Broken Ice Capítulo 27 #2
66%

Capítulo 27 #2

Voy hasta mi cuarto imaginándolo en la ducha, con el agua recorriendo su cuerpo.

Por su culpa, ahora necesito agua fría para aplacar mi fuego.

Me quito la ropa y corro la mampara. Mi ducha da a la suya y es una tortura saber que estamos tan cerca y tan lejos a la vez.

Tengo que marcharme de este lugar cuanto antes.

El problema es que imaginarlo, tocándose, me enciende. Estoy ardiendo por este hombre para el que no tengo cabida. Solo como un amigo que se muere en silencio por ser algo más.

Al final, cedo a la tentación de tocarme, imaginando su cuerpo, y se me escapa un gemido. Joder, no puedo retener mis gemidos… Muerdo mi boca y pongo el agua un poco más caliente y más fuerte. Muevo mi mano de arriba abajo sobre toda mi longitud.

Pienso en Sayer, en esa boca que me vuelve loco y ese cuerpo musculado y todo fibra. Joder. Me encanta cuando me abraza, cuando su piel se funde con la mía. Cuando lo siento dentro de mí…

Escucho unos pasos y, cuando miro hacia ellos, veo a Sayer solo con la toalla puesta y el pelo mojado. Lleva el torso aún húmedo. Se me acelera la respiración.

—Eres un ruidoso, incluso mordiendo tu boca.

—No deberías estar aquí. —Se apoya en la encimera del aseo.

—No, pero aquí estoy. Sigue. —Su forma de ordenarme me la pone más dura, y más cuando clava sus ojos verdes en mi pene—. Vamos, quiero ver cómo te corres.

—¿Acaso yo no merezco lo mismo?

—Si eres bueno, haré algo más que mirar. —Está jugando conmigo. Lo veo en sus ojos. El problema es que estoy tan cachondo que no puedo detener mi mano.

Quiero esto una vez más. Siempre me digo lo mismo. Soy adicto a él y, como todas las adicciones, o las detienes a tiempo, o te destruyen por dentro.

Nos miramos mientras mi mano sube y baja por toda mi longitud. Se humedece los labios y los recuerdo rodeando mi polla. Me encantó sentir el calor de su boca succionarme. Tenso la mandíbula por lo cerca que estoy de dejarme ir y solo por sentir su mirada.

—Te la pone muy dura que te observe. En el fondo eres un provocador.

—No soy el que empezó a hacerse una paja en la ducha sin importar quién escuchaba.

—Mi hermana y mi sobrino van a pasar el día fuera, en casa de Tyre; que me escucharas tú era una posibilidad y no me importaba.

Noto cómo la polla se le pone dura bajo la toalla. Sigo moviendo mi mano con su mirada clavada en ella y en ese cuerpo de infarto. En su torso fibrado y los pezones duros por la excitación.

Su respiración es agitada y su mirada cada vez más oscura.

Muevo mi mano de arriba abajo, cada vez más al borde del orgasmo.

Estoy tan cerca que casi puedo acariciarlo con los dedos.

Cuando casi me voy a correr, se acerca y busca mi boca.

Ahora es su mano la que sostiene mi polla mientras nos besamos con furia.

Nuestras bocas se devoran, la una a la otra, mientras nuestros cuerpos se rozan.

Acerca mi polla a la suya. Tiemblo, jadeo en su boca, perdido por lo que siento.

Por lo mucho que lo quiero.

Mirar sus ojos desde tan cerca es un placer que me vuelve loco.

Tiro de su pelo. No sé si enfadado porque me dejo ir o preso del momento.

Hace lo mismo, mientras nuestras manos suben y bajan, y nuestras pollas se tocan.

Cuando me gira, sé que puede hacer conmigo lo que quiera.

Coge el bote de lubricante que tengo en la repisa de los geles y lo echa por mi espalda. El olor a menta llena todo el lugar.

—No tengo condones.

—Estoy limpio y solo he follado contigo, últimamente. —Pone su polla en la entrada y nos llena de lubricante. Sube y baja por mi raja—. Sayer…

—Yo también estoy limpio… Nunca he confiado tanto en alguien para esto.

—Que te importe, no es nuestro problema.

Se acerca y me besa el cuello, mientras entra poco a poco en mi interior. Entra todo lo que da su longitud. Esto tira de mis huevos y noto cómo el orgasmo se precipita en la punta de mi polla.

Acerca su cuerpo a mí, me abraza por detrás, mientras me besa el cuello y los hombros. Me está haciendo el amor porque el cabrón me quiere y eso duele más. Su forma de tocarme es la de alguien que se muere por cada centímetro de tu piel.

Agitado, noto cómo me llena. Cómo me hace el amor.

Entra y sale de mi cuerpo y lleva su mano a mi polla para masturbarnos juntos.

Estoy al límite. Son demasiadas emociones juntas.

Echo la cabeza hacia atrás cuando estoy a punto de llegar y me corro, chorreando mi semen en la pared.

Se corre dentro de mí y, cuando sale, su semen me cae por la pierna.

—Joder, ver esto me excita de nuevo. —Pasa los dedos por mi trasero—. ¿Por qué no puedo dejar de desearte?

Me río sin emoción. Luego me aparto de él y cojo el jabón.

—Es mejor que te vayas.

—No debí decir eso.

—Da igual, Sayer. Odias todo lo que te ata a mí. —Lo miro sobre el hombro—. Desearme, quererme, amarme… Lo odias. —No lo niega—. Vete, por favor. Es lo mejor.

El dolor en sus ojos me mata. Y, lo peor, es como si viera a ese niño herido.

—Te esperaría, Sayer —le digo—. Si me dijeras que te dé unos meses…

Lo haría, porque estoy enamorado de ti, pero tú ni te planteas la posibilidad de una vida conmigo, a pesar de que hoy no hemos follado.

Hemos hecho el amor. —Mis palabras son como un puñetazo para él.

Se echa hacia atrás—. Vete, Sayer. Y no vuelvas a tocarme.

Espero que luche, que diga algo. No hace nada. Como siempre, solo se marcha.

Lo veo irse y escribo a Basile para ver si me puedo quedar en su casa. Enseguida me dice que sí y me manda una foto de su cuarto de invitados. No me quiere cobrar por vivir con él y, por eso, no quería aceptar, pero es mejor irme cuanto antes.

Sayer

Escucho a Simon hacer la maleta. Me destroza que se vaya. Estoy tirado en mi cuarto. Desnudo y tembloroso. No quiero perderlo, pero no sé qué hacer sin sentir que el golpe de hacer algo que se sale de lo común será letal.

Tengo miedo y lo pierdo.

—Me voy con Basile —dice tras mi puerta—. Es lo mejor. —No respondo. No puedo hablar.

Abre la puerta, preocupado, y no sé qué ve, que maldice y tira la bolsa al suelo para venir hacia mí.

Cuando saca el puño de mi boca, me doy cuenta de que me estaba mordiendo.

Como cuando era pequeño. Veo las marcas de mis dientes.

La sangre. Simon maldice y va a curarme.

No era consciente, no lo era… Lo hacía. De niño lo hacía.

Me mordía en zonas que nadie podía ver para contener mis gritos. Para contener el dolor.

—Joder, Sayer… No me puedo ir así. —Lo peor es que siento una victoria.

Cura mi mano y luego se sienta a mi lado. Dejo caer la cabeza en sus piernas. Quiero pedirle que me espere. Que luche por mí. Joder, es cierto. Le hice el amor. Con cada parte de mi alma. Pero no sé cómo hacerlo.

Estoy perdido.

Acaricia mi pelo y me calmo entre sus brazos.

—Deberías irte —le digo con la voz ronca.

—Nunca dejo atrás a un amigo que me necesita.

—¿Y quién cuida de ti?

—Yo no, eso desde luego. —Lo miro y él a mí.

—Te quiero, Simon. No te imaginas cuánto. —Sus ojos se llenan de lágrimas que derrama.

—Lo peor es que lo sé.

No decimos nada. Las palabras se nos quedan atascadas.

—No volveré a tocarte.

—Eso también lo sé.

Cierra los ojos para que no vea su dolor.

Es lo menos que puedo hacer por él. Aprieto los ojos con fuerza y nos quedamos quietos.

Sintiéndonos al otro, rotos por dentro por mi culpa.

Mi padre, cuando me golpeó, rompió algo más que mi piel.

Rompió mi alma e hizo de mí un cobarde que tiene miedo a arriesgarse.

¿Por qué ser feliz con quien amas tiene que llevar un precio tan alto? Yo solo quiero ser Sayer… No quiero que nadie me mire diferente por la persona que he elegido para compartir mi vida.

Estoy aterrado…

Quiero morderme…

Vuelvo a ser ese niño.