Broken Ice Capítulo 26
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Capítulo 26

Sayer

Me gusta que mi casa no esté tan solitaria. El problema es que, cuando voy a la cocina y veo a Simon preparar café con cara de sueño y recién duchado, siento deseos de ir hacia él y abrazarlo por detrás antes de besarlo. Se gira y me da los buenos días.

Lleva las gafas puestas. O no se ha dado cuenta o no se va a poner las lentillas.

—Estoy buscando cuartos.

Eso me molesta, pero asiento. Tal vez sea lo mejor.

—El piso de Amanda no tardará en estar arreglado.

—Lo sé, y de momento no he encontrado nada que me permita pagar dos cuartos a la vez. —Sonrío y me tira un paño a la cara—. Disimula un poco, joder.

—No puedo. Y ahora no me distraigas para saber qué narices me tengo que poner hoy en mi batido especial.

—Eso sí que quiero verlo.

Se apoya en la encimera con el café con leche en la mano. Lo hace con ese aire despreocupado que me vuelve loco. Nunca creí que me sentiría tan atraído así por un hombre o, puestos a ser sinceros, por una persona. En toda mi vida no he sentido esta fuerte atracción por nadie.

Miro la lista y veo qué me tomé ayer y qué me puedo hacer hoy.

Me preparo el batido.

—Tiene una pinta horrible. —Lo miro poner muecas raras.

—Es por los arándanos. Pruébalo, no está tan malo.

—Paso, cuando patinaba traté de hacer una dieta de estas, para ver si así mejoraba. No sé si la dieta acabó conmigo o yo con ella. —Saca algo de comer y se lo toma mientras yo me bebo el batido con un poco de todo.

No dejamos de mirarnos. Aunque no nos tocamos, la tensión está ahí, atrayéndonos al otro como un imán.

Sasha llora. Miramos hacia donde duerme, al tiempo que mi hermana grita que ya va.

Al poco, tenemos al terremoto medio dormido en la cocina, en los brazos de su madre.

Simon le da todo lo que necesita para la leche del pequeño ya preparada y esta se va con él al salón, para que se la tome con la pajita mientras se espabila.

Yo voy a cambiarme tras terminar el batido y luego doy un beso a Sasha y a mi hermana, antes de irme. No me cruzo con Simon, pero ahora nos veremos más. Esto no debería alegrarme tanto. O la necesidad de regresar a casa esta tarde y saber que lo veré.

Lo mejor sería que se buscara un cuarto…, pero ojalá no lo haga.

***

—Gin viene pronto. —Kerr parece pletórico por esta noticia—. Te juro que si hubiera tardado más, me habría trasladado a jugar a París.

—Allí el hockey es un deporte menor…

—Te prometo que me da igual. Pero va a venir. —Me da un beso en la frente.

—Supongo que tanta alegría es que regresa Gin, al fin —apunta Basile.

—¡Sí, joder! ¡Vamos, que vais tarde a calentar!

—A ver ahora quién lo soporta —añade Aquiles—. Casi lo prefería triste. —Sonrío y me cambio para ir al entrenamiento.

Kerr no da una. El entrenador le dice que espabile. Kerr le da un beso y lo hace gruñir. Miro hacia la entrada y veo a Simon entrar con los patines puestos. Lleva una cámara nueva; han debido ampliar el presupuesto. Es como un trípode y tiene una pantalla pequeña en horizontal.

Patina haciendo tomas con la nueva cámara desde dentro y, cuando ve a Kerr hacer el idiota, me mira como diciendo: «¿Qué coño le pasa a este?».

Voy hasta él y me graba. Tras hacerlo, da a parar y baja la cámara.

—¿Qué le pasa a Kerr? Dime que no se ha vuelto loco. —Patina hacia atrás. Tiene estilo, aunque, por lo que sé, hacer algo espectacular nunca le salió. Pero sí se defiende muy bien.

—Vuelve Gin.

—Ah, vale, por eso me dijo que la llamara. —Sonríe con cariño—. Bueno, ahora entiendo lo tonto que está. —Lo mira y se ríe—. Acaba de besar a tu entrenador.

—No es la primera vez.

—Lo ha mandado al banquillo hasta que se le pase la tontería. Voy a grabarlo. —Le cojo del brazo. Me mira—. ¿Necesitas algo?

—Me gusta patinar contigo.

—Y a mí me gusta verte con toda esa ropa y no te voy sujetando —me pica, hasta que se da cuenta de que este juego es peligroso.

Lo dejo ir y veo cómo va hasta donde está Kerr, para hacerle una entrevista para redes.

Kerr no está para hacer de capitán en el entrenamiento.

Por eso, yo tomo el mando. Jugamos un partido de calentamiento unos contra otros y, de nuevo, Simon se mete en la pista para grabar tomas mejores.

No me gusta que esté ahí, solo con ropa deportiva.

Si alguien lo tira, se puede hacer mucho daño.

Antes lo pienso…

Basile va hacia atrás. No lo ve y lo estampa contra la protección.

—Lo siento.

—No pasa nada —le tranquiliza Simon. Pero yo lo conozco mejor que nadie y sé que esconde un gesto de dolor.

Se marcha y miro inquieto hacia donde se ha ido. Eso le pasa por no tomar medidas. ¡Joder! Al final, ni Kerr ni yo estamos para hacer un buen entrenamiento y el entrenador nos echa en cara que debemos dejar los problemas fuera de la pista.

—Lo haré… Mañana —le anuncia Kerr.

—Qué hostia tienes, señor Gallagher. —Kerr se ríe y el entrenador me mira—. A ti no sé qué mierdas te pasa, pero fuera de la pista lo que sea.

—Sí, señor —le digo y asiente.

Cuando salimos, Kerr me comenta:

—Simon está bien, pero es un idiota por estar ahí sin protección. Pensé comentarle que se pusiera algo —se pasa la mano por el pelo—, pero estoy demasiado idiota.

—De más. —No le niego lo de Simon. Kerr no es tonto.

Lo dejé entrar cuando Simon había pasado la noche en mi casa. Matizar que no siento nada, a estas alturas es tontería. Kerr nunca me ha juzgado, ni tampoco me ha dicho lo que debo hacer. Sabe que he tenido una infancia complicada, pero tampoco le he explicado por qué. Tal vez debería hacerlo.

Entramos al vestuario a darnos una ducha. Al acabar, voy a buscar a Simon a su despacho. No lo veo allí. Está mi hermana, que alza la cabeza al verme.

—Si has venido a ver cómo está Simon, te diré que estará bien. Están viendo que no tenga una costilla fracturada.

—Joder…

—Le comenté que si quería hacer tomas, se pusiera protección, pero me dijo: «Yo controlo». Una mierda controla.

Mi hermana está cabreada porque quiere mucho a Simon. Por eso no se centra en el trabajo.

—¿Está en la enfermería? —Asiente—. Voy a ver cómo está y te informo.

—Eso, hazlo por mí o no me centraré en el trabajo.

Salgo y de camino me encuentro a Basile, que va a ver también cómo está Simon.

—De verdad que no lo vi —añade mi compañero.

—Es su culpa por no usar protección y meterse de lleno en un partido de hockey. —Estoy enfadado, pero por lo mucho que me preocupo por ese idiota.

—Pues sí, para las siguientes veces que se ponga protección. Conozco lo suficiente a Simon para saber que volverá.

Yo también lo creo. Cabezón como él solo.

Al poco, sale Simon con unos papeles. Al vernos, sonríe.

—Estoy bien. Solo tendré un morado.

—Lo hice sin querer. —Basile le abraza.

Simon se ríe y le dice de nuevo que está bien mientras me mira. Verlo sonreír me deja más tranquilo. Es raro preocuparme tanto por él. Cuando pasa por mi lado, me da en el brazo como diciendo: «Relájate, que no me pasa nada».

Lo veo alejarse con Basile para irse a comer juntos.

Me gustaría ser como Basile, o como Aquiles. No tener miedos, no odiar las etiquetas que me pueden poner por comer con Simon.

Ando al despacho de mi hermana, sabiendo que soy un cobarde; que nunca planté cara a mis demonios. Le digo a Amanda que Simon está bien y me siento frente a ella. Amanda me mira. Sabe que me pasa algo, pero no me hace hablar. Siente que nunca le diré nada. ¿Para qué forzarme o preguntar?

—Ya no soy una niña que tengas que proteger, Sayer —comenta sin mirarme—. Soy madre y he madurado mucho. Tal vez, antes de lo que debería. Pero ya no me tienes que cuidar hasta el punto de dejarme lejos de lo que te pase. Somos un equipo.

Nos miramos a los ojos y asiento.

—No sé cómo ser de otra forma.

—Tal vez es que no lo has intentado con suficiente fuerza. O tal vez no puedes. No me quiero ni imaginar lo que fue para ti crecer con tanto miedo por culpa de nuestro padre.

—Está olvidado. —Me remuevo inquieto.

—No lo está. Si lo estuvieras, lucharías por ser feliz y hace años que solo te conformas con vivir sin más. —No digo nada. Cierra el ordenador—. Nos vamos a comer. Me invitas. Quiero pizza. Busca algún sitio donde me pueda poner las botas y tú disfruta de tus comidas especiales para tu dieta.

Nos marchamos juntos y, aunque hablamos de otros temas, no dejo de dar vueltas a sus palabras; a si es cierto que solo sobrevivo sin saber cómo ser feliz. Como si tuviera miedo de que, para ser feliz, tuviera que mostrar mis vulnerabilidades más profundas.

***

Doy vueltas en mi cuarto, sabiendo que Simon está pared con pared, leyendo.

Y sé que está leyendo porque, tras irse Amanda a su cuarto y Sasha quedarse dormido, nos hemos ido cada uno a nuestras habitaciones.

Simon me ha dado las buenas noches con un libro en las manos.

Se va a tirar horas leyendo o se quedará dormido, como me ha dicho alguna vez.

Podría dejarlo pasar.

Dormirme…

Pero, desde que lo vi aplastado contra el vidrio protector, siento algo burbujear en mi pecho.

La culpa la tiene la imagen de Gin. Cuando la vi en ese vídeo, caerse y perder el conocimiento, sentí que me quedaba sin aire.

Siempre he sabido que el patinaje era peligroso o el hockey, pero no era consciente hasta qué punto.

Tal vez porque a mí esos golpes nunca me dolieron tanto como los que me daba mi padre. Esos me rasgaban el alma.

Al final, cansado de dar vueltas por la cama, salgo y voy hasta su cuarto.

No toco la puerta. Simon está leyendo con las gafas puestas y el pelo sobre las cejas.

Seguro que se lo ha estado tocando, nervioso.

Me empapo de su imagen, de lo que siento cuando lo tengo cerca.

No quiero darle voz, pero ahí está, latiendo con fuerza desde que lo vi la primera vez.

—¿Qué haces aquí?

—Tu cama es más cómoda. —Aparto la sábana y entro. Me pongo a su lado con el móvil.

—¿En serio, Sayer? —Noto la diversión en su pregunta.

—Solo he venido a ver el móvil.

—Estoy bien, Sayer. No me voy a morir asfixiado porque una costilla me ha perforado el pulmón y no lo han visto en las pruebas. —Lo miro, sin saber cómo ha intuido que me he rayado con eso—. Eres tonto por preocuparte tanto.

—Y tú por reírte de mí. Anda, lee y calla.

—Cómo te pone mandar. —Tarde, se da cuenta de que esas palabras no son acertadas cuando estamos en la cama solos.

Aparto la mirada y me centro en el móvil. Somos amigos. Solo amigos. Los amigos no follan.

Y esta noche solo quiero escucharlo respirar y saber que está bien, o no podré dormir en toda la noche, rayado en si tiene algo más grave y nadie lo ha visto. Odio que me conozca tan bien.

Y, a la vez, me tranquiliza no tener que explicar siempre qué quiero decir. Él lo sabe antes.

Al poco, me cuenta de qué va el libro. Yo oigo los spoilers , lo sabe y, por eso, me pregunta si sigue. Lo hace cuando le digo que sí. Me gusta cómo habla de los libros o de las películas que ve.

—Tiene buena pinta. Me cuentas el final y así no me lo leo.

—Eso no cuenta como lectura.

—Tal vez, no. ¿Qué tal con Basile y Aquiles?

—Bien, ahora tienen nuevas novias.

—Creo que me he perdido algo. —Se ríe y me encanta su risa ronca.

Me cuenta la historia hasta que bosteza.

—Me caigo de sueño. ¿Te vas a ir?

—No.

—Bueno, pues si me muero, me reanimas. —Se gira y apaga la luz—. Buenas noches, Sayer.

—Buenas noches, Simon.

Me preparo para dormir y, aunque la cama es grande, busco su mano y la cojo. Me da un apretón como diciendo: «Estoy bien».

Lo está, pero el miedo sigue ahí y solo se me pasa cuando lo escucho dormirse profundo y me convenzo de que está de verdad bien. No me voy a mi cama. Me gusta estar aquí y, por esta noche, no quiero pensar nada. Solo quiero estar a su lado y dejar de luchar todo el rato contracorriente.

No soy idiota para no saber que estoy enamorado de él… y eso me aterra.