Capítulo 39
Simon
Richard me informa de las fotos con Basile.
Dice que ha corrido como la pólvora. Estas semanas sin Sayer lo he echado terriblemente de menos.
Por suerte, Ginette y yo nos hemos apoyado mutuamente.
Tenerla a ella me da la vida. He bajado a por algunas cosas a casa de Sayer.
Estar ahí sin él era raro. Demasiado silencio y recuerdos guardados entre las paredes.
Era raro no verlo ni esperarlo. Y lo peor era el miedo a que ya no regresara con él.
Me gusta su casa, me gustaría que fuera la mía… Pero no depende de mí.
Estoy agitado porque es como revivir historias pasadas donde nunca fui suficiente. No quiero que esta salga mal. No estoy preparado para decir adiós a Sayer.
—¿No se puede detener? —pregunto a Richard.
—Hacer un comunicado es casi peor. —Se pasa las manos por el pelo rubio.
Amanda entra y deja sus cosas en la mesa.
—¿Te felicito por tu nuevo novio? —me pica.
—Voy a ver qué podemos hacer. Tú no subas nada a redes. Ya están usando la imagen que tenías con Sayer para analizarla y saber si es Basile.
—Lo bueno es que han aumentado los seguidores en la app para ver si ven algo raro entre Simon y Basile cuando os graban —añade Amanda.
—Algo bueno ha salido de esto. Si sigues viviendo con él, los rumores no cesarán. Puedes venirte a mi casa…
—No se va a ir a tu puta casa. —Miramos a Sayer con cara de pocos amigos en la puerta. Luego, le dice que se quite y le cierra la puerta en las narices.
Lo miro sin ocultar lo que siento. Este hombre me hace arder.
Coge mi cara entre sus manos y me besa. Por cómo me besa, sé que está fuera de sí. Al perderme en sus ojos verdes, veo su tormento. Esto no pinta bien.
—Te vienes a mi casa.
—No, porque la prensa me sigue. Pero tampoco puedo estar con Basile.
—¡Me da igual! —Veo cómo está de agitado.
—Sayer…, ¿estás preparado para dar el paso?
—Mientras solo hablen y no confirmemos nada, que digan lo que quieran.
—Sayer…, esto no funciona así. Te doy tiempo, pero déjame hacerlo a mi manera.
Se pasa la mano por el pelo y luego se marcha. Amanda me abraza.
—A Tyre le sobra un cuarto…
—Mis padres en una semana se trasladan, me iré con ellos.
—Ah, no sabía que iba a ser tan pronto.
—Ya, no iba a ser tan pronto, pero quieren estar aquí para mí.
—Es normal. Y los pisos están por las nubes.
—Sí, y la app va mejor, pero tenemos que pensar algo.
—Yo he pensado algo: pedir a los chicos exclusividad mientras dure la temporada. Que lo que suban a redes solo sea de marcas, pero sus vídeos chorras los suban a la app. Que cada uno tenga su espacio y puedan subir contenido exclusivo.
—Ah, no estaría mal.
—Y hacer directos.
—Habla con el equipo a ver quién querría hacerlo y yo hablo con los de desarrollo y diseño para ver cómo podemos hacerlo.
Bajo a hablar con ellos, tras el entrenamiento.
No miro a Sayer. No puedo. Mirarlo me hace daño.
Estas tres semanas solo han servido para darme cuenta de que o da el paso o al final nos limita que él sea un personaje público.
No quiere ir a cenar, ni ir al cine. No quiere hacer nada.
Ni como amigos ni nada. No puedo vivir encerrado en su casa.
Les comento la idea y algunos quieren, pero otros no. Sayer y Kerr aceptan. Basile y Aquiles, igual. Además, ya lo hacían para ayudarnos. Anoto los que sí quieren para la próxima temporada y me marcho.
Sayer me sigue fuera.
—No me gusta estar así contigo.
—A mí tampoco, Sayer. —Se agita cuando alguien sale del vestuario—. Pero vas a peor. Siento que siempre buscarás una excusa.
Va a decir algo, pero Kerr le saca su móvil.
—No para de sonar.
Sayer coge el teléfono y responde. Su cara va cambiando por momentos.
—No puede ser… Bueno, sí… Joder, sí… Pero…
—Agitado, se apoya en la pared y, cuando voy a abrazarlo, me fulmina con la mirada.
Se da cuenta, pero me aparto—. Sí, claro.
Voy para allá. Voy a llamar a mis abogados… Muchas gracias, Dalila.
Cuelga y nos mira. Está temblando, está destrozado y me quiere lejos.
Duele.
—Tengo que hablar con Richard —dice y empieza a irse—. ¿No vienes?
—No, tengo cosas que hacer.
—Simon.
—No, Sayer. Estás destrozado y no quiero que… Joder. Vete. Habla con quien quieras y a mí déjame en paz ahora.
Espero que diga algo, que dude, que insista… Se marcha y sé que este es el fin de lo nuestro.
—Lo he visto todo —añade Basile y le fulmino con la mirada—. Vale, me callo. Te espero para ir a mi casa.
—Como quieras.
—La cosa pinta mal, tío.
—Lo sé yo solito sin que digas nada.
Me abraza y dejo que me sostenga.
—Al menos tienes un novio falso de puta madre que te quiere un montón.
—Qué suerte la mía. —Se ríe por cómo lo digo.
Aquiles se apunta y me esperan los dos. No sé nada de Sayer. Tampoco de Amanda, que me ha dicho que se iba por asuntos familiares. Familiares, yo no soy de la familia.
Qué idiota he sido.
He vuelto a caer.
***
—Te buscan —me informa Basile. Levanto la cabeza del libro que estoy intentando leer en casa de Basile.
Veo a Sayer con una maleta. Tiene una pinta horrible.
Siento deseos de abrazarlo. No lo hago porque, si lo abrazo, temo que acepte cualquier cosa.
Hasta que me oculte para toda la vida. Con tal de no perderlo, haría lo que fuera.
El problema es que eso me mataría lentamente y, con el tiempo, no quedaría mucho del chico que él ama.
Renunciar a todo por amor tiene un precio alto, y casi siempre es perderte por el camino.
—¿Podemos hablar?
—Inténtalo.
—He estado todo el día con abogados… Tengo que marcharme a Nueva York.
—¿Por qué allí?
—¿Te acuerdas de Blanca?
—Como para olvidarla.
—Bueno, pues… —Se mueve inquieto—. Ha tenido un bebé prematuro.
Una niña. Está en la incubadora. —Se pasa la mano por el pelo, agitado—.
No me lo iba a decir, pero las fechas coinciden.
—Lo miro sin saber qué decir—. Ha renunciado al bebé y una de las enfermeras me conocía.
Era la enfermera de Sasha y lo ha tratado hasta que se trasladó allí, a pediatría.
Ha hecho cuentas, por si fuera mía… No sé si es mía, pero todo encaja.
Ahora tengo que hacerme una prueba de paternidad y, si es mi hija…
Bueno, pues a cuidar de ella. Cuidar que nadie le haga daño.
Cuando dice esto, siento como si alguien me quitara el aire de los pulmones porque veo la verdad en sus ojos verdes. Lo nuestro, tal vez, haga daño a su hija.
—Y ahí es donde entra lo nuestro, claro, porque ahora puedes ser padre y ser padre está bien. Pero ser un padre gay no te hace tanta gracia para tu familia feliz y perfecta… ¡Ya somos perfectos, Sayer! Eres tú el que busca una utopía.
—Yo solo quiero ser mejor que ella. ¿Acaso no lo ves? Y eres muy joven. ¿Quieres ser padre?
—No me lo has preguntado. Hablamos de esto.
—Pero no para ya… Todo ha llegado demasiado pronto.
—Y de nuevo es mejor decidir siempre por los dos. A idiota no te gana nadie. —Se tensa—. Por si te interesa, para mí, ser padre contigo sería un honor. Iría a muerte por ti y por esa niña, si hiciera falta. Siento que para ti, que tenga una polla, haga que no puedas amarme libremente.
Su mirada se oscurece de dolor. Está devastado y tal vez estoy siendo duro, pero ya me da igual. Estoy cansado de ir con pinzas con él. Este amor no lo pedimos ninguno de los dos, porque el amor tiene la facultad de ser libre.
—Simon…, esto me queda grande.
—Lo sé. Y si no es esto, será otra cosa. Otra excusa más para dejarme de lado. Para negarme que sea parte de tu familia. —No dice nada—. Vete, tu posible hija te espera.
—Simon no quiero que esto acabe aquí.
—Nunca dependió de mí.
Sus ojos se llenan de lágrimas que reprime. Luego coge su maleta.
—Esto no acaba aquí —repite antes de irse.
Cuando escucho la puerta, Basile entra y me abraza.
—He escrito a Gin. Está de camino y Aquiles está bajando.
—No me voy a hundir.
—Ya lo estás. Tu cara da pena.
—Gracias.
—Pero estarás mejor. Y, si no te valora, que le den.
—Sí.
Tiemblo ante esa idea porque no quiero perder a Sayer, a pesar de todo, y me duele que no me quiera a su lado en un momento tan importante como este.
Creo que eso habla más de qué somos que de todo lo demás.