Brooklyn (Skyline 1) 3. Como una yonqui buscando su última vena #2
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3. Como una yonqui buscando su última vena #2

La ausencia de cariño nos había afectado de distinta forma.

Supuse que a ella la había convertido en un ser extrovertido, divertido y con la necesidad de estar constantemente en contacto con el prójimo y, en mi caso, me había transformado en lo que era: un ser desconfiado, misántropo y reservado a más no poder.

Técnicamente, eran las dos caras de la misma moneda, dos versiones diferentes de una misma realidad. Éramos dos almas gemelas, dos incomprendidas de la vida, dos atrincheradas de la amistad sana y verdadera.

Así que, en cuanto dio un paso al frente, dispuesta a subir el primer peldaño, la cogí de la mano para hacerle entender que estaba a su lado y que me gustaba su compañía, que necesitaba de su cercanía.

Se giró y buscó mi mirada.

—Subamos, quiero enseñarte mi guarida, donde me refugio la mayor parte de mi existencia.

A continuación, suspiró.

—Hace siglos que no entra nadie allí, así que se podría decir que tú eres la primera adulta que pisará ese suelo, sin tener en cuenta a la señora Howards, el ama de llaves.

—¿Ella no está en la casa?

Negó con la cabeza y empezó el ascenso a la planta de arriba.

—Tranquila, hoy le he dado fiesta. —Ensanchó sus labios—. Como te he dicho antes, tú serás la jefa.

Cuando entré en su habitación, justo la del final del pasillo, creí estar en un sueño, en un cuento de hadas.

Sin exagerar, la dimensión de esa estancia era similar a todo mi apartamento en el barrio de Brownsville.

Estaba decorada con muebles de cerezo en tonos cálidos y naturales, y tenía doble juego de cortinas, parquet, un techo de tres metros de altura enmarcado con cornisas, y una cama matrimonial gigantesca, cuyos infinitos cojines, a juego con la colcha y el plaid de lino, daban un aire juvenil a tanta sobriedad.

¡Y cómo olvidarme del cuarto de baño, con jacuzzi , y el vestidor a lo Pretty Woman !

—Ya puedes cerrar la boca, que a este paso vas a comer moscas. —Sonrió ávidamente y se descalzó—. Venga, ponte cómoda, como si estuvieras en tu casa.

¿Como si estuviera en mi casa? Si ella supiera...

Mi casa no era una casa; ese lugar era lo más parecido a una pensión de mala muerte, en un barrio de mala muerte, y con una madre cuya alma estaba más cerca del inframundo que de éste, dedicada a engañarme, como si su vida tuviese un propósito más allá del de buscar algo que meterse en las venas para olvidarse de existir y de que tenía una hija.

—¿Por qué lo de ser actriz? —inquirió de golpe, obligándome a despedirme de mis hirientes pensamientos.

Curly se sentó en la cama, flexionó las piernas, juntó la planta de los pies y, por último, se cogió los tobillos con las manos. Por lo que tenía entendido, ésa era una postura de yoga denominada la mariposa, muy útil para aliviar el dolor menstrual, entre otras particularidades.

—Lo he deseado ser desde que vi a Meryl Streep interpretar de forma magistral a una superviviente del holocausto en La decisión de Sophie. —Inspiré hondo—. En ese preciso instante, lo supe.

—¡Menudo listón alto te has marcado...!

Me encogí de hombros, pues para mí Meryl no era una meta que alcanzar, sino una maestra de quien aprenderlo todo.

—¿Y tú?

—Bueno, nunca me he inspirado en nadie ni nada por el estilo si es eso lo que me preguntas; ni siquiera soy fan de ninguna actriz en concreto ni sigo a nadie en ninguna revistucha ni tampoco webs en Internet —soltó Curly despreocupadamente, a pesar de que una lágrima quiso brotar de sus ojos—.

Al fin y al cabo, lo único que sé es que me siento bien interpretando a alguien que no soy yo.

¡Caramba! Era evidente que sus palabras tenían un trasfondo más allá de lo que ella imaginaba. Interpretar a otras personas para no sentirse ella misma...

¡Cuánta tristeza percibí en sus ojos y cuánto dolor no expulsado!

—Ahora conoces mi historia... ¡Pobre niña rica! —dijo, fingiendo una sonrisa autocompadeciéndose—. ¿Cuál es la tuya realmente? ¿Por qué quieres actuar?

—¿La mía? —Titubeé, con el ceño fruncido; su curiosidad me incomodó—. Curly, ya te he explicado mis razones para ser actriz —le recalqué, pero ella negó con la cabeza y las trenzas danzaron a su libre albedrío.

—Sólo me has dicho desde cuándo, el detonante, pero nada más. Confiésamelo; estamos a solas, no hay nadie más en esta casa aparte de ti y de mí —insistió, y miró a su alrededor—. ¿Qué hay detrás?

Su perseverancia me empezó a irritar.

—¿ Bullying, desórdenes alimenticios, ideas suicidas...? —tanteó.

—Noooo, nada de eso —dije al fin entre dientes.

—Vamos, desembucha. Tú y yo sabemos que todo el mundo tiene fantasmas que le atormentan, sombras de sus sombras, y...

—Una madre drogadicta, ése es mi fantasma —bramé, con una voz ronca y cadente—.

Una madre que pesa menos que una niña de diez años, una madre que se alimenta casi del aire, una madre que ya no sabe dónde clavar la siguiente aguja de la jeringuilla, si en el pie, en la mano, en la ingle, en la pierna.

.. Una madre que todo el dinero que consigo lo malgasta en droga.

.. Si reúno cinco pavos, se mete un chute, y si consigo cien, se mete veinte.

Bajé la vista al suelo, muerta de la vergüenza, pues confesar que eres hija de una yonqui no es plato de buen gusto para nadie..., tampoco para mí.

—Muchas veces he rezado para que ese último chute que se metía fuese el último y se muriera, así descansaríamos todos en paz de una puta vez...

Todo a nuestro alrededor se quedó en silencio; un silencio aterrador, tenso y cortante como el filo de una cuchilla.

Pude oír cómo Curly tragaba saliva muy despacio, y a mí me entraron unas apresuradas ganas de marcharme.

Me sentía abierta en canal y sin órganos, completamente vacía.

Acababa de dejar en carne viva mi alma, y ni siquiera sabía por qué lo había hecho.

Curly me caía bien, de eso no me cabía la menor duda, pero tampoco hacía tanto tiempo que nos conocíamos como para llegar a ese nivel de intimidad, a ese nivel de complicidad y sinceridad.

Alcé la vista y la vi sollozar.

Su imagen proyectaba la de una niña pequeña e indefensa, llorando a moco tendido.

Se secó varias lágrimas con las mangas de la camisa y se abalanzó sobre mí, abrazándome.

—Lo lamento, Brook. No tenía ni idea.

Hundí mi cabeza en el hueco de su cuello y cerré los ojos, pero no lloré, porque ya no me quedaban lágrimas que derramar; después de tantos años, me había secado por dentro.

Pasados unos minutos, me aparté de ella y la miré. Tenía las mejillas sonrojadas y aún respiraba entrecortadamente.

—No te preocupes, Curly. No podías saberlo; de hecho, nadie lo sabe. Hasta el momento es algo que siempre he preferido mantener en la privacidad.

Una vez más, ella se disculpó. Se la notaba muy consternada, excesivamente a mi parecer, pero no dije nada.

De todos modos, zanjé el tema a la primera de cambio.

Ya conocía mi gran secreto y yo no había ido a su casa para flagelarme ni para pasar un mal rato.

Necesitaba evadirme, distraerme, reírme incluso.

No quería que ese día fuese un desastre.

Por un instante, creí ver en los ojos de Curly que estaba leyendo mis pensamientos, y enseguida, como por arte de magia, cambió la expresión de su rostro.

—Eh... venga, vamos. No quiero verte así, no quiero verte mal. Ésta no era la idea...

Curly me dejó un momento a solas y, al poco, apareció con un Moët & Chandon Impérial Brut. Descorchó la botella y sirvió dos copas, llenándolas hasta el borde, a punto de que rebosasen.

—Toma, este champagne nos hará olvidar las penas, ya verás.

Hicimos un brindis antes de beber un largo sorbo.

Tosí, pues las chispeantes burbujas cosquillearon sin pudor las paredes de mi garganta. No estaba acostumbrada a tanto glamour ni sofisticación, ni nada parecido.

Entonces, tomé un nuevo trago y éste ya no fue tan espantoso como el anterior.

«A lo bueno, uno se acostumbra demasiado rápido», me decía siempre mi madre, y lo cierto era que en eso tenía que darle la razón.

Ella se acabó su copa y volvió a llenarla hasta el borde. Luego quiso hacer lo mismo con la mía, pero me avancé y la tapé con la mano para evitar que derramara una sola gota más.

—¿En serio, Brook? No seas un muermo...

—Me conozco y estas mierdas me suben a la cabeza que da gusto.

Curly puso morritos, luego fijó la mirada en mi copa y, por último, esbozó una pícara sonrisa.

—Un día es un día, mujer.

Negué con la cabeza.

—El alcohol y yo no solemos hacer buenas migas —le confesé abiertamente—.

Las veces que me he excedido, no he parado de decir tonterías y de hacer tonterías.

Me olvido de todo y todo me importa una mierda.

Además, al contrario que el dicho, ya sabes, los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, yo me vuelvo una mentirosa compulsiva, de las de medalla olímpica y todo. ..

Apuré mi copa hasta la última gota y la miré a los ojos sin pestañear.

—Digamos que... pierdo por completo el control.

—Humm... interesante. —Sonrió al tiempo que me escudriñaba el rostro—.

Pues a mí me causa efectos dispares: lo mismo me da por llorar que por reírme a carcajadas hasta que se me desencaja la mandíbula, o me da por echar pestes por la boca o desinhibirme por completo, en plan ninfómana, o también por encerrarme en mi mundo de fantasía, del que no despierto hasta que no ha pasado la resaca.

En ese momento hizo algo que no esperaba: dejó la copa sobre la mesita de noche y se quitó la camiseta que llevaba puesta, quedándose sólo con el sujetador.

Tenía unos pechos no demasiado grandes, acordes a su estilizada figura, y cinturilla de avispa.

Se notaba a la legua que Curly cuidaba su cuerpo y probablemente su alimentación.

Se acercó a mí.

—Toma —me la ofreció sin reparo—, sé que no le has quitado ojo. Está claro que te has enamorado de ella y quiero que sea tuya antes de que le vomite encima y tenga que tirarla al cubo de la basura.

Solté una carcajada.