Capítulo 28
Simon
No me he marchado de casa de Sayer, pero este solo me trata como un amigo, fiel a su promesa. El problema es que no dejo de verlo destrozado y no sé cómo ayudarlo. Por eso, cuando lo veo a solas en la cocina, tras varios días dando vueltas, tomándose el desayuno, le digo lo que he pensado.
—Tienes que buscar ayuda profesional, Sayer. —Se gira y me mira con una sonrisa ladeada.
—Dime cuánto tiempo llevas pensando eso, para que ni me des los buenos días primero. —Me relajo cuando veo que no se ha molestado.
Luego me pasa un café que acepto y no evito tocar sus dedos. Me gusta sentirlo y eso, de momento, está ahí.
—Pues muchos, antes de verte el otro día tocando fondo. No puedes seguir así.
Me mira sin decir nada. Veo pasar muchas cosas por sus ojos verdes y quiero que me las cuente todas. No puedo presionarlo. Siento que soy la primera persona con la que se ha abierto tanto. Forzar las cosas solo hará que se cierre en sí mismo de nuevo.
—Lo sé. Ayer fui a la sesión de Sasha con la psicóloga y luego me quedé con ella para ver si podía tratarme a mí.
—¿Y qué te ha dicho?
—Que sí. Tengo una primera sesión esta tarde.
—¿A qué hora?
—A las seis.
—Puedo ir contigo. —Asiente y sé que me necesita para no salir corriendo—. Te veo allí directamente luego…
—Podemos ir juntos desde mi casa.
—No estás preparado, Sayer. Poco a poco dejarás de tener miedo al qué dirán, pero eso no va a pasar de la noche a la mañana.
—Lo sé. Y también sé que todo esto que me pasa es porque quiero ser perfecto. Es como si así no recibiera una paliza de la vida.
—Lo sé.
Pero eso no cambia que no puedo esperarlo eternamente, si él no me da algo más.
Sayer se termina el batido y dice que nos vemos luego en el entrenamiento. Termino mi café y cojo algo de comer para ir a prepararme. Sé cuándo se despierta Sasha porque de golpe reina el caos en el lugar.
Ayudo a Amanda y lo llevamos juntos al colegio, antes de irnos a trabajar.
—Ayer Sayer me contó lo vuestro. —La miro mientras conduce.
—Vaya, eso no lo esperaba.
—Sayer está cambiando y creo que es por ti.
—Puede ser, pero eso no cambia nada. Solo somos amigos. Los mejores, tal vez.
—Lo sé. Es complicado. En tu situación no sé qué haría.
—Solo puedo seguir adelante. He estado en este punto muchas veces. A la espera de algo más, es agotador sentir que no vales lo suficiente para alguien y cada día que pasa algo se rompe dentro de ti. De todos modos, Sayer no me ha pedido que lo espere.
—¿Y si lo hiciera?
—Supongo que le esperaría un tiempo —admito y duele.
—Pero eso no ha pasado.
—No.
—Me encantaría tenerte como cuñado. Creo que eres lo mejor que le ha pasado a Sayer en su vida. Pero ahora que sé todo lo que esconde, no sé cómo acabará esto.
—Yo tampoco. Por eso quiero avanzar y seguir ahí como amigo. Eso sí puedo serlo.
—Lo sé. Eres el mejor amigo que he tenido nunca. —Acaricia mi mano.
Llegamos al trabajo y aparca. Cuando vamos al despacho, nos dicen que Mary está de baja. En principio va a volver, pero hoy no paraba de vomitar y era incapaz de salir de su casa. Al parecer, los vómitos no se le han ido al pasar los tres primeros meses.
Organizamos todo para el trabajo y, a media mañana, Ginette se pasa.
Está preparando sus clases para su equipo, en el despacho de entrenadora que tiene ahora.
Nos muestra las ideas que tiene para los chicos y chicas.
Voy con ella a su despacho para grabar un poco todo.
La gente de la app quiere ver cómo va Gin en su nuevo proyecto.
—Este viernes hay partido. Y luego, fiesta. Tú y yo, como en los viejos tiempos.
—¿Cuándo bailas para mí para provocar a Kerr?
—Sí, pero esta vez sé qué tendré luego y estaré un rato con mi amigo a solas de fiesta.
—Me parece bien.
Se sienta sobre la mesa y me mira. Sé que va a preguntarme por Sayer. Me pongo a su lado.
—Solo somos amigos… Y he quedado mañana con un hombre de la app de citas.
—Ah, bien. ¿Y te apetece?
—No, pero no quiero quedarme anclado o sentir que hago algo mal por lo que siento.
—Lo entiendo. Bueno, yo te apoyaré en todo.
—Lo sé. Nunca lo he dudado.
Tomamos un café de la máquina antes de volver al trabajo. Poco antes de la hora de la sesión de Sayer, me marcho a la psicóloga. Espero en la sala de espera junto a la puerta. Sayer llega con el tiempo justo. Está pálido. Odio verlo así.
—Vamos, Sayer, tú puedes con esto.
—No lo sé. —Se deja caer a mi lado—. No quiero revivir todo. No sé si estoy preparado. La gente se queda hecha una mierda luego. Y temo haber olvidado cosas de mi pasado que, tal vez, sean el detonante. Quizás recordarlas solo me haga más daño.
—Bueno, voy a seguir aquí cuando salgas.
—No te merezco ni como amigo. Soy un egoísta.
—Lo eres, sí. —Sonríe de medio lado y me da un apretón en la pierna. Pongo mi mano sobre la de él y le acaricio.
La puerta se abre y Sayer se aleja como si hubiera hecho algo malo, recordándome por qué no estamos juntos.
Entra con la psicóloga y, antes de cerrar la puerta, me mira y alzo los pulgares.
Una parte tonta de mí piensa si esto nos acercará.
Otra, saber que no está aquí para eso. Por eso, saco el móvil y chateo con algunas personas mientras espero.
Sayer tarda más de una hora y, cuando sale, está devastado. Me mira buscando un abrazo. No se acerca porque hay personas cerca. Porque no quiere que nadie vea cómo me ama. Duele nopoder serlo todo para alguien y aceptar las migajas.
—No te preocupes, las cosas mejorarán —le digo en forma de ánimo.
—Sí, eso espero.
Anda hasta mí y vamos a la salida. Bajamos hasta donde están nuestros coches y se queda a mi lado. Siento su cuerpo, pero no da el paso.
—¿Cómo ha ido? —Me apoyo en mi capó.
—Ha sido horrible.
—Bueno, al menos estás avanzando.
—Yo siento que todo esto es un error. Revivir el pasado solo me hace daño.
—No se puede avanzar mientras sangran heridas pasadas.
—Lo sé. —Se pasa la mano por el pelo, cansado. Agitado y nervioso, y yo no puedo hacer nada.
Por eso, cruzo los brazos en mi pecho, odiando no poder abrazarlo, como sé que necesita. Esto nos está haciendo daño a los dos. Cuando se relaja, va hasta su coche.
—Te veo en casa.
—No. —No sé quién se sorprende más de los dos—. He quedado con alguien.
Tensa la mandíbula. Y luego sonríe con frialdad.
—Qué poco has tardado en olvidar lo que sientes.
—Tal vez no lo olvide nunca, pero quiero aprender cuanto antes a vivir con eso. Solo somos amigos.
—Solo eso.
Entra al coche dando un portazo. Bien, esto es todo por su culpa.
Me adentro en el coche y acepto quedar con uno de los que no anda lejos.
Acordamos ir a tomar unas cervezas. No va a pasar nada, pero quiero ser más fuerte que el dolor que siento en el pecho por no ir tras Sayer y conformarme con las migajas.