Broken Ice Capítulo 4
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Capítulo 4

Simon

Entro al cine para ver una película de autor. A Ginette no le gustan, pero a mí me encantan. Me relajan. Me gusta analizar la mente del director cuando está empezando, ver los matices de lo que será un día su gran obra.

Es como cuando alguien empieza a crear un lienzo y observas solo rayas o patrones sin sentido. Y, con el paso del tiempo, es una obra maestra y ya no queda nada de esos trazos mal hechos, pero esas líneas irregulares sirvieron para dar vida a algo más grande.

No somos nada sin esos primeros esbozos.

Por eso me gusta este tipo de cine independiente.

Busco dónde sentarme, con un cubo de palomitas gigante.

El chico del mostrador me miraba con una sonrisa y no supe reaccionar a tiempo.

Pedí el grande para largarme de ahí. Odio ser tan tímido, bloquearme ante la gente.

Por eso, la app de citas evita, a veces, este incómodo momento.

Cuando quedamos, ya tengo la confianza suficiente para dejarme llevar.

Hago una foto de las palomitas y se la mando a Gin. Hablamos hasta que siento a alguien sentarse cerca. Cuando alzo la cabeza, me quedo de piedra: es Sayer. Le hago una foto con disimulo, para Gin.

Aunque tras dar el trabajo a su hermana Amanda las cosas van un poco mejor con el equipo, cuando lo tengo delante siempre me quedo sin aliento.

Amanda es adorable. Gin y yo notamos la falta de amigos que tiene y hemos creado un grupo para los tres.

Cuanto más la conozco, más sé que la quiero en mi vida para siempre.

Por suerte, no es tan antipática como Sayer.

Cuando este se gira, intento que no note cómo de nervioso me pone. Odio cuando esto me sucede. Y, con este hombre, me pasa demasiado a menudo. Me da igual verlo con mujeres. Es mirarlo y sentir algo latir en mi pecho.

Algo raro, porque los hombres altos y fuertes siempre me han intimidado.

Sobre todo, cuando de pequeño, a pesar de aprender a defenderme, porque mis padres me apuntaron a clases de defensa personal, muchos de esos usaban su fuerza y su altura para tratarme como un saco de boxeo, solo porque su vida era una mierda y pensaban que hacerte daño a ti daría algún sentido a su existencia.

Superé todo eso, pero siempre queda algo. Algo anclado que te hace recordar que un día alguien alzó la mano contra ti, solo por existir.

Escribo a Gin para decirle que Sayer está aquí. Ella alucina, cómo no. Yo estoy tratando de encontrar palabras que decirle.

Sayer clava sus ojos verdes con motas doradas en mí. Lleva el pelo castaño por la frente, desordenado. Se acaba de quitar la gorra, que seguro llevaba para pasar desapercibido.

Es el hombre más sexi que he visto en mi vida. Y su mirada es afilada, como si no supiera si salir corriendo o quedarse.

—Siento lo de tu hermana. —Noto cómo me sonrojo.

Odio hacerlo, y es la primera vez que estoy a solas con Sayer para pedirle perdón.

Aunque hemos viajado juntos, siempre había mucha gente cerca y siento que debo pedirle perdón—.

No sabíamos que le quitarían el puesto. —Muerdo mi labio y su mirada va hacia ese movimiento.

Se me acelera el corazón. Es la misma mirada que he visto estos días un segundo y que no he comprendido—.

Tu hermana es una persona increíble. Al igual que Sasha.

Al final me dejará sin caramelos —bromeo, sin que esto le haga sonreír o bajar la guardia.

Qué hombre más serio. Tras pensarlo, asiente, como aceptando mis disculpas. Bueno, algo es algo.

No digo más y leo los mensajes de Gin. Me dice que comparta con él las palomitas.

Le digo que mejor me las como solo y salgo rodando.

Dudo que pueda comer con él cerca. Dice que lo grabe para la app.

Ni de coña, le respondo. Sayer se levanta y se acerca.

Se sienta a mi lado. Madre mía. Estoy agotado, nervioso y es tan grande que parezco pequeño a su lado, y eso que mido casi uno noventa.

Pero no soy jugador de hockey y mi cuerpo no está lleno de músculos.

Le digo a Gin que se ha sentado a mi lado y me dice que disfrute.

—¿Quieres? —Sayer asiente y mete la mano en las palomitas.

Yo también, pero no me entra nada.

—¿Te gustan este tipo de películas? —me pregunta. Somos los únicos en la sala.

—Sí, mucho. Es como ver la creación de una estrella. —Las luces se apagan y saco mis gafas.

Uso lentillas, pero no siempre. Solo las uso para leer y, a veces, para ver de lejos.

Sayer me mira con las gafas puestas de una forma intensa. Todo en él es intenso. Lo he visto jugar y tiene un juego fuerte, agresivo y cargado de decisión. Es todo lo que yo no soy.

—Te quedan bien. —Se me detiene un instante el corazón antes de latir con fuerza.

—Gracias.

Lo miro, es como si fuera otra persona diferente a la que he estado viendo estas semanas. Como si lo viera por primera vez.

Mete la mano en el cubo. La película empieza y no sé cómo comer palomitas con el nudo que tengo en la garganta. Y más, cuando mi mano se roza con la de Sayer y siento un cosquilleo.

Por lo que sabemos de él por las redes, se le ha visto con muchas mujeres guapas.

He sido testigo de ello. Muy guapas, atractivas, altas y de las que piden guerra.

No se le ha relacionado con un solo hombre y no hay una sola mención a que haya tenido esa inclinación sexual.

Por eso, sabemos que es hetero, o eso pensaba hasta que me roza la mano y no, no lo hace sin querer.

Joder, es bisexual y mi cerebro acaba de cortocircuitar. Todas las miradas que vi cobran sentido. No lo soñé. Le atraigo.

Si necesito más confirmación, de nuevo me acaricia y siento que ardo. Joder, este hombre me pone a mil y no esperaba… Joder, no esperaba que yo pudiera atraerle.

—¿Te gusta lo que estás viendo? —Mira la película.

—La verdad es que esperaba otra cosa —admito.

—Bueno, aún queda mucha película —responde divertido.

—Sí, pero no me gusta el hilo conductor de la historia. Está dejando de lado temas más importantes.

—Eso sí. —Sayer mira serio la pantalla y luego mete la mano a buscar palomitas.

Los músculos de su brazo se tensan. Joder, este hombre está demasiado bueno para mi paz mental y, hasta hace unos minutos, era babear por él en secreto, pero ahora que su mano roza la mía y he sentido sus miradas ladeadas, ya no parece tan imposible que yo le pueda atraer.

—Entonces, ¿qué películas te gustan? —Apoya la cabeza en el respaldo y me mira a la espera de que hable.

Sayer no es tonto, sabe qué efecto causa en la gente. Sabe que esa mirada ladeada y esa media sonrisa no son inmunes para alguien como yo. Y es como si aquí hubiera bajado sus escudos y dejado de fingir ante mí.

O tal vez solo está siendo amable.

—Tengo unas cuantas. —Sonríe y noto cómo se le marcan más los hoyuelos.

¡Madre mía!

Dejo las palomitas en el suelo y saco un caramelo de menta. Le tiendo uno y lo acepta. Lo veo chupar el dulce y él a mí. He salido con suficientes hombres para saber cuándo hay una atracción sexual fuerte y aquí hay fuego.

Tomo aire y le hablo de mis películas favoritas. Lo mejor es que coincidimos en varias. Apoyo mi cabeza en el respaldo. Estamos muy cerca. Joder, de cerca es más impresionante. Su mirada me hace arder y, como hable, seguro que no digo nada coherente.

Pone su mano en mi cuello y luego acerca su boca a la mía.

Me da espacio, tiempo para que lo rechace.

Podría hacerlo, sé cómo son los hombres como él; son de los que besan y luego piden disculpas o te miran arrepentidos.

Algunos solo quieren probar. Saber qué se siente.

Estoy harto de hombres así, pero es Sayer.

¡Sayer! Desde que lo vi la primera vez, me sentí atraído por un hombre que pensaba tenía vetado y ahora su aliento acaricia los contornos de mi boca.

Ya hemos derretido el dulce, pero el olor a menta está ahí.

Me tienta, prometiéndome un beso de los que marcan, de los que dejan huella para siempre.

No me aparto, aunque una voz en mi cabeza me dice que salga corriendo.

No lo hago y siento cómo acerca su boca a la mía, y me besa.

No es un beso dulce. No, es un beso demoledor.

De esos que te hacen gemir a los pocos segundos.

Sayer me besa por la atracción, el peligro y el momento.

Nada más. Este beso solo habla de sexo. No habla de promesas. Así me han dado cientos.

El problema es que besarlo no es como besar a nadie.

Me hace delirar y me transporta lejos de aquí. A un mundo donde solo estamos los dos.

Joder, esto es demasiado bueno.

Tira de mi pelo y yo del suyo. Me encanta sentir sus hebras castañas doradas en mis dedos. Huele a perfume caro y a ropa limpia. Cuando pasa su brazo por mi costado, noto cómo tiemblo. Mete la mano bajo mi camiseta. Estoy temblando y solo nos estamos besando.

Nos liamos con exigencias. Su lengua se adentra en mi boca, me exige la mía. Domina cada parte de mí. Ahora mismo soy un sumiso entre sus brazos. No me gusta llevar el control y siento que Sayer sabe lo que hace. Sabe qué hacer para que me sienta bien.

Demasiado bien.

No dejamos de liarnos. De tocarnos. Cuando siento su mano en la goma de mi bóxer, pienso que va a tocarme ahí. Y lo deseo. Mi polla presiona contra mis vaqueros. Esto no está bien. Estamos en un sitio público. El problema es que no podemos parar.

Pero la película sí puede detenerse.

Las luces se encienden y Sayer es consciente de golpe de todo.

Se aparta con miedo, asustado y asqueado por dejarse llevar.

—Tranquilo. —Cojo mis cosas—. Sé cómo va este juego: no digas nada a nadie.

Yo no quería besarte. No cuentes nada a tu mejor amiga.

Será para siempre nuestro puto secreto. —Espero que diga algo, que lo niegue, que me diga que no.

Que no es así—. Nos vemos, Sayer. Nadie sabrá que, por un momento, te sentiste seducido por mí.

Salgo y me marcho a casa, agitado. Nervioso y odiando que esta historia se repita una y otra vez. Sí, lo sabía, y me dejé llevar. Podría no haberlo hecho, pero quería saber qué sentía al besarlo. Es mi culpa por no haber aprendido nada en todos estos años.

Cuando llego a casa, no cuento nada a Gin. Nunca lo hago, porque muchos de mis ligues son con hombres que no quieren que el mundo sepa que estuvieron ahí, conmigo.

Soy ese hombre de usar y tirar que cada vez está más roto por dentro, por esto.