Capítulo 29
Sayer
Entro en mi casa y voy hasta mi cuarto. Amanda no está.
Iban al parque con Tyre. Me siento en la cama y no sé cuánto tiempo ha pasado cuando Amanda llega y le dice a Sasha todo lo que tiene que hacer.
Luego, este grita que va a jugar a algo de la tablet .
Y se hace el silencio. Poco le durará al trasto estar en silencio.
Amanda entra a mi cuarto tras tocar. Viene hasta la cama y se sienta a mi lado.
—Sé que me has dicho por mensaje que estás bien, pero no me lo creo.
—Bueno, estoy… devastado —admito y me coge la mano—. La psicóloga me ha hecho ir al principio de todo. De cómo empezó nuestro padre a pegarme, cuál fue el detonante… He tenido que ir buscando entre mis recuerdos. Ha sido horrible. Pero he dado con el primer golpe en la espalda con su mano.
—¿Y cómo empezó todo?
—Estaba en mi cuarto, con un compañero de clase. Me abrazó y, bueno, me quedé ahí abrazado a él. Me sentía bien. Era pequeño, solo era un abrazo…
—Y papá os vio.
—Sí, echó a mi compañero y luego me golpeó en la espalda. Me quedé tan impactado que no supe reaccionar. Y me empezó a gritar que en su familia no pensaba permitir esas cosas, que los hombres no se abrazaban, ni lloraban… No dijo más. No hacía falta. En ese momento, no lo entendí, pero ahora sí.
—Y por eso, cuando te has sentido atraído por hombres, quieres esconderlo.
—Al parecer, sí, porque no hacerlo duele.
—¿Se los has contado a Simon?
—No, ha estado ahí esperando a que saliera. Cuando salí, solo quería abrazarlo con fuerza, pero no podía. Al mirarlo, me he dado cuenta de lo jodido que estoy y no sé si esto va a cambiar. Tengo esperanza, pero no sé si podré o si, al superarlo, somos diferentes.
—Por eso no le pides que se quede.
—No, porque ahora mismo no puedo darle todo. Ni pensar en hacerlo en un futuro corto.
—¿Y si pudieras darle lo que se merece una vez?
—Pues ojalá siga sintiendo lo mismo por mí.
Amanda me abraza.
—¡Mamá! ¡Mamááááá! ¡Mamáááá!
—Mucho ha tardado —dice mi hermana y se va a ver qué quiere Sasha. Al parecer, solo quería agua. Y tiene varias botellas por la casa.
Me quedo aquí. No tengo fuerzas para salir. Estoy agotado mentalmente.
Simon
No sé en qué pensaba al aceptar esta cita. Tal vez dar en los morros a Sayer. Aun sabiendo que está muy tocado para hacer nada. Aparte de eso, me estoy aburriendo. Por eso, me marcho y me doy una vuelta por la ciudad. Encuentro una pastelería abierta a estas horas. Huele de maravilla y entro.
Veo una tarta de chocolate con buena pinta. Pido un trozo y compro galletas para el desayuno de todos de mañana.
Regreso a casa sin prisas. Cuando llego, están todos en sus cuartos. Dejo las galletas en la despensa y cojo dos cucharas.
Voy hasta la puerta de Sayer y toco.
—Pasa.
Entro y lo pillo sentado en la cama y, por su pinta, lleva ahí horas. Se me rompe el alma por verlo así. Odio ver el dolor en sus ojos verdes, pero no sé cómo serlo todo para él. Es como chocarme con un muro.
—Tienes una pinta horrible. —Abro la caja de la tarta y le tiendo una cuchara—. Ten.
—¿Qué celebramos?
—Que estás luchando. Me parece un buen motivo.
—Llevo horas aquí sentado.
—Bueno, ya encontrarás las fuerzas para levantarte. —Cojo un poco de tarta. Me imita y hace lo mismo. Aparto la mirada para no fijarme en su boca.
—¿Qué tal tu cita?
—Mal. —Lo miro y está sonriendo—. Eso no debería hacerte feliz.
—No debería, pero me lo hace. —Coge un poco más de tarta—. No voy a pedirte que me esperes, pero tal vez un día pueda estar ahí para ti.
—Tal vez ese día no quiera nada.
—Lo sé. Pero siempre tendré al amigo, ¿verdad?
—¿Acaso traerte tarta no habla de lo masoquista que soy?
—Un poco. Pero te lo agradezco. Te necesitaba cerca.
—Lo sé.
Compartimos la tarta y luego le digo de ver una película juntos. Nos tumbamos en su cama y le doy al play . Se queda dormido enseguida y, cuando llegan las pesadillas, estoy ahí. Quiero saber qué está viendo, pero el problema es que no me lo cuenta.
—Estoy bien —me dice y se gira en la cama—. Nos vemos mañana.
Recojo todo y le doy las buenas noches. Al meterme en mi cama, pienso si estoy siendo un egoísta por no quedarme, a pesar de todo. Escribo a Gin y me dice que sería un egoísta para mí mismo si no me pusiera por delante de la felicidad de los demás.
Gin: Eres lo único que se te ha permitido ser: su amigo. Para que más tarde te diga que no está preparado. Mejor ahora, Simon.
Simon: Tienes toda la razón.
No me duermo enseguida. Hablo con varios hombres, aunque es más para obligarme que por ganas.