Capítulo 23
Simon
Mis padres llegan poco antes de Navidad, para ir al festival de Sasha. Cuando le escribí para decirle que Sasha estaba triste, no dudaron en darle cariño. Sabía que mis padres sabrían qué hacer, y aquí están. Abrazándome y preguntando por Sasha.
Han cogido un hotel cerca de la casa de Amanda. Sasha sale contento y se pone a saltar. Se ha peinado solo. Se me encoge el corazón al ver que es tan importante para él que mis padres lo quieran. Amanda los mira tímida, mientras mi madre abre los brazos y Sasha la abraza.
—Huele como siempre soñé que olería una abuela. —Mi madre se ríe.
—¿Y a qué huelo?
—A galletas. —Mi padre saca el túper de galletas.
—Te hemos traído, pero haremos más, si quieres.
—¡Claro que quiero!
Luego se lleva a mis padres para enseñarles todos sus juguetes. Amanda me mira emocionada y tiro de ella para abrazarla.
—Ojalá yo fuera suficiente para él, pero es normal que necesite más.
—Tiene suerte de tenernos a todos.
—Y yo.
La puerta se abre y aparece Sayer. Hablamos todos los días. Lo veo en el trabajo. Y, a pesar de todos mis intentos por olvidarlo, cuando lo miro, siento que tiemblo. Sobre todo, cuando me mira como si sintiera lo mismo que yo.
—¿Has quedado? —dice al ver mis ropas elegantes.
—He quedado con unos amigos del trabajo.
—Yo no voy porque no me apetece.
Sayer no dice nada. Solo asiente. Mis padres salen y Amanda les presenta a su hermano.
—Eres más guapo en persona. —Mi madre le da un abrazo—. ¿Te vas ya, hijo?
—Sí. —Cojo mi abrigo. Ellos sabían que me iba, pero insistieron en venir y Amanda les dijo que podían cenar aquí—. Pasadlo bien.
Doy un abrazo a Sasha y me marcho hasta la puerta. Sayer me sigue fuera. No hablamos de mis ligues, ni de los suyos. Tampoco la prensa. Al parecer, tras Blanca, no ha salido con nadie, a menos que sea secreto. Y si es secreto, lo mismo es otro hombre.
—¿Dónde has quedado?
—En casa de uno de ellos. Luego iremos a un pub nuevo.
Asiente y sé que se muere de celos. Yo también, cuando lo imagino con otros, pero eso no cambia nada.
Por eso abro la puerta del ascensor y lo siento tras de mí.
Pone su mano sobre la mía y me acaricia.
No dice nada. Los miedos le oprimen la garganta.
Yo solo quiero que me deje ir; que lo haga por los dos.
Soy débil con él. Si me pide que me quede, a pesar de todo, lo haré.
Me quedaría a su lado, siendo solo la parte de su vida que vive en la sombra.
—Pásalo bien. —Su voz es ronca. Le cuesta decir eso.
Tomo aire y me suelta. No respondo. No puedo. Tengo las lágrimas atascadas en la garganta porque odio esta vida que te pone ante ti alguien por quien vibras, pero debes seguir adelante sin él.
Sayer
Los padres de Simon son como deberían ser unos padres. Atentos, cariñosos y dulces. Mi hermana y Sasha los miran embelesados. Cuando Sasha se va a la cama, le cuentan un cuento, y Amanda y yo los miramos desde la puerta. Nunca tuvimos esto. La acerco a mí y beso su frente.
Salimos para darles intimidad.
—Me quedo a dormir aquí —digo y no sé bien por qué.
Bueno, sí lo sé. Lo sé muy bien. Quiero mirar a Simon y saber que, a pesar de todo, no hace nada con nadie porque no soy yo. Soy un egoísta.
Amanda va a decir algo, pero los padres de Simon salen y se despiden. Quedamos para ver la obra de teatro de Sasha. Cuando se van, Amanda me mira fijamente.
—Di lo que tengas que decir.
—No voy a comentar nada —responde—, porque, si lo hago, lo mismo te cierras en ti mismo, como siempre. Me voy a ir a la cama y, si Sasha necesita algo, te haces tú cargo.
Me da un beso y se marcha. Sé que mi hermana no es tonta, pero agradezco que lo haya dejado estar.
***
Es tarde cuando la puerta se abre y miro hacia ella, agitado. Cuando veo a Simon, me olvido de todo porque lleva la ceja partida y tiene sangre en la cara. Nuestras miradas se encuentran y siento como si alguien me quitara el aire de los pulmones.
—¿Qué ha pasado?
—Primero, no sé qué haces aquí… O sí. Eres un celoso de mierda que no me deja volar lejos de ti y tampoco me quieres para ti.
—Has bebido.
—Tal vez un poco, y segundo, no hagas ruido. No quiero que Sasha vea esto.
Asiento y vamos hasta su cuarto. Le digo que se siente y voy a por el botiquín. Luego lo curo, agitado, nervioso y asustado. Lo peor es que, mientras veo su sangre, recuerdo cada corte que me curé solo.
—¿Qué ha pasado?
—Sayer, estoy bien. —Acaricia mi mano—. Solo ha sido un puñetazo. El otro se quedó peor.
—Me alegro, pero no mereces que te peguen…
—No me pegaron por gay. Fue porque un idiota se propasó con una tía y le dije que la dejara en paz. Entonces, me cruzó la cara y, bueno, yo no me quedé corto.
—Ah… —Sonríe y acaricio su sonrisa—. No me gusta que sufras.
—Lo sé. Pero todo lo malo que crees que pasa, a veces solo está en tu cabeza.
Me he metido en más peleas por defender a Gin que porque me gusten los tíos…
Bueno, si no contamos las de mi infancia, pero hubiera dado igual, Sayer, la gente a veces solo usa lo que cree que te hace débil para hacerte daño.
Pero yo no siento que a quien ame me haga débil.
Asiento y lo miro perdido en sus ojos azules. Luego acaricio su pelo. Pone sus manos en mi cintura. Quiero besarlo. Perderme en él o solo abrazarlo.
—Mi padre me pegaba de niño —suelto y, por su cara, esto no lo esperaba—.
Nunca se lo he dicho a nadie, pero para él era un derroche de cosas malas.
Si no sacaba buenas notas, me pegaba; si no me comía todo, me pegaba…
Luego nació Amanda y, cuando se hizo mayor, fue dejando de hacerlo porque, a su vez, yo también me hice más alto y fuerte que él.
Entonces me dijo que, si no me ganaba la vida como él quería, me tendría que ir de casa.
—Y te fuiste.
—Sí, el hockey era mi refugio. Me apunté para que nadie notara los morados. Para que, si alguien los veía, pensara que eran por un deporte tan exigente y duro.
—Joder… —Me acaricia la cintura.
—En muchos aspectos sigo siendo ese niño aterrado. No sé salir de ese cuarto.
—Sayer…
—No te cuento esto para que dejes tu vida, porque yo no sé vivir como tú. Libre. Pero es para que entiendas que, si fuera más valiente, lucharía por ti.
—¿Y qué esperas que haga yo, tras saber esto?
—Ser mi amigo. Uno de los mejores.
—Pero…
Lo beso y es un beso triste, pero a la vez dice mucho. Lo quiero. Lo quiero tanto que no puedo ser egoísta.
—No puedo ser quien te mereces y querer serlo me hará daño. Pero sí puedo ser tu amigo.
Apoyo mi frente en la suya y acaricio su mejilla.
—Ojalá un día logres salir del sitio donde te pegaba.
—Ojalá.
Lo beso y me marcho. Cuando salgo al pasillo, Amanda está ahí llorando.
Sé que lo ha escuchado todo. No trato de ocultarme.
No puedo. Amanda me abraza y me dice que luche.
No sé cómo hacerlo. Y lo que le dije a Simon es cierto: obligarme a ser quien no soy solo nos haría daño a los dos.
Las marcas cicatrizaron en mi piel, pero las de mi alma siguen sangrando.