella; en esa ocasión ni siquiera me fijé en la marca. Sólo pensé en lo deliciosas que estaban esas burbujas chispeantes.
Cruzamos la estancia y salimos a la parte trasera de la casa, al jardín.
—Vamos —tiró de mi brazo, como si le hubiesen entrado las prisas por llegar al destino. Parecía tener las mismas ansias que tiene una niña pequeña antes de abrir su regalo de cumpleaños y descubrir su interior—, ya casi hemos llegado.
El aire del exterior olía a narcisos, y mi estado de embriaguez empezaba a estar en pleno apogeo.
—¡Menudo subidón tienes! —Se rio y me soltó la mano.
Ante nosotras, una gigantesca piscina se abrió paso... y, antes de que fuera consciente de lo que estaba pasando, Curly se desnudó por completo delante de mí, para lanzarse luego de cabeza al agua.
—¡Curly! —grité. Estaba igual o más ebria que yo y temí por su integridad física.
Al poco, salió a flote y me reclamó a su lado.
—Ven, acompáñame; el agua está de muerte.
Me quedé un segundo inmóvil sin saber qué hacer, observándola desde mi sitio, viendo cómo nadaba, como pez en el agua, y me animaba a que me uniese a ella.
Estaba como atontada, aturdida por los efectos del alcohol, pero eso no evitó que siguiera su ejemplo.
—Pero no tengo bañador...
—Ah, no, de eso nada —me amonestó—: sin ropa.
No sé por qué ni siquiera me lo pensé, yo que siempre había sido tan poco dada al exhibicionismo. Me desnudé, quedándome como Dios me trajo al mundo, y me lancé en bomba a la piscina, poco después de descubrir cómo los ojos de Curly trepaban sin pudor por todos los centímetros de mi cuerpo.
Cualquiera que nos hubiese visto en ese instante hubiera pensado que habíamos perdido la chaveta: dos borrachas dentro de una piscina, aun a riesgo de morir ahogadas...
—Buena chica —me sonrió Curly—, así me gusta.
Le devolví la sonrisa y ella empezó a nadar hasta el otro extremo de la piscina, en la parte menos profunda, hacia el jacuzzi . Yo la seguí como pude, pues me costaba respirar, tenía el corazón demasiado acelerado, pero logré alcanzarla.
Al llegar a su lado, me apoyé en la pared forrada de gresite, ya que necesitaba recobrar el aliento lo antes posible o corría el riesgo de desfallecer de un momento a otro.
Lo cierto es que aquel momento lo recuerdo a flashes , de forma algo distorsionada, como si estuviese en la primera fase del sueño, esa en la que estamos en la vigilia y nos adormecemos... La etapa en la que nuestro cuerpo va desconectando lentamente de todo lo que hay a nuestro alrededor.
Curly se acercó a mí, acortando la distancia entre ambas... y, a pesar de la borrachera, sus ojos recorrieron cada milímetro de mi rostro. Luego atrapó un mechón mojado de mi pelo entre sus dedos y lo acarició de arriba abajo muy despacio.
—Nunca había conocido a nadie como tú.
De pronto la voz de Curly se había vuelto ardiente, juguetona y muy sugerente... y su proximidad demasiado invasiva para mi gusto. Prácticamente podía notar su cuerpo rozar mi piel...
Y de pronto, algo que jamás hubiese imaginado, estaba a punto de suceder...
—Joder. Eres la chica más guapa de todo el condado.
A pesar de sentir cómo un rubor me inundaba el cuerpo de pies a cabeza, levanté la vista para mirarla.
Curly era una chica escandalosamente atractiva, incluso para alguien del mismo sexo, que rezumaba sensualidad por todos los poros de su piel.
Era además una cara bonita que podía conseguir lo que le diera la gana y a quien le diera la gana, y lo sabía. .. vaya si lo sabía.
Y, a pesar de todo, del champagne, del momento, de que quizá se le hubiese ido la cabeza, al principio pensé que me estaba vacilando para averiguar cuál era mi límite; pensé que quería ponerme a prueba, pero no. Enseguida entendí que, por alguna extraña razón, realmente yo la atraía como mujer.
—Curly...
¡Dios, todo ocurrió muy rápido! Ella y yo, cuerpos desnudos, el vaivén del agua acariciando nuestras pieles, cercanía, desconocimiento y cierta curiosidad. Todo parecía un guion hecho a medida de una película catalogada para adultos. Definitivamente, una explosiva mezcla que me dejó fuera de juego.
—He de preguntártelo, Brooklyn.
Cogió aire, lanzó un hondo suspiro y después añadió, sin dejar de mirar mi boca:
—¿Te ha besado alguna vez una chica?
Tragué saliva, muda, algo incómoda, vaticinando lo que iba a ocurrir en los próximos segundos. Y no me equivoqué, aunque en ese instante no pude reaccionar a tiempo.
Curly acercó su boca a la mía y se detuvo justo antes de tocar mis labios; noté su cálido aliento en mi piel antes de culminar su deseo y... ¿quizá el mío?
Las piernas me temblaban dentro del agua.
Justo entonces, me besó lentamente, muy muy despacio, abriendo mi boca con sus labios y lamiendo mi lengua con la suya..., poco a poco, dulcemente, saboreándome por completo, intercambiando saliva, deseo y ganas...
Confieso que jamás nadie me había besado así, en toda mi vida, y me gustó y me excitó tanto que la sola idea de darme cuenta de lo que estaba ocurriendo me espantó.
De repente sentí pánico y empecé a estar mareada.
¡Lo que estaba pasando era una puta locura, joder!
—Pero ¿qué coño haces? —solté en un alarido que me dejó sin aliento; me separé de golpe y la empujé, apartándola de mi lado—. ¡Aléjate!
Curly se quedó inmóvil, en silencio durante varios segundos aparte de contrariada; parecía no entender mi arrebato, ya que le había correspondido. Su beso me había excitado como a una perra.
—Te estás confundiendo conmigo...
Hice un movimiento negativo con la cabeza antes de salir de la piscina a trompicones y caminar desnuda hacia la ropa desperdigada por el suelo.
Eché a correr a toda velocidad, huyendo de su campo de visión, de su casa y de su vida. Estaba furiosa con ella, pero sobre todo lo estaba conmigo misma.
Me largué a pesar de oírla gritar mi nombre... pero yo ya estaba lejos y con un nudo en el estómago que no me dejaba pensar con claridad.
Pillé el metro y regresé a mi apartamento en el barrio de Brownsville, en silencio durante todo el trayecto, siendo consciente de lo que había pasado y sin comprender por qué narices había dejado que sucediera. De vez en cuando sentía escalofríos y tenía la tripa revuelta.
Al pisar el suelo de mi habitación, vomité todo el champagne que había bebido y, cansada del esfuerzo, me dejé caer en la cama y me quedé dormida.
Sólo quería desaparecer...