Broken Ice Capítulo 35
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Capítulo 35

Simon

Termino de prepararme para la cena con Richard.

Me ha mandado el lugar y la hora donde me espera.

Un restaurante italiano que no conocía. Tras ponerme el perfume, me pregunto si me estoy arreglando demasiado.

Me miro al espejo y veo ante mí un hombre de veinticinco años.

Ya no soy ese adolescente de quince que empezó a salir con el que creía sería el hombre de mi vida.

Rompimos con casi dieciocho, tras dos años y pico de montañas rusas.

¿Por qué aguanté tanto? Porque creía que, si lo dejaba, nadie nunca más en toda la vida me iba a querer…

Esa es la verdad. A lo que me aferraba, al miedo de que nadie nunca me eligiera.

O de que, de hacerlo, perdería al gran amor de mi vida. O morirme, si no estábamos juntos.

Qué idiota.

Salgo del aseo y busco una americana.

Al salir, veo a Sayer en la puerta jugando con las llaves del coche. Va con ropa deportiva. Se gira al verme y se tensa. No le gusta que me vista así para otro.

—Para tener claro que no sientes nada por él, no lo aparentas.

—Bueno, también puedo haberme puesto así para que sepa lo que perdió por idiota. —Le doy en su duro estómago—. No seas celoso, Sayer. Ya sabes que no siento nada por él.

—Sí. Anda, te llevo y luego te recojo, por si quieres tomarte algo y así no tienes que conducir.

—¿Y vas a dejar que te vean conmigo?

—Primero, somos amigos. Segundo, voy en serio con la propuesta. Tengo que dejar de ser un idiota.

Le digo que vale, porque quiero ver hasta dónde está dispuesto a llegar. No queda tanto para que termine la liga. Se ha puesto un margen de tiempo demasiado corto. Vamos hasta su coche y conduce hasta el restaurante. Luego aparca y sale conmigo.

—¿Vas a acompañarme hasta la puerta en plan padre protector?

—Soy el mayor de los dos, debo cuidar de ti.

—¡He cuidado yo más de ti que al revés! No tengas morro. —Sonríe y vamos andando hasta la puerta.

Veo a Richard en una mesa cerca de la cristalera.

—Es guapo. Aunque no es mi tipo —admite y luego me mira—. Llámame cuando quieras que te recoja. E intenta no sacarle la cabeza de los hombros.

—Creo que por eso hemos quedado en un sitio público. —Sayer mira a su alrededor algo nervioso y se mete las manos en los bolsillos del pantalón. Se ha puesto una gorra antes de salir, pero alguien seguro que lo reconoce—. Anda, vete. Has dado un gran paso.

Duda, mirando dentro, y luego me observa intensamente, antes de marcharse a su coche. Voy hasta la puerta y le digo al metre que ya me esperan. Me acompaña hasta la mesa y Richard se levanta para saludarme con dos besos.

Tenerlo tan cerca es como volver al pasado. Pero ya no hay mariposas, ni nada. Solo rencor por mí. Por cómo me dejé cegar por este amor.

Lo miro y me doy cuenta de que de amor no se muere.

Al final, se sobrevive a un corazón roto.

Cuando me dejó, me sentí devastado, y más por su puñetazo.

En el fondo, esperaba que nunca cayera tan bajo para que no lo unieran a mí.

Pero, tras sus insultos, con sus amigos, debí imaginar qué sería lo siguiente.

¿Por qué dejé que me destrozara de esa forma?

Amar a alguien nunca debería llevar de la mano dejar de quererse a uno mismo.

Anteponer solo los deseos de la otra persona a los tuyos para ver si así aprecia el gesto y cambia.

—Te veo espectacular —dice tendiéndome la carta.

—Tú no estás mal y ya no te avergüenzas de que te vean quedando conmigo. Gran paso.

—He estado muchos años saliendo con una persona. No quería que nadie supiera lo nuestro y ahí me di cuenta de lo cabrón que fui contigo.

—Te jodes —le respondo y leo la carta.

—Sí, pensé muchas veces en escribirte para pedirte perdón. Para explicarte el miedo que tenía.

—Sé cuál es tu miedo. Lo he tenido desde que supe que mi inclinación iba hacia los chicos de mi clase.

—Por eso tus padres te apuntaron a defensa personal.

—Sí, por cabrones como tus amigos que no tenían otra cosa que hacer que infligir dolor. —Se tensa—. Mira, da igual. El pasado no puede cambiarse y no te odio a ti. Me odio a mí por no haber tenido la fuerza de decirte basta hasta que tú me comentaste que no podías seguir con alguien así.

—Sé que no fui justo. Estabas así por mi culpa.

—Al final fue culpa de los dos. Tú por no ver lo mal que yo estaba y yo por darte tanto poder. No puedo poner a nadie delante de mí mismo. Eso solo nos destruye a todos a la larga, porque acabaré por echarle en cara todo a lo que renuncié por seguir un día más.

Lo miro viendo la verdad.

—Siento mi parte.

Nos preguntan qué queremos y pedimos lo mismo. Se ríe.

—Bueno, algunas cosas no han cambiado. —Sí, ha cambiado. Cuando lo miro, no veo al niño que fue, al que vivía con miedo constante a salir del armario.

Está relajado, es un hombre y tiene las cosas más claras.

—No va a pasar nada entre los dos.

—Lo sé. Te he visto con Sayer. —Me remuevo inquieto—. Os vi en la puerta y vi tu cara al girarte. Te he querido, Simon. Mal, pero te quise y te conozco. Sé que te gusta.

—Es complicado.

—Supongo. Soy jefe de prensa. He tenido que leer muchas cosas de estos hombres. Tengo que apagar fuegos y ni uno habla de que a Sayer le gusten los hombres. Lo tienes jodido y sabes lo mal que se pasa.

—Lo sé. No estoy aquí para hablar de mi vida privada. Estoy aquí para poder trabajar contigo sin sacarte la cabeza de los hombros. —Se ríe.

—Vale, vale… Pero si pasa algo o quiere dar un paso, hablad conmigo. Yo estoy de vuestro lado. Tienes mi móvil, a menos que lo borraras.

—Lo borré, pero eres el jefe de prensa y lo he tenido que agregar por si te necesito.

—Tal vez con el tiempo podamos ser amigos.

—Lo dudo. Éramos muy parecidos. —Sonríe.

—Tal vez, por eso, estábamos destinados a fracasar.

O no, nunca se sabe, pero mientras cenamos y nos ponemos al tanto de nuestra vida, tras ir a la universidad, la rabia y el dolor que sentía por él se desvanecen.

Nos quisimos, pero nos quisimos mal.

Cuando ponen el postre, escribo a Sayer. Me dice que está de camino. Es raro saber qué me espera mientras ceno con Richard. Richard nunca habría soportado algo así, pero Sayer no quiere que me quede con él si no estoy seguro. Está celoso, pero, a su vez, me quiere y es su forma de respetarme.

Cuando salgo del restaurante, Sayer está apoyado en el capó.

Nos mira, pero no se acerca.

—Lo dicho, cualquier cosa avisadme para que pueda ayudaros. Para él no va a ser fácil si todo esto se sabe.

—No, no lo será.

—Pero no puede huir eternamente de quien es, porque al final la vida pasa y te pierdes por el camino siendo quien no eras, solo para encajar.

—Tú lo sabes mejor que nadie. —Asiente y me desea buenas noches.

Ando hasta Sayer. Está tenso, pero sigue ahí. Sin ocultarse. Queriendo dar un paso más.

—Te ha reconocido.

—Bueno, al menos no es idiota.

—Para eso ya estás tú —lo pico—. Sabe que hay algo entre los dos. —Se tensa—. No dirá nada, pero es el jefe de prensa y está de nuestro lado. —Asiente algo pálido—. ¿Aún quieres dar este paso? Puedes dejarlo todo aquí y ahora.

—No voy a cambiar de idea y, si ya te has cansado de marearme y de darme largas, además de ponerme celoso con tu ex, sube al coche, vamos a casa y dime una puta respuesta.

—Vale, si te pones así. —Me fulmina con la mirada por mi tono jocoso—. Qué fácil es picarte, Sayer.

Entro al coche más ligero que antes. Entra y conduce hasta su casa. Estoy nervioso, pero también decidido. Ya no soy ese joven y le doy una oportunidad a Sayer como hombre. No voy a dejar que me destruya.

Subimos a su casa y me mira a la espera cuando, tras quitarnos las chaquetas, andamos hacia el salón.

—¿Quieres una copa antes?

—¡Simon! ¡No lo retrases más! —Me apoyo en el respaldo del sofá.

Se me acerca de esa forma tan sexi que me vuelve loco y pone sus manos en mis hombros.

—¿Qué has decidido, Simon? —Veo el miedo en sus ojos verdes.

Sayer sigue perdido. Aunque cada vez está más fuerte, las secuelas de su infancia siguen ahí.

Tiene miedo de que lo rechace. Que rechace al hombre que es, al real, al que no muestra a todo el mundo, a ese hombre que su padre odiaba y trató de aniquilarlo de su ser.

Amanda me ha contado cómo empezó todo, para que entendiera mejor a su hermano.

Que su padre le pegó al verlo abrazar a un amigo y ese fue el detonante.

Sayer ni sabía si le gustaba o no ese chico, pero ante la muestra de cariño a un niño, su padre le pegó para que no se saliera del camino establecido.

—He decidido que estoy enamorado de ti y de mí.

Y que, como no luches por lo nuestro con uñas y dientes, me largaré de tu vida sin mirar atrás.

¿Aceptas el trato? Es todo o nada. Tienes hasta que acabe la temporada y luego, aunque duela, me alejaré si no das un paso.

Porque ese paso no lo vas a dar solo. Estabas solo cuando eras niño, pero ya no. Lo daremos juntos, como un equipo.

Veo el miedo y las dudas pasar por sus ojos verdes, y, por un segundo, temo que se eche atrás, mientras me pierdo en su boca y me muero por besarlo. Sabiendo que existe una posibilidad de que tal vez nunca más pueda volver a saborear sus labios.