Broken Ice Capítulo 24
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Capítulo 24

Simon

Sasha está pletórico, por tanta gente que ha venido a verlo. Mi madre ha hecho hasta pancartas. Cuando le dije que le comentara algo a Sasha, no esperaba tanto cariño, pero así son ellos. Conmigo eran así. Sayer está a mi lado para ver la función.

No nos hemos visto desde su confesión. Quise decirle «te quiero» y que le esperaría el tiempo que hiciera falta, pero tristemente he pasado por esto con otras parejas, con mi primer amor, y al final se hacen cómodos.

Para que podamos ser amigos y estar siempre juntos, tengo que renunciar a ser algo más que eso con él. Aunque me duela. Aunque ponga mi mano en el reposabrazos y nuestros dedos se toquen. Esas caricias son de amigos…, que hablan de algo más profundo que debería apagarse por el bien de los dos.

Su rodilla toca la mía cuando aparta la mano.

Odio que tuviera que pasar por lo de su padre.

No debió ser fácil para él, y más cuando se empezó a sentir atraído por hombres.

Seguro que veía a su padre pegándolo por no ser lo que esperaba de él.

No puedo ni imaginar lo que es crecer con miedo, pero entiendo cada vez más su deseo de que todo sea perfecto.

Siente que, si encuentra la perfección, no sufrirá.

Y, por eso, quiere casarse, tener hijos… Tener el hogar que nunca tuvo.

Como Sasha, queriendo llenar las carencias que le ha dejado un padre ausente.

Al acabar la obra, esperamos a que Sasha salga para aplaudir. Luego hay como un almuerzo en el patio. Muchos niños reconocen a Kerr y a Sayer, y se hacen fotos con ellos. Sasha, orgulloso, dice que Sayer es su tío.

—Te gusta mucho ese hombre. —Miro a mi madre. Estamos solos, bajo un árbol, y creí que nadie me veía devorarlo con la mirada.

—Es complicado.

—Bueno, le he visto mirarte. Una madre se da cuenta de cuándo a alguien le gusta su chico.

—No quiere nada conmigo, mamá.

—Vaya.

—Somos amigos.

—Bien, pero me gusta para ti. Si alguna vez pasa algo más, solo quiero que sepas que me gustáis juntos.

—No va a pasar. Y yo no puedo quedarme anclado esperando, merezco ser feliz.

—Sí, lo sé. —Sayer mira hacia donde estoy y, al ver que está mi madre, gira la cabeza—. Aunque no quiera, un día tendrá que tomar decisiones.

—Él no tuvo la suerte de tener unos padres como vosotros. —Mi madre me observa con tristeza.

—Y yo que temía no haberlo hecho siempre bien… A veces me invadía el miedo. Para mí, eres mi Simon, mi bebé. Me da igual a quién quieras, pero me aterra lo que la gente pueda hacerte por no tener la mente abierta. A veces, tal vez, he sido dura contigo.

—No lo has sido. Solo tenías miedo.

—Miedo de que la gente te pusiera solo una etiqueta de mierda y no viera que eres más que eso. Odio las etiquetas.

—Yo también.

—Porque eres mi chico y has salido a mí.

Para mi sorpresa, Sayer se nos acerca y se apoya en el árbol a mi lado.

—Me tienen agotado. —Sonríe con cariño al pensar en los niños—. No sé de dónde sacan tanta energía.

—Yo tampoco. Voy a por algo de beber. —Mi madre me guiña un ojo, disimulando; lo que viene siendo poco.

—Tu madre me mira como si me quisiera de yerno.

—¿Tú también te has dado cuenta?

—Es complicado no hacerlo.

A pesar de eso, parece relajado. No, como cuando nos conocimos, que odiaba que la gente pudiera sacar conclusiones. Lo triste es que todo esto me hace tener esperanza. Preguntarme si sería posible un nosotros. No, solo hablo con un amigo. Solo eso.

Me pierdo en sus ojos verdes hasta que Sayer se pone nervioso y se marcha. Y, por si tenía dudas, ahí se responde todo.

***

Celebrar la Navidad con mis padres es como volver a mi hogar. Hemos ido a casa de Kerr. Gin no podía venir, pero pronto estará de vuelta. Eso nos consuela a todos. Mi madre se me acerca, tras darnos los regalos.

—Este es tu hogar. —Miro a Sayer antes de contestar.

Está con Sasha, que le enseña sus nuevos juguetes.

—Sí.

—Tu padre y yo estamos planteándonos vender nuestra casa y, bueno, buscar algo aquí cerca. No mañana o pasado… Pero tú eres nuestro hogar. Allí no tenemos nada.

—Estaría bien.

Mi madre asiente más tranquila. Tal vez temía que yo no los quisiera cerca. Qué malos son los miedos.

Recojo algunas cosas y las llevo a la cocina. Siento a Sayer antes de que hable. Pone ante mí una caja de regalo.

—Espero que te guste.

Abro la caja en la encimera y veo que es una copia de la película que vimos juntos.

—Era muy mala.

—No me enteré de nada —admite—, pero siempre me recordará a ti.

—Sayer…

—Lo sé, lo sé… Soy un idiota…

Me giro y lo beso. No debería, va a doler, pero antes de que sigamos siendo solo amigos, deseo ser egoísta y besarlo yo. No esperar a que me bese, a que me quiera. A que no pueda aguantar las ganas.

El beso se nos va de las manos. Es una lucha de voluntades y, al final, gana él cuando me estampa contra el frigorífico y usa su cuerpo fornido para controlarme.

—Quiero follarte… —susurra en mi oído.

—Y yo quiero que me hagas el amor. —Nos miramos a los ojos. Traga con dificultad.

Se aparta.

—Tu regalo está bajo el árbol —le digo y me marcho a recoger los platos, temblando por su beso.

Se aleja y al poco me manda un mensaje con una foto de su mano y el regalo.

Sayer: ¿Qué posibilidades había de que no regaláramos lo mismo?

Simon: Muchas, supongo.

Te quiero.

Miro hacia la puerta de la cocina. Está ahí, con su chaqueta para irse. Bajo la mirada al móvil y escribo con el corazón encogido.

Y yo a ti, pero más me quiero a mí mismo.

Por eso te quiero tanto.

Los ojos se me llenan de lágrimas y lo veo irse, odiándolo y queriéndolo al mismo tiempo.