Broken Ice Capítulo 36
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Capítulo 36

Sayer

No tengo dudas. Tengo miedo y necesito tiempo. Pero no tengo dudas de que quiero todo con él. De que quiero intentarlo. De que quiero luchar por lo nuestro.

Simon me mira tratando de que no note su miedo o su inseguridad en sus ojos azules.

Lo veo todo ahí, porque somos amigos. Porque me encanta perderme en los matices que hablan de él.

No esperaba enamorarme de alguien que pusiera mi mundo patatas arriba, pero entonces llegó él y se convirtió en mi mundo, aunque a mí me costara entender que ya formábamos parte del mismo sitio.

—Acepto el trato.

Abre las piernas sin dejar de apoyarse en el sofá y me cuelo dentro, mientras mis manos cogen su cara y lo beso. Joder. Qué gusto da volver a donde sientes hogar.

Acerco mi cuerpo al suyo, perdido en él. En sus manos, en su forma de tocarme, como si lo fuera todo para él. Como si no tuviera suficiente de mí. No quiero fallarle. No quiero perder esto. Espero estar a la altura de él.

Me aparto para quitarme la sudadera.

Tiro de los botones de su camisa y, cuando los quito del todo, lo miro. Me embebo de su imagen.

—Podrías conseguir al hombre que quisieras.

—Pero te quiero a ti… ¿Vas a hacer algo con eso? —Se quita la camisa del todo y luego tira del cinturón.

—Ven a mi cuarto. —Es una orden que sigo de buen grado.

Vamos a mi cama, pero de camino nos vamos besando. Nuestras espaldas chocan con las diferentes paredes del pasillo. Tiro de su ropa y él de la mía. Al caer a la cama, no llevamos ropa. Solo dos cuerpos enredados, cubiertos por la capa de sudor por contener el deseo.

Beso su cuello y nos movemos juntos, haciendo que nuestras pollas duras mojen la una a la otra. Estoy ardiendo. Sus manos en mi piel me ponen a mil. Su cuerpo pegado al mío es un afrodisíaco.

He tenido otras experiencias sexuales, pero es como si las hubiera olvidado todas, ocultadas por lo que siento por él. El amor eclipsa el alma y deja el pasado entre las sombras hasta hacerlo desaparecer casi por completo.

Busco lubricante de menta cuando me pongo de lado.

—¿Has estado con alguien?

—Sabes que no —me dice mientras me restriego por su trasero tras llenar mi polla con el lubricante—. ¡Joder! —Sonrío porque me encanta llevarlo al límite.

Lo hago varias veces, tentando su entrada, hasta que no puedo más y entro dentro de él. Beso su cuello y lo acerco más a mí cuando estoy dentro de él.

—Tócate —le pido—. Quiero que te masturbes mientras entro y salgo de ti.

Acerco su cuerpo al mío con cada embestida. Gira su cara para besarme mientras nos llevo al límite. Lo miro con su polla en las manos. Me encanta cuando toma aire y frena, preso del placer. Al final, mi mano acaba en su pene y lo hacemos juntos.

Se corre primero y lo sigo.

El orgasmo me nubla la mente y, por un momento, me deja aturdido. Llevo muchos días deseándolo. Ansiando estar así con él. Lo abrazo con fuerza mientras los erráticos latidos de mi corazón se calman.

—No pienso dejarte ir.

—Eso espero —me responde.

No puedo cagarla. De verdad, no puedo perderlo…

***

—Amanda me contó lo de tu padre. —Estamos haciendo la comida, tras no haber salido casi de la cama.

Hemos dormido algo, pero hemos estado follando más. No podía apartar las manos de él y él tampoco de mí. Ahora está a mi lado cortando cebolla. Hoy paso de seguir mi dieta. He quemado suficientes calorías.

Simon lleva el pelo algo húmedo y las gafas puestas. Me encanta ese aire de niño bueno.

Me da en el brazo.

—Deja de mirarme como si me quisieras follar y hacerme pasar por alto esta conversación. —Sonrío porque me ha pillado.

Miro las verduras mientras le añade la cebolla.

—Sí, todo empezó así. —Mi hermana ya me contó que Simon lo sabía por ella—. Siempre he dicho que soy bisexual, y me gustan las mujeres, pero no me siento tan atraído por ellas como por los hombres.

—Ya, pero sí te atraen. —Asiento—. Cuando somos pequeños, no sabemos qué queremos. Es normal tener dudas o experimentar. Tu padre no dejó que todo fluyera de forma natural porque, al golpearte tras eso, para ti estar con alguien de tu mismo sexo se asoció al dolor.

—Sí, eso dice la psicóloga. Una mierda, vamos. —Remuevo las verduras—. También le he hablado de nosotros y dice que debo tener claro dar el paso, porque, cuando lo dé, al ser un personaje público, la gente me señalará con el dedo.

—Bueno, solo hasta que pase algo más gordo.

—Sí. Si he dado este paso, es porque he asumido esto. Además, lo haré al final, con las vacaciones de verano cerca. Cuando regrese a la liga, ya se habrán olvidado.

—Sé que lo has hecho por eso.

Sonríe y lo acabo por besar. Cuando el beso se nos va de las manos, paro o nos moriremos de hambre.

Terminamos la comida y comemos en la terraza.

Hace buen día hoy y bajo al cenador que tengo cerca del salón.

Se está bien. Amanda y Sasha están con Tyre, que se ha ido de fin de semana a una casa rural.

—¿Cuánto crees que tardará mi hermana en decirnos que se mudan a vivir con Tyre?

—Poco, pero entiendo su miedo. Su ex le hizo creer que conformarse era amor. Ahora le da miedo que Tyre cambie y todo esto no haya sido más que un espejismo.

—No creo que sea así. Se lleva bien con su ex. Anoche fue a cenar con ellos porque Tyre quería que conociera a Amanda, ya que pasa tiempo con el hijo de ambos, y Amanda me dijo que se notaba que se querían mucho, pero como amigos.

—Eso no lo sabía, pero es bueno. Sobre todo, para el hijo en común. Los que más sufren son los hijos con todo esto. —Me mira y sé que me va a preguntar algo importante—. ¿Cómo son tus padres como pareja?

—De puertas para fuera, una pareja que parece que se quiere; de puertas para dentro, cada uno vive su vida y no se molestan más que lo necesario.

En el fondo, son iguales los dos. Mi madre…

Bueno, ella nunca me ha pegado, pero miraba desde la puerta y luego, cuando me curaba, me decía que si yo fuera de otra forma, mi padre no me pegaría.

—Joder, tú eras solo un niño.

—Lo sé. Bueno, cada vez aprendo más, al ver que era pequeño para entender la fuerza de un puñetazo, tanto física como mentalmente. Odiaba no plantarle cara. Como si no hacerlo me hiciera débil.

—No lo eres, Sayer.

—Ya, pero tengo que aprender a verlo.

—Y esto lo dice un tío que casi mide dos metros y casi me dobla el cuerpo por los músculos.

—Para que veas. Y ahora termina de comer, que quiero ver una película.

—Los dos sabemos que no vamos a ver una mierda.

Me río y lo beso. Termina de comer y recogemos todo. Y no, no vemos nada. Hay que recuperar el tiempo perdido.