Brooklyn (Skyline 1) 2. ¿Quién coño me mandaba meterme en esos berenjenales? #2
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2. ¿Quién coño me mandaba meterme en esos berenjenales? #2

Un par de horas más tarde salí de allí con los ojos enrojecidos por la falta de luz solar y las ilusiones rotas, otra vez.

Podría decir que había hecho una buena interpretación, quizá la mejor que había llevado a cabo hasta la fecha, pero preferí no pensar en el resultado, pues mi profesionalidad tenía que combatir contra un fuerte e inesperado rival: el juego sucio.

Me dispuse a llamar a mi madre para avisarla de que estaba de camino, cuando me di cuenta de que tenía varias llamadas perdidas de un número desconocido en mi dispositivo, un Ericsson GS88, el primer smartphone de la historia; birlé dos de prepago en unos grandes almacenes, aunque esté feo admitirlo.

.., uno para Savannah y otro para mí. Los necesitaba como el respirar, como previsión ante futuras urgencias médicas con respecto al estado de salud de mi madre.

Dicen que mujer precavida vale por dos, y yo suelo escuchar a esa gente entendida, por si las moscas, ¡no vaya a ser que estén en lo cierto!

Pronto pensé: «¿Serán de la productora?, ¿les he gustado tanto que quieren darme el papel?».

Me puse tan nerviosa que hasta me costó responder al número a través del teclado QWERTY.

—¿Hola? Soy Brooklyn Steinfield y acabo de recibir...

—¿Brook? ¡Cuánto me alegro de oírte, corazón!

Esa voz... ¿La pelirroja del casting ?, ¿Curly Evans?

—¿Cómo ha ido? —prosiguió, interrumpiendo mis pensamientos de cuajo—. ¿Te ha propuesto algo indecente?

Se rio.

—¿Cómo es que tienes mi número de teléfono?

—¡Oh, disculpa! Como presentía que no ibas a llamarme, me he tomado la libertad de pedírselo a la paleta del pinganillo.

Abrí la boca exageradamente.

—¡Pero eso es ilegal!

—¿En serio?

—Muy en serio, Curly.

Mi tono de voz había bajado una octava. Estaba furiosa y decepcionada a partes iguales con... ¡la sociedad!

—¡Uy, Brook! Ni de lejos creo que eso sea lo peor que haya hecho fuera de la ley. —Se rio por lo bajini, pero la oí—. Quiero decir que... no hay para tanto, mujer.

—¿Qué eres? ¿Una especie de acosadora o algo así? —le solté de golpe. Ya me estaba empezando a cansar su peculiar acoso barra derribo.

De repente, dejó de reír, de hablar e incluso de respirar. Parecía que mis palabras habían tocado hueso, en una parte de su interior que no le apetecía remover.

—Cariño, sólo pretendía ser amable. No busco ni quiero nada.

Simplemente te he visto allí sentada, desubicada y tal vez con ganas de charlar.

Nada más. —Sentí cómo escupía cada una de las letras que soltaba—.

Te pido disculpas por haber querido conocerte y también te pido disculpas por ser como soy.

En ese momento la noté realmente preocupada.

—Joder, mierda. Nunca aprenderé... —añadió.

Su temblorosa voz teñida de arrepentimiento destronó mi enfado como por arte de magia, o quizá en el fondo era una blanda y no soportaba ver a nadie pasando un mal trago.

La oí respirar, incluso sorber por la nariz. ¿Estaba llorando?

Y fue en ese instante cuando decidí darle el beneficio de la duda. Además, tampoco iba sobrada de amigas, ni de personas con las que mantener una conversación distraída, sin pretensiones, simple y llanamente para pasar el rato.

Tras medio minuto, rompí el silencio.

—No pasa nada —repuse—, ya está todo olvidado.

—¡Joder, Brook!, no me equivocaba contigo, eres una buena tía.

—Oh, no, en absoluto. Eso no es verdad.

—Sí que lo es —insistió, convencida—. Lo he visto en tus ojos, éstos nunca mienten.

Aunque en el fondo sabía que eso era justo lo contrario a la verdad, me valía. Echaba en falta palabras de aliento y palmaditas en la espalda. Eso nunca venía mal.

—Oye, ¿te molesta si te invito a desayunar?

Volvió a quedarse en silencio al ver que yo no contestaba. Su proposición me había dejado descolocada. Con todo, pensé que, al fin y al cabo, no era una idea tan descabellada. ¿Qué mal podía hacerme ampliar mi reducido abanico de conocidos?

Ninguno.

—¿Sabes, Curly? Lo cierto es que no me vendría mal charlar contigo.

—¡Genial! Levanta la cabeza y mira hacia la otra acera.

Mi rostro, de asombro absoluto, demostró que me había quedado a cuadros al verla plantada a sólo unos metros de distancia y alzando el brazo para que la ubicara.

—Voy para allí.

Cortó la llamada, miró a ambos lados de la calzada y, cuando pudo zigzaguear entre los vehículos que invadían la calle, la cruzó corriendo, ¡aún a riesgo de morir atropellada!

—¡Guau! —exhaló con fuerza, y apoyó las manos en sus rodillas para recuperar el aliento—. ¡Los muy cabrones, un día de éstos, me pillan en bragas!

El característico olor a tabaco volvía a emanar de ella y me la quedé mirando, cuestionándome si realmente había sido buena idea o una jodida locura...

Se pasó la lengua por los dientes, como si quisiera limpiarlos de algo que se le hubiese quedado enganchado.

—Así es mi técnica de busca y captura: echas el ojo a la más guapa o a la que crees que tiene más posibilidades y vas a por ella.

O sea, trato de derribar al rival más fuerte antes de que éste pueda derribarme a mí.

Como leí una vez en una revista de moda: lo importante no es ganar, es hacer perder al otro.

¡Qué hija de puta!

—Cualquier pensaría: «¡Qué hija de puta, la pelirroja!

». —Me miró con una sonrisita de «te estoy leyendo el pensamiento en este momento» y después añadió—: Joder, ahora sé sincera y niégame, si estoy equivocada, si por tu cabecita no se te ha pasado la idea de irte y abandonar el casting tras lo que te he dicho ahí dentro.

Boquiabierta me quedé. La tipa tenía un sexto sentido muy desarrollado o mucha calle hecha... y personalidad, de eso iba sobrada.

—Maldita sea, sí. Al principio sí que iba a abandonar, pero al final me he armado de valor, dando lo mejor de mí —orgullosa, alcé un poquito el mentón— y he bordado el papel.

Curly aplaudió enérgicamente.

—Lo que yo decía: chica guapa, lista y tremendamente fuerte.

Sentí que, por una extraña razón, pretendía subirme el ánimo a toda costa, y que me regalara halagos porque sí y sin venir a cuento me descolocó.

Sin embargo, no quise hacerle un feo. La chica no parecía buscarle tres pies al gato, ni siquiera aprovecharse de la situación para robarme, engañarme o descuartizarme y después abandonar mi cuerpo en una cuneta.

Curly Evans aparentaba ser bastante normal dentro de su confuso primer acercamiento en la diminuta salita de espera del casting , y con el tiempo descubrí que ella era así: naturalmente caótica, aunque con un don innato para ayudar a los demás, a lo Robin Hood.

Eso sí, darlo todo era su lema, pero sólo a quien ella considerara su alma gemela.