Brody, millonario y protector (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 3) 26
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Bella

—Fuiste extremadamente irresponsable, Isabella. ¿Tienes idea de lo que nos has hecho pasar a tu padre y a mí?

Mi madre lo dijo con esa voz calmada suya, afilada como un cuchillo, mirándome fijamente desde la silla donde se había sentado frente a mí, en la elegante sala de estar de Viktor.

Solté el aire despacio y miré por encima de su hombro hacia los enormes ventanales que daban al jardín impecable de la casa. Llevaba veinte minutos oyendo las mismas acusaciones, y sinceramente ya no me quedaban fuerzas para discutir una y otra vez lo mismo.

—Lo sé, mamá —respondí en voz baja, evitando su mirada fría y decepcionada—. Y ya te he pedido perdón. Pero entenderás que no estaba pensando con claridad.

Mi madre dejó escapar un pequeño bufido elegante y tomó un sorbo de su taza de té.

—Está claro que no estabas pensando en absoluto, Isabella. ¿Sabes lo que podría haber hecho Viktor si no hubieras recapaacitado y vuelto por tu cuenta? ¿Lo que podría habernos hecho a nosotros?

Fruncí un poco el ceño y apreté los labios para no decirle lo que de verdad pensaba.

Que si ella y papá no se hubieran empeñado en vender mi futuro para salvar sus propios problemas, ninguno de nosotros estaría en esa situación.

Pero ya daba igual.

Había tomado mi decisión.

Y ahora me tocaba cargar con ella.

—¿De verdad entiendes lo grave que fue lo que hiciste? —insistió mi madre, frustrada por mi silencio.

—Lo entiendo perfectamente —respondí, manteniendo la voz serena aunque el corazón me golpeara con fuerza en el pecho—. Y lo siento, de verdad. Ahora solo queda mirar hacia delante y esperar que Viktor decida perdonar todo esto.

Mi madre asintió, algo más calmada, y dejó la taza sobre la mesa con un pequeño tintineo.

—Espero que así sea, Isabella. Por tu bien y por el nuestro. No siempre tendrás tanta suerte, hija mía. Tienes que aprender a aceptar tu vida, aunque no sea exactamente la que soñaste.

La miré a los ojos con firmeza, intentando esconder el dolor que me causaban aquellas palabras.

—Supongo que ya la he aceptado.

Ella asintió con cierta satisfacción, como si por fin hubiera oído exactamente lo que quería.

—Bien. En ese caso, voy a dejarte descansar. Tienes un aspecto terrible. Deberías intentar dormir un poco. Viktor querrá verte en la cena. Haz el favor de presentarte como es debido.

—Lo haré —respondí con suavidad, controlando como pude el temblor de las manos.

Cuando se levantó y salió de la habitación, respiré hondo, sintiendo cómo la ansiedad volvía a cerrarse sobre mí, asfixiante. Me puse en pie y caminé despacio hasta la ventana, buscando un poco de aire, un poco de calma.

Y entonces lo vi.

Un coche negro acababa de aparcar frente a la entrada principal y la puerta del conductor se abrió lentamente.

Mi corazón dio un vuelco salvaje al reconocer de inmediato la figura alta y segura de Brody saliendo del vehículo.

No podía ser.

—Brody... —susurré con angustia, viendo cómo avanzaba con decisión hacia la puerta principal.

¿Qué demonios hacía allí?

¿Es que no entendía que se estaba metiendo de lleno en la boca del lobo?

Me giré sin pensarlo y eché a correr hacia la entrada. Abrí la puerta con tanta prisa que casi tropecé en el umbral.

Él ya estaba cerca, cruzando el camino de piedra hacia mí, con esa expresión seria y decidida que me hizo temblar todavía más.

—¡Brody! —exclamé, bajando los escalones deprisa en su dirección—. ¿Qué haces aquí? Tienes que irte, no puedes...

Pero antes de que pudiera llegar hasta él, la voz fría de Viktor sonó detrás de mí y me cortó en seco.

—Bella, entra ahora mismo.

Me giré despacio y lo vi acercarse con pasos firmes. Su expresión era implacable. Sus ojos, duros como el acero, se clavaron en mí antes de pasar a Brody.

—Brody McRae —pronunció despacio, saboreando cada sílaba de su nombre—. Admito que hace falta valor para presentarte aquí después de lo que has hecho.

Brody se detuvo a pocos pasos de mí, pero no me miró. Toda su atención estaba clavada en Viktor, en una tensión tan evidente que parecía cortar el aire.

—He venido porque tenemos asuntos importantes que tratar, Bellucci —respondió con firmeza—. Creo que sabes perfectamente de qué estoy hablando.

Sentí cómo me temblaban las piernas al oír su tono. No entendía bien qué estaba pasando, pero sí sabía una cosa.

Nada bueno podía salir de aquello.

Viktor ladeó un poco la cabeza y una sonrisa fría, casi burlona, empezó a dibujársele en los labios.

—Interesante. ¿Asuntos importantes? ¿De verdad crees que estás en posición de exigirme o negociarme nada después de lo que hiciste?

Brody ni pestañeó. Se mantuvo quieto, seguro, sosteniéndole la mirada como si no le tuviera miedo en absoluto.

—Sí, lo creo —dijo con tranquilidad—. Porque tengo algo que te interesa bastante más que tu ego herido.

Vi cómo Viktor se tensaba apenas un poco, aunque intentara disimularlo.

—Muy bien —aceptó al final con frialdad—. Entonces será mejor que entremos y hablemos con calma.

Brody asintió y avanzó hacia la entrada sin apenas mirarme.

Yo los seguí en silencio, con el corazón completamente desbocado y una chispa de esperanza naciendo, muy a mi pesar, dentro del pecho.

¿Qué demonios estaba pasando?

¿Tenía Brody algo con lo que plantarle cara a Viktor?

¿Algo relacionado con la información que había en mi móvil?

Intenté mantener la cabeza fría mientras cerraba la puerta tras de mí y observaba cómo Viktor guiaba a Brody hacia su despacho privado.

La incertidumbre me devoraba por dentro. No quería ilusionarme, era demasiado peligroso permitirme algo así, pero no podía evitar sentir esa pequeña ráfaga de esperanza.

Me abracé a mí misma y me quedé mirando la puerta cerrada del despacho.

Y mientras lo hacía, no pude dejar de pensar en lo mucho que Brody estaba arriesgando al venir hasta allí.

Solo sabía una cosa.

Tenía que hacer lo que fuera necesario para mantenerlo a salvo, pasara lo que pasara en esa reunión.

Porque si a Brody le ocurría algo, jamás podría perdonármelo.