Capítulo 11
Simon
Debería haber ido a casa del camarero, que se llama H. No lo hice porque, cuando me planteé tener algo con él, no me apetecía. No sentía deseos de ningún tipo. Y todo por el capullo de Sayer. Por recordar sus manos y su boca.
Seguro que él no ha tenido reparos para irse con esa chica que no le atrae, pero alimenta su perfil de hombre hetero mujeriego. No niego que le gusten las mujeres, pero esa no. No le atrae nada.
¿Qué mierda hago aquí comiéndome la cabeza cuando podría estar follando con un hombre sexi?
Voy hasta la puerta de mi casa, abro y me encuentro a Sayer.
—¿Dónde ibas? —me pregunta con tono serio.
—Lo sabes perfectamente. ¿Y tú?
—No vas a ir a ningún lado. —Cierra la puerta y luego me coge la cara para besarme—. ¿Qué me haces? No puedo dejar de pensar en ti… No quiero esto.
Lo veo en sus ojos: estar dividido entre lo que desea y lo que le gustaría desear. Él quería estar con esa mujer, pero su cuerpo ha elegido otra cosa. Cuando me besa, sé lo que busca. Busca tener sexo, saciar su curiosidad y luego seguir con su vida.
Odio esto, pero me quedo, porque, cuando me besa, yo también quiero olvidarlo. Olvidar que su boca y su cuerpo me derriten y me hacen gelatina.
—Solo una noche —dice para dejar claras sus intenciones.
—Eso lo tenía claro antes de que abrieras tu bocaza.
—Pues mi bocaza bien que te la pone dura. —Pasa sus manos por mi polla—. No dejo de recordar tu cara al correrte.
Sus palabras no hacen más que endurecer mi miembro. Tira de los botones de mi camisa y yo de los suyos. Sus ojos verdes relucen. Le gusta este juego de poder. Por eso, cambio las tornas y soy yo quien pone la mano en su garganta y lo beso contra la pared.
Su lengua se enreda con la mía y me deja tener el control unos momentos, antes de hacerse cargo y besarme con hambre. Tirar de mi ropa y yo de la suya. Paso mis manos por su cuerpo. Ese que me vuelve loco, que aparece en mi mente una y otra vez cuando me masturbo.
—De rodillas. —Tira de mi pelo y lame mi boca—. Joder, te quiero de rodillas.
Me pongo de rodillas y le bajo el bóxer para ver cómo la serpiente abre los colmillos cerca de su polla.
—Eres igual de venenoso que ella.
—Siempre puedes parar.
Levanta mi cabeza y veo su miedo a que me detenga.
Lo oculta con rapidez, pero lo he visto.
En vez de pararme, cojo la polla con la mano y la llevo a mi boca.
Le doy un lametazo caliente y mojado, como a mí me gusta.
Es grande y gorda. No esperaba menos de él.
Joder, ahora será más complicado olvidarlo.
Lo miro. Con el pelo sobre los ojos, con esas puntas rubias por el sol.
Esa mirada verde clavada en mí. Sus músculos, tensos.
Se contraen sus abdominales cuando me meto la polla todo lo que puedo.
Maldice, y más cuando se la como con gula.
Lo deseo y, como a mí, le gusta que le follen con la boca con fuerza.
Centro mi atención en cada respiración, para saber qué le gusta más y qué no. No me gusta ser un amante egoísta en la cama. Odio a la gente que solo te usa sin pararse a pensar que no hay dos cuerpos iguales. Por eso, estoy cada vez más cansado del sexo casual. Ya no me llena.
Lo llevo al límite mientras los músculos de su torso se contraen. Nunca podré olvidar esto. Su cara de puro y agónico deseo.
Saca la polla de mi boca y me besa fuera de sí. Busca mi polla y me masturba mientras se saborea en mi boca.
—Dime que tienes condones y lubricante.
—En el aseo.
Gruñe. Seguro que molesto porque lo tenga, por si lo fuera a usar. No soy idiota para no ir siempre preparado. Sale del aseo poniéndose un condón. Luego me hace señas para que me ponga de espaldas en la cama.
Lo hago. Lo siguiente que noto es el lubricante de olor a menta por mi espalda hasta mi trasero.
—Te encanta la menta. —Juega con el lubricante en sus dedos—. Cuando la huelo, recuerdo tu boca. ¿Te pasa lo mismo?
—Calla y fóllame, a menos que quieras que piense que te importo. —Gruñe, como esperaba. Que piense tanto en mí solo me hará daño cuando se largue.
—Tienes un cuerpo… Joder…, no deberías gustarme tanto. —De nuevo esa angustia en su voz al temer no tener suficiente con una vez.
—Solo soy un cuerpo que quieres follarte —repito, como tantas veces me han dicho antes.
—No lo eres. Si así fuera, podría olvidarme de ti cuando salga por esa puerta… y dudo que lo haga. —Noto cómo la voz se le apaga porque, aunque no lo haga, aniquilará todos los recuerdos de lo que va a pasar aquí.
Toca mi trasero y me prepara para él. Lo hace con una mano mientras con la otra, mojada por el lubricante, me masturba.
Esto es demasiado. Y más cuando se me pone por detrás y entra en mí, acercando nuestros cuerpos.
Nuestras pieles se tocan. Tiemblo por el calor que desprende mientras siento cómo me abro a él.
Gruñimos juntos cuando entra del todo. Nos quedamos quietos y me besa en el hombro.
Su mano sube y baja por mi polla. Tengo los huevos tensos por la presión de sentirlo dentro. Sale y entra de mí con fuerza. Lo hace acompasando los movimientos de su mano.
—Sayer… —Gruño muy excitado.
Esto es muy bueno. Encajamos demasiado bien para ser solo un polvo que debo olvidar.
—Yo también me sé fijar en lo que te gusta. —Que se haya dado cuenta me calienta por dentro—. Me encantas —admite en un momento de debilidad.
Sale y entra más fuerte.
—Sayer… Joder…
Lo siento por todas partes. No deja de tocarme y de poseer mi cuerpo. Los besos que me da en la espalda, sumados a sus manos, hacen que no pueda más que dejarme ir. Noto cómo el orgasmo me recorre de los pies a la cabeza. Derramo mi semen en la cama mientras Sayer se corre dentro.
Me preparo para que se marche. Para que me aleje, para que se avergüence de mí… Duele y no ha empezado a buscar excusas para dejarme atrás, como un oscuro secreto.
—Vete —le digo, cuando sale de mí y va al aseo.
—No sin darme una ducha. Vamos. Hay que ahorrar agua.
—Sayer…
—No quiero irme. No, aún —admite y veo cómo traga con dificultad.
Paso por su lado y me revuelve el pelo. Luego nos duchamos entre bromas e idioteces. Me gusta este lado juguetón de él. Este lado que le hace parecer más joven. Mientras me cambio, lo dejo solo. Cuando regreso, únicamente lleva el bóxer. Ha arreglado la cama y me hace señas.
—Pon una de las pelis que tienes para los viajes.
—Con la condición de que no me metas mano. —Sonríe de medio lado.
Joder, en mi cama, medio desnudo y con esa sonrisa, podría hacer que me enamore de él. No quiero. No quiero sufrir. A pesar de eso, me subo a la cama solo con un pantalón deportivo y la tablet . La ponemos entre los dos para verla. Giro mi cuerpo en la almohada y él hace lo mismo.
—¿Por qué no puedes irte? —le digo tras un rato.
—Porque no quiero dejarte con la sensación de que no me importas, que solo te he usado.
—Sayer, sé lo que hay. Sé qué quieres, sé que en tu vida perfecta no entra alguien como yo, por tener pene. —No lo niega. Solo mira la película—. No me haces daño.
Tampoco dice nada. Se queda aquí, como el cabezón que es. Al final lo doy por perdido y me acabo por dormir. Cuando despierto, me ha tapado y hay una nota en la tablet que ha dejado sobre el escritorio:
Eres increíble. No dejes que nadie, y menos yo, te destroce.
Tu amigo, para siempre, Sayer.
Guardo la nota, agitado. Todo habría sido más fácil si se hubiera marchado.
Si solo me hubiera usado, si no se hubiera preocupado por mí.
Todo sería mejor para mi corazón si Sayer no me empezara a gustar más de lo que debería.
Releo ese «tu amigo, para siempre» mil veces, para ver si se me mete en la cabeza.
Si lo dejo…, me destrozará.