Capítulo 40
Sayer
Soy lo peor. Me estoy ahogando y no sé cómo asimilar todo esto.
Puedo tener una hija que está en la incubadora.
Una hija de la que tal vez no hubiera sabido nada, de no ser por las casualidades del destino.
Y porque corre peligro. Es demasiado pequeña y cada hora que pasa es crucial.
Cuando llegue al hospital, me dirán más.
Las primeras horas son importantes y saber que puede pasarle algo malo, a pesar de no conocerla, me está matando.
Quiero protegerla con mi vida y no sé cómo procesar esto.
Cuando llego al hospital, pienso en Simon y en cómo lo necesitaría a mi lado ahora. Él estaría, sin importarle nada. Me daría su apoyo y me diría que todo va a ir bien.
¿Qué estoy haciendo con mi vida?
Ser como mi padre. Sin quererlo, soy como él. Hago daño a quien me quiere porque quiero una vida perfecta. Como él. Pero la vida no es perfecta, y es en sus taras donde reside la belleza que nos hace únicos.
Estaba tan asustado que no me di cuenta de que hace años podría haber aprendido a dejar de tener miedo. Ya no soy ese niño. Mientras crecía, me fui haciendo fuerte. Yo mismo me puse ahí porque no me veía capaz de dejar atrás el miedo.
Estoy harto. Harto de pensar primero, antes de hacer nada. De no dejarme llevar, como si, al hacerlo, la vida me pegara una bofetada. Estoy cansado de vivir con miedo.
Ando hasta donde está el bebé y llamo a Simon antes de entrar.
—Sayer… —dice cuando no hablo.
—No debiste responder.
—Lo sé, pero soy así de idiota. Se me habrá pegado algo de ti. —Sonrío, a pesar de todo, porque es escucharlo y sentir paz.
—Estoy aterrado y te quería aquí conmigo. No puedo con esto solo. Me estoy ahogando… y esa niña lo mismo no sobrevive… No quiero que le pase nada malo. No sé cómo lidiar con esto.
—Sayer, puedes con esto. Siempre has querido ser padre…
—Soy como él. Como mi padre —matizo—. Por eso te hago daño… ¿Y si para esta niña su vida sería mejor sin mí? ¿Y si le hago infeliz?
—¡Sayer, para!
—Te hago daño, Simon… Te hago daño y te quiero más que a nadie.
—Lo sé. Toca ser valiente, Sayer. Toca mirar a la vida y no tener miedo de que te golpeen mientras tú seas feliz. Toca ver todo lo bueno que tienes. Esa niña solo quiere una cosa de ti: que la ames. Solo quiere eso. Como tú solo querías eso de tus padres.
Noto las lágrimas caer por mis mejillas.
—Y eso se lo vas a dar —me dice con la voz ronca.
—Ven aquí. Te quiero aquí.
—Sayer, si hago eso, la prensa…
—Te quiero aquí, por favor. Me da igual todo lo demás.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Le digo y noto cómo el peso se disipa. Es lo que quiero y el miedo no me asusta tanto como perderlo. Lo he visto hoy, cuando lo rechacé. Cuando vi su dolor. Llevo todo el viaje pensando en sus tristes ojos. En el daño que le he hecho por dejarlo al margen.
—Voy a buscar un vuelo. Nos vemos en un rato.
Cuelga y ando hasta donde están los bebés. La enfermera que me ha llamado me espera, Dalila.
—Es igual que Sasha, por eso no puedo evitar atar cabos. Tengo un hermano y, si esto pasara, me gustaría que lo avisaran. Que tuviera la oportunidad de ser padre.
—Nunca podré agradecértelo suficiente.
Me explica que es muy pequeña, porque su madre no se ha cuidado. No abortó, pero no ha llevado un buen embarazo. Al final, la niña ha nacido antes de tiempo, pero ha pasado lo peor. La niña está reaccionando bien a la comida y tienen esperanza de que salga de esta.
En cuanto dice esto, tiemblo de alegría.
Me dice desde dónde puedo verla en la incubadora y la contemplo tan pequeña, luchando por vivir, que me derrumbo. No necesito una prueba de ADN. Es como si estuviera viendo a Sasha de bebé. Tiene su nariz. Y su barbilla. Y ella iba a dejar que viviera sin saber que tengo una hija.
No merecía esto. No, después de lo que me hizo. Y no, no creo que no me lo dijera por miedo a que la denunciara. Creo que simplemente de mí quería una historia para crecer como modelo y, cuando le planté cara, se fue a buscar a otro hasta que supo que estaba embarazada.
***
Me quedo dormido en la sala de espera.
—Puedes pasar a verlo. Ya le han sacado sangre para la prueba de ADN. —A mí me la sacaron antes y mis abogados han viajado conmigo.
He llamado a Richard para informarle de todo. Esta noticia se va a acabar filtrando. Yo que no quería pensar en Blanca más y ahora tengo una hija con ella. Con la mujer que abusó de mí.
—Vale, estoy listo.
—Hola. —Simon aparece en la puerta. Tiene unas pintas horribles.
—¿Puede entrar conmigo? —pregunto a Dalila sin apartar la mirada de Simon—. Es mi novio.
—Ah…, vale. Voy a prepararlo todo.
Simon sonríe y abre los brazos. Voy hasta él y lo abrazo con fuerza, como deseé hacerlo antes. Tomo aire. Su perfume y él me calman como nada en este mundo.
—Es tan pequeña…, y parece tan indefensa… Tengo miedo de que no supere esto.
—Lo hará. Es tan fuerte como tú.
Cada vez tengo más claro que lo soy. El débil siempre fue mi padre. No, yo. Dalila nos informa que podemos pasar. Nos ponemos batas para entrar a verla. Entramos y me dicen cómo tocar a la pequeña, por las aberturas de la incubadora.
—Es como Sasha, pero en morena. —La pequeña tiene el pelo negro, aunque luego puede cambiar.
La acaricio como puedo y, aunque la quiero sentir en mis brazos, sé que debo ser paciente.
—Va a superar esto —añade y la mira con amor. Con todo el amor que me mira a mí y sé que ya la ama tanto como yo. Con todo su ser.
Hace unas horas no sabía nada de ella y ahora la amo tanto que me duele.
Y a él, a mi Simon. Las horas pasan lentas y los días.
Salgo lo justo para ducharme y Simon igual.
Cuando las pruebas de ADN confirman que es mi hija, todo cambia.
Ahora soy su familia y puedo darle mis apellidos. No sé qué nombre ponerle.
—¿Vas a hacer piel con piel? —me pregunta Dalila cuando le doy la noticia.
—Sí.
Entro con Simon y nos preparan para estar con la pequeña.
Cuando me la ponen sobre el pecho, lloro de la emoción de sentir mi piel con su piel.
La abrazo con cuidado, siguiendo las instrucciones.
No puedo dejar de mirarla. De sentirla. Simon la acaricia emocionado.
Nos mira a los dos con tanto amor que me pierdo en su forma de amarnos.
¿Cómo iba a renunciar a algo así? A un amor tan puro que sana el alma.
Simon la mira embelesado y con los ojos húmedos. Saco una foto y se la hago juntos.
—¿Os hago una foto? —Dalila tiende la mano y nos mira con una dulce sonrisa. Todo esto es gracias a ella.
Simon le da el móvil.
Acaricio a mi hija y miro a la cámara, y a la mujer que ha hecho posible esto, que estemos aquí con nuestra pequeña.
—Sonríe, Dalila. Sal guapa. —Dalila da un respingo al darse cuenta de que mi hija va a llevar su nombre.
Dalila hace la foto y luego se seca una lágrima que cae por su mejilla. Todo se ha acelerado gracias a ella y al dinero, claro.
***
Mando las fotos al grupo de amigos más allegados. Amanda me llama emocionada por la foto de los tres con la pequeña. Escribo a los abogados con el nombre elegido.
—Hay prensa ya en la puerta… Ya se han enterado de la noticia. Alguien ha filtrado todo. Richard está intentando aplacar fuegos… Y, bueno… —Lo beso—. Todo va a ir bien.
Tomo aire y ahora mismo siento que no me importa. Que solo me importa que mi hija siga ganando peso. Que salga de aquí sana. Que Simon deje de temer que lo vaya a dejar. ¿Qué más da lo que piensen personas a las que yo no les importaré nunca?
Tomo aire. He aprendido a valorar lo que sí importa de verdad.
—Lo sé. Te tengo a ti, y tienes una imperiosa manía de controlarlo todo y cuidar a todo el mundo.
—Sí, no lo puedo evitar.
—Pero ahora yo también cuidaré de ti.
—¿No tienes miedo? ¿De lo que hay tras la puerta cuando salgamos?
—Sí —admito—. Pero alguna vez debería dar el paso, ¿no?
***
Ese paso llega demasiado pronto. Tengo que salir al hotel para cambiarme y ducharme. Simon va conmigo. Me ha dicho de salir por separado, pero no quiero hacerlo solo. Tomo aire. Lo miro y me tiende la mano.
Cuando paso mis dedos por los suyos, el último golpe de mi padre se me atasca en los recuerdos.
«Esto lo hago por ti, para que seas un hombre de provecho».
Aprieto la mano de Simon.
Lo soy, y no gracias a él.
Salimos y la prensa se nos acerca. Simon ha pedido un Uber y los de seguridad, que hemos contratado, nos llevan hasta allí. Entramos y abrazo a Simon. Me va tan rápido el corazón que temo desmayarme.
—Lo peor ya está hecho.
—Sí.
Llegamos al hotel y nos damos una ducha juntos. Hacemos el amor antes de volver al hospital. Lo peor es que me tengo que marchar a jugar. Simon se queda con ella. Ha pedido trabajar a distancia.
Despedirme de ellos me cuesta, pero sé que Dalila estará bien con Simon. Nadie la cuidará mejor que él. Es su hija y hay lazos más fuertes que la sangre. Si no, que se lo digan a mi padre.
Llego al hotel donde está el equipo, tras un viaje inquieto por separarme de Dalila.
Escucho aplausos y veo a Basile y al resto con una pancarta. «Enhorabuena, papá», dice, escrito de aquella manera.
—Hemos tenido que improvisar. —Basile me abraza y el resto igual.
—Enhorabuena por tu hija y por tu novio. Al menos, todo queda en casa —añade Aquiles.
Me relajo al ver que, para mis compañeros, solo soy Sayer. Solo eso. Sin etiquetas que me aterraban, porque ame a quien ame, lo que importa es quién soy yo.