Brooklyn (Skyline 1) 3. Como una yonqui buscando su última vena
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3. Como una yonqui buscando su última vena

Como una yonqui buscando su última vena

A pesar de darlo todo y dejarnos la piel en el dichoso casting (quizá Curly otras cosas...), ni a ella ni a mí nos dieron el puñetero papel. Tuve la impresión de que estaba amañado desde un principio, es decir, que contaban con una candidata ya preseleccionada.

Por tanto, tocaba pasar el correspondiente duelo de aquello que podía haber sido y no fue, hasta el siguiente casting y el siguiente.

.. y así hasta el último asalto. Esperar a que por fin un día la suerte me sonriera o, por el contrario, acabar tirando la toalla por lo lacerante que resultaba soportar tantas derrotas.

Hacía ya demasiado tiempo que perseguía ese sueño, el de ser una de las grandes actrices hollywoodenses... y tal vez ya iba siendo hora de ir despertando para darme de hostias con la auténtica realidad.

10.22 a. m.

Estaba esperando a que el semáforo se pusiera en verde para cruzar la calle y llegar a tiempo al lugar de encuentro donde Curly y yo habíamos quedado cuando, de pronto, oí un silbido similar al que se emite al piropear a una mujer bonita en plan acoso callejero.

—¡Fuiiit, fiuuuu!

¡No podía creerlo!

Abrí los ojos como platos.

¿Era posible que aún se permitiera esa vulgaridad estando ya tan cerca del siglo XXI ?

—¡Fuiiit, fiuuuuuuuuu!

¿Otra vez?

Me giré con cara de perro y empecé a inspeccionar a mi alrededor, escaneándolo todo, observando a todo quisqui a lo RoboCop para saber la procedencia de semejante ordinariez.

¡Demonios! Me jugaba el pescuezo a que se trataba de un viejo verde, que se había ganado varios tacos y una bofetada de matrícula. De hecho, de adolescente, piropo que recibía, hostia que soltaba...

Creo que está de más señalar que los odiaba..., a los piropos y a los halagos, me refiero, vinieran de quien viniesen, pues me costaba encajarlos, además de provocarme urticaria.

Para mí, en esa época, me resultaban repulsivos, y que conste que puedo entender que la pretensión inicial de un halago es la de levantar el ánimo y engordar el ego. Pero os prometo que, en mi caso, eso conseguía el efecto contrario.

—¡Guapa!

La risueña voz de Curly lo invadió todo, y eso que estaba al otro lado de la acera, a punto de cruzar por el paso de peatones, junto a la parada del bus.

Alzó un brazo y gritó mi nombre a los cuatro vientos, a todo pulmón y atravesando el vecindario de cabo a rabo, como si no hubiese nadie más en la ciudad.

Definitivamente, la elegancia no era una de las cualidades que destacar de mi amiga, quien se había hecho unas divertidas trenzas de raíz, dejando algunos mechones sueltos enmarcando su cara de corazón.

A toda velocidad, con paso brioso, cruzó la calle hasta llegar a mi lado.

—Hola, cielo.

Me guiñó un ojo.

—Curly, deja de hacer eso —protesté.

—¿El qué?

Frunció el ceño.

—Piropearme como un tío desde la otra punta de la galaxia. —Traté de no ser muy brusca en mis palabras.

—Pero ¡si se te han puesto duros hasta los pezones!

Sentí un súbito rubor ascender hacia mis mejillas y, en un acto reflejo, abrí la boca desmesuradamente y tapé la suya con ambas manos, sin dejar de mirar a los transeúntes por vergüenza a que la hubiesen oído decir semejante ordinariez.

Curly me apartó las manos de sus labios y se puso a reír animadamente.

—Joder, Brook. Era una inofensiva broma entre amigas.

Dejó de reír y me miró.

—¿Acaso te has levantado con el pie izquierdo o te ha mordido un perro rabioso? —refunfuñó.

—No es eso —hice una pausa y esbocé una sonrisa incómoda—, es que no me ha gustado.

—Hummm... está bien. Sorry, Brook. Perdona el mal trago. Ya sabes que a veces peco de excéntrica.

—Sí, rara lo eres un rato largo...

—Sí, me declaro culpable.

Le sonreí y ella me sonrió.

—Bueno, ya basta —dijo, retirándose un mechón rebelde que se le había quedado enganchado en las largas pestañas rizadas—.

Cambiando de tema, que ya aburre..., ¿quieres venir a mi casa a comer?

Podríamos pedir unas pizzas, beber hasta estar pedo y ver unas pelis, o lo que te apetezca.

¡Maldita sea! Hoy mandas tú. Tú eres la jefa —añadió, probando a engatusarme—. Nada de reglas, nada de nada.

Curly rio tontamente y siguió hablando.

—Mis padres se han ido toda la semana de viaje y tengo la casa para mí sola. Puedo hacer y deshacer a mi antojo sin rendir cuentas a nadie.

Nos imaginé sentadas en un cómodo sofá, descalzas, con los pies sobre los cojines, bebiendo y comiendo como cerdas mientras llorábamos a moco tendido viendo, al menos yo, por enésima vez cómo un musculoso Johnny y una jovencísima Baby protagonizaban una de las escenas más bonitas del celuloide mientras sonaba de fondo la canción She’s like the wind, de Dirty Dancing .

A decir verdad, la idea me apetecía, y mucho. ¡Para qué engañarnos! Tampoco tenía nada más interesante que hacer que deambular por la ciudad y echar currículums a un buzón sí y a otro también.

—Vale, Curly. Acepto —dije, risueña, y me mordí la cara interna de los carrillos.

—¡Genial! —repuso, a punto de dar saltitos por la emoción, pero al final se contuvo, y yo que me alegré—. Ve pensando de qué quieres la pizza.

Sonrió abiertamente, me rodeó con el brazo y me dio un beso en la mejilla.

12.11 p. m.

¡Madre mía, qué pasada! Ésa fue la expresión que emanó de mi boca en cuanto pisé el jardín de la casa de Curly Evans, en West Village. Eso era la antesala perfecta de lo que estaba por descubrir.

La muy cabrona había mantenido su secreto muy bien guardado.

Sus padres eran propietarios de una espectacular casa minimalista, de tres plantas, con grandes zonas acristaladas y voladizos, siete dormitorios y cuatro baños completos, además de una tentadora piscina, en forma de oasis y de agua salada, que estaba deseando probar. ..

—¡Serás bruja! —Le solté un sonoro manotazo en el brazo—. Pero ¡qué calladito te lo tenías!

Ella se echó a reír.

—No te había dicho nada porque quería que me quisieras por cómo soy y no porque esté forrada.

Lloriqueó teatralmente mientras me cogía de las manos. Era una excelente actriz, casi más buena que yo.

—Pues sí, Brook, soy asquerosamente rica —siguió diciendo—. Bueno, en realidad lo son mis padres. Yo sólo recibo una cantidad económica todos los meses para mis pequeños caprichos —arrugó la nariz, pensativa—, bastante espléndida, dicho sea de paso.

Me soltó las manos para meter la llave en la cerradura de la puerta.

—Soy hija única, así que heredaré todo esto cuando ellos mueran, sin duda antes que yo —afirmó sin ningún tipo de escrúpulo—. Ley de vida.

Me quedé muda, pues yo jamás me hubiese atrevido a enterrar a mi madre antes de que ésta falleciera.

El destino es caprichoso y nunca sabemos por dónde nos va a sorprender, y el hecho de que seamos más jóvenes no es garantía de vivir más tiempo... incluso disfrutando de una vida cómoda y sin preocupaciones básicas como era su caso.

Al entrar en la sala de estar, mi sorpresa subió todavía un peldaño. Jamás había pisado un lugar igual. El derroche de buen gusto se hacía palpable en cada recoveco, en cada rincón, en cada detalle. Hasta un simple palillero era perfecto y precioso.

—Bueno, bueno, bueno... Hogar, dulce hogar. Chulo, ¿eh?

Curly se quitó la chaquetilla, se dejó caer en el sofá modular de cuatro plazas en terciopelo oliva y extendió los brazos sobre el reposacabezas.

—¿Y bien? ¿Qué te parece?

—Eh... Si te soy sincera, llevo un rato tratando de buscar una palabra que le haga justicia. —No encontraba ninguna—. Quiero decir...

Ella negó con la cabeza y luego sonrió.

—Tranquila, no te agobies. No es necesario que me escribas un artículo para Interior Design ni nada por el estilo.

Dejé de mirarla y empecé a pasearme por la sala.

A la derecha había una estantería que recorría el fondo del salón de lado a lado; a la izquierda, una escultura barroca.

Al fondo, enormes ventanales con venecianas de lino; en el centro, una chimenea con mucho protagonismo y dos butacas vintage, una mesa lacada en negro y una daybed beige junto un mueble licorero.

—Mi padre es juez. El juez Evans... —Se quedó un momento en silencio—. Puede que hayas oído hablar de él.

Negué con la cabeza.

—Es uno de los que llevan las riendas de esta ciudad.

Miré a Curly directamente.

—Uf, guapa. Lo siento, pero es que no estoy puesta en esos temas.

—Mejor, cielo. Mucho mejor, eso significa que aún no te has metido en líos gordos.

Se incorporó del sofá y se paró a mi lado.

—Vamos, quiero enseñarte el resto de la vivienda.

Me cogió de la mano y entrelazó sus dedos con los míos; tenía una piel suave y delicada como la seda. Me estremecí, me quedé paralizada y también me sonrojé ligeramente debido a la cercanía y al contacto de su piel con mi piel; me había pillado por sorpresa.

La vi esbozar una breve sonrisa, como burlándose de mi inocencia y de mi necesitad de mantener ciertas distancias; quizá no estaba preparada para tanta demostración amistosa.

Luego, como si la cosa no fuera con ella, lanzó una mirada fugaz a la escalera de madera con pasamanos blanco que daba acceso a la segunda planta.

—No te asustes, Brook. Yo soy así —me comentó—. Me gusta el contacto y necesito sentir a la otra persona muy cerca de mí.

Dejó de apretar mi mano y la soltó lentamente.

En ese preciso instante tuve una visión fugaz de Curly en esa casa, imaginando cómo sería su vida entre tanto lujo y tantos metros cuadrados.

.., y la vi sola, desubicada, con unos padres demasiado estresados como para ocuparse de su única hija.

Su felicidad era mera fachada. Pude sentir el frío de las paredes recorrer mi columna vertebral.

Vislumbré soledad, incomprensión e indiferencia.

.. y, por primera vez, sentí lástima por ella.

Por fin empezaba a comprender por qué, en parte, Curly era así... y lo era con toda la razón.