Capítulo 37
Simon
Sayer me ha propuesto tener una cita. Algo que no esperaba, pero aquí estoy esperándolo, cerca de la pista de hielo, donde hemos quedado. Me ha chocado, porque lo veo patinar sobre el hielo casi todos los días y lo grabo de cerca. Pero aquí estamos.
Hemos venido separados. Yo usé el metro. Podría haber cogido mi coche, pero el problema es encontrar aparcamiento luego y me es más cómodo el metro. Cosa que molesta a Sayer. Que le den por no proponerme ir juntos, por si nos ven.
No sé cómo va a superar estar aquí sin temer que lo reconozcan.
Las cosas con él van muy bien cuando estamos en su casa. Amanda se pasa tanto tiempo con Tyre que casi siempre estamos solos. A Sasha no le hemos dicho que somos pareja, porque es un niño y no aguantaría un secreto así. No se lo diremos hasta que Sayer lo haga público.
Ginette está todo el rato pendiente de mí, porque no quiere que esto me haga daño, si Sayer no da el paso.
Es una mierda que seas tan feliz con alguien y debas ocultar que lo eres, cuando lo tienes cerca.
Trabajar a su lado es una putada y el chico que nos ayudaba se ha marchado.
Me toca a mí hacer casi todo el trabajo.
Basile y Aquiles han dejado de subir cosas en sus redes, más allá de lo de las marcas, y todo lo que quieran ver de ellos está en la app.
Como paso tanto tiempo con ellos en casa de Basile, hay un montón de material.
Saben lo mío con Sayer, para que así él se vaya soltando poco a poco.
Han hecho apuestas. Paso de saber qué han apostado.
No sé qué pasará cuando acabe la liga y Sayer se marcha tres semanas de viaje con el equipo para jugar varios partidos.
Luego llegará el final de la liga y tendrá que tomar decisiones.
Me aterra que se eche para atrás. Estoy locamente enamorado de él, como no recuerdo haberme pillado nunca por nadie.
—Hola. —Me giro y veo a Sayer con un abrigo, gorra y una braga que le cubre media cara.
—Eres idiota. —Se ríe y andamos hasta la taquilla—. Hace calor, así llamas más la atención.
—Dentro no. Lo sabes mejor que nadie.
—Sí, por eso no sé por qué has elegido para una cita este lugar.
—Primero, porque hay gente y quiero hacer esto sin ocultarte.
—Para ocultarse ya estás tú. —Me da en el brazo de broma.
—Y segundo, porque siempre me quedo con ganas de patinar contigo.
—Vale, me has ganado.
No lo veo por el disfraz, pero sé que está sonriendo. Cogemos las entradas y vamos dentro. Alquilamos los patines y yo me pongo la sudadera que llevaba atada en la cintura.
Hay mucha gente, pero nadie parece reparar en él o saber que es Sayer Paterson, el famoso jugador del equipo de hockey.
Nos ponemos los patines y Sayer se va relajando al ver que la gente va a lo suyo.
Salimos al hielo y patinamos uno al lado del otro.
Su forma de patinar siempre me llama la atención.
Patina como si no le costara, como si para él fuera más fácil patinar que caminar.
—Usaba el hockey no solo para que nadie viera nada raro por mis golpes —empieza a hablar mientras nos movemos juntos por el hielo—.
El entrenamiento era casi todas las tardes y eso hacía que no tuviera que estar en casa con el miedo constante de hacer algo que despertara la ira de mi padre.
Si él no estaba, mi madre le informaba al llegar de mi comportamiento.
—No me puedo ni imaginar cómo fue vivir en un entorno así.
—Horrible, por eso para mí el hockey era una liberación.
Mi padre no me quería haciendo ese deporte, pero un día, el director del colegio vio uno de los morados de la espalda y, alarmado, llamó a mi padre.
Este le dijo que era debido al hockey. El director sonrió y me dijo: «Hazte uno de los grandes».
—Entonces, tu padre dejó de presionar con que lo dejaras, porque así tenía tapadera.
—Exacto. Por eso, cuando me quedaba más de lo permitido entrenando, no decía nada.
Hasta que vio que yo quería una beca como deportista y eso no le gustó nada.
Me dijo que si seguía por ese camino perdería sus ayudas, su dinero y dejaría de hablarme para siempre, tanto él como mi madre.
Elegir fue fácil. De nuevo el hockey me liberó de ellos.
—Un día mirarás al pasado y no dolerá —le respondo y asiente.
Luego saca su móvil para hacerme fotos. Nos hacemos una juntos, que es rara con tantas capas que lleva mi cebolla particular.
—No te rías —me dice cuando miro la foto y solo se le ven los ojos.
—No me río. Es solo que… lo estás intentando y eso cuenta.
—Espero que sí. —Una niña se detiene cerca de nosotros y lo mira.
Sayer la fulmina con la mirada y le doy en el estómago.
—Deja de hacer eso. La niña no te va a reconocer. Solo te mira porque llamas la atención por lo grande que eres.
—Lo sé, pero esa niña tenía mirada de adulta. —Me río por cómo lo dice.
Le doy la mano y tiro de él mientras la niña le saca la lengua. Sayer no hace amago de soltarse. Deja que mi mano se entrelace con la suya y patinamos juntos. Algunos nos miran, otros no. El problema son los pocos que miran, que hacen que Sayer casi se tropiece.
—Vamos. Hagamos una carrera —digo para aliviar la tensión.
Me suelto de su mano y empiezo a alejarme.
No es suficiente ventaja. Nunca es suficiente con él.
Su lado competitivo sale a relucir y me pasa enseguida.
Patino tras él, disfrutando de las vistas.
De esa espalda amplia y ese culazo que le hacen los pantalones de chándal gris.
No soy el único. Más de una mujer lo mira y se relame.
Lo sigo de cerca y hago un vídeo, pero este para mí. Cuando llega a donde hemos empezado, se gira y patina hacia atrás. Lo grabo; sus ojos verdes sonríen de pura felicidad. Está en su elemento.
—Un día patinaremos juntos y te besaré ante todos —me promete acariciando mi mano.
—Te tomo la palabra. Aunque, si te soy sincero, tampoco me importa que eso pase. Solo quiero que, si lo sientes, no te reprimas.
—Lo sé. Y ahora vamos a cenar y no, no vas a ir en metro. Vamos en mi coche.
Voy a protestar por si se siente incómodo, pero tampoco lo puedo proteger de todo. Él debe controlar también los tiempos y saber cuándo se ha exigido suficiente.
Salimos y dejamos los patines. Cuando entramos al coche, está más tranquilo porque nadie lo ha reconocido. Pero, a pesar de ello, no se baja la braga.
—Sayer, siento que tengo una cita con Batman.
—Vete a la mierda. —Me río por cómo lo dice.
Luego disfruto de verlo conducir y conecto mi lista de reproducción a su coche, para poner mi música. Tenemos gustos parecidos de música y sé, por cómo mueve los dedos en el volante, cuáles son sus favoritas.
Me gusta verlo relajado. Estar a su lado. Necesitaba esta cita. Quedar fuera del trabajo y de su casa. Una casa donde he empezado a poner cosas mías por algunos lados. A Sayer le encanta ver mis libros o mis fotos con mis padres en ellas.
Aparca cerca del bar donde lo seguí para verlo comer. Vamos hasta allí. Cuando entramos, la dueña le dice que está todo listo, en la mesa de la otra vez. Luego cierra la puerta y sé que Sayer ha pagado por esta noche solos.
—Al menos a ella no la obligas a ir con los ojos tapados para que no nos vea juntos —bromeo.
—Le dije que eras mi pareja, pero que necesitaba tiempo para que lo supiera todo el mundo.
Eso no lo esperaba. Sayer se quita al fin todo y se sienta, tras pasarse las manos por el pelo. Aparto la mirada cuando ese gesto me hace desear hacerlo yo. Voy a sentarme, pero Sayer tira de mí y me besa. Entonces, sí paso mis manos por su pelo.
—Estamos solos aquí.
—Bueno, es un gran paso. —Me siento a mirar la carta, pero me la quita.
—Ya sé lo que te gusta. Esta noche déjate llevar.
—Lo hago, sí. Con mucho gusto.
Hablamos de las películas que van a estrenar, de las que nos gustan. Hay varias para el verano y dice que iremos juntos al cine. Me gusta que piense en lo nuestro a largo plazo.
Coge mi mano y la acaricia sobre la mesa.
Hago una foto de esto con la otra mano y la subo a redes.
Lo miro y asiente cuando dudo en si publicarlo o no.
No se sabe quién es él, porque no se ven sus pulseras; solo se ve mi reloj.
Nos traen la cena y Sayer cada vez está más relajado.
Me gusta cuando eso pasa. Cuando me acaricia o me besa sin venir a cuento.
—Tengo una pregunta seria —le digo en el postre.
—Miedo me das. Vamos, dispara.
Dudo en cómo formularla. Sayer me mira a la espera, mientras disfruta del dulce. La cena ha estado increíble y la tarta es de chocolate con un toque de menta, como me gusta.
—¿Has descartado tener hijos? Eso es algo que nunca podré darte.
—Lo sé. —Deja la cuchara—. Te voy a ser sincero. Me encantaría ser padre, pero ahora siento que me aferré a eso porque quería ser mejor que el mío. Demostrarle cómo era tener un hijo.
—¿Y ahora?
—Ahora no descarto la adopción. Un hijo es un hijo, tenga la sangre que tenga.
—En eso estoy de acuerdo y yo estoy contigo en esto.
Sonríe más relajado. Terminamos el postre y, al salir, se ha olvidado de ponerse la braga. Un hombre lo mira y lo reconoce. Se acerca y Sayer se queda rígido. Me marcho cuando más gente lo reconoce, sin que nadie repare en mí.
Sayer me escribe cuando ya estoy de camino al metro:
Sayer: ¿Por qué no estás en mi coche?
Simon: No tenía las llaves y es mejor así. Por si te seguía alguien.
Lo siento, te he jodido la noche.
No seas idiota… Aunque eso te viene de serie. :P Nos vemos en tu casa.
Me gustaría que la sintieras también como tuya.
Tal vez un día…
Al llegar a casa, Sayer me espera cerca de la puerta.
Me besa con vehemencia y sé que lo hace por el arrepentimiento de lo que ha pasado.
Me pierdo en él. Estoy locamente enamorado de él y la idea de dejarlo me mata.
Quiero creer que el paso de hoy, de tener una cita, solo es una señal de que Sayer va a luchar por mí.