24
Bella
El corazón me latía tan deprisa que llegué a pensar que en cualquier momento iba a salírseme del pecho.
Respiré hondo varias veces, intentando controlar el temblor de las manos mientras caminaba por el sendero de tierra, alejándome de la casa donde Brody seguía dormido, ajeno a todo lo que estaba pasando.
Se me cerró la garganta al pensar en él. En lo que habíamos compartido la noche anterior. En el calor de sus brazos. En esa sonrisa suave que me había dedicado justo antes de quedarse dormido.
Pero tenía que hacerlo.
No podía permitir que él y su familia pagaran por mi culpa.
No sería capaz de vivir con eso.
Al final había tomado una decisión.
Y por mucho que doliera, iba a cumplirla.
Con un suspiro tembloroso saqué del bolsillo del abrigo el teléfono que Brody me había dado el primer día. Tenía que hacerlo ya. Rápido. Antes de perder el valor.
Con dedos torpes marqué el número que Viktor me había obligado a memorizar meses atrás.
Solo sonó una vez.
A la primera, su voz fría e impaciente resonó en mi oído.
—¿Sí?
Tragué saliva con fuerza, sujetando el teléfono como si pudiera desmoronarme en cualquier momento.
—Soy yo —dije en voz baja, casi en un susurro.
Se hizo un silencio tenso al otro lado.
Cuando volvió a hablar, la voz de Viktor sonaba áspera, helada, cargada de amenaza.
—¿Dónde estás?
Inspiré hondo, cerrando los ojos un segundo antes de responder.
—Te mando mi ubicación.
Colgué en el acto y le envié la ubicación desde ese mismo móvil.
Me quedé quieta al borde del camino, temblando en la madrugada fría y húmeda, con el teléfono apretado entre los dedos y los latidos golpeándome con fuerza dentro del pecho.
Ya estaba hecho.
No había vuelta atrás.
Pasaron horas.
Cada minuto se me hizo eterno.
El amanecer empezó a teñir el cielo de tonos rosados y dorados cuando escuché a lo lejos el motor de un coche acercándose. Inspiré profundamente, intentando controlar el nudo de ansiedad que amenazaba con asfixiarme mientras veía aparecer el vehículo negro.
Dos hombres de Viktor bajaron sin decir una palabra. Uno de ellos me abrió la puerta trasera con gesto seco, sin apenas mirarme.
Subí en silencio.
Sabía perfectamente adónde me llevaban.
Durante todo el trayecto hasta Manhattan nadie habló. Me limité a mirar por la ventanilla, apretando tanto las manos sobre el regazo que los nudillos se me pusieron blancos.
Intenté repetirme una y otra vez que estaba haciendo lo correcto.
Que aquello era lo que tocaba.
Que era la única manera.
Cuando llegamos a la mansión de Viktor, el hombre que iba de copiloto me abrió la puerta. Bajé despacio y lo seguí hasta el interior, en dirección al despacho privado.
Al entrar me lo encontré de pie junto a la enorme ventana que dominaba la ciudad, dándome la espalda. Iba impecable, como siempre, con uno de sus trajes oscuros y esa postura rígida, controlada, tensa.
Sin girarse todavía, habló con una voz fría cargada de tensión.
—¿Tienes siquiera idea de lo que has hecho, Isabella?
Cerré los ojos un instante antes de responder con toda la calma de la que fui capaz.
—He hecho lo que tenía que hacer, Viktor.
Entonces se volvió despacio y clavó en mí aquellos ojos oscuros.
Había rabia. Frustración. Y algo mucho más peligroso latiendo debajo de su expresión aparentemente impenetrable.
—¿Creías que podías huir de mí y olvidarte del compromiso que adquiriste? —Su voz era fría, cortante—. ¿De verdad pensaste que eso no tendría consecuencias?
Apreté los labios, intentando ocultar el miedo que me recorría por dentro.
Tenía que mantenerme firme.
Por Brody. Por su familia.
—Viktor, escúchame —dije, obligándome a controlar el temblor de la voz—. Me casaré contigo. Esta vez no intentaré escapar. Pero solo si dejas a los McRae fuera de esto. Ellos no tienen nada que ver. Déjalos en paz.
La sonrisa que le apareció en la boca me heló la sangre.
—No estás en posición de negociar, Bella.
—Sí lo estoy —respondí, reuniendo toda la firmeza que me quedaba y alzando un poco la barbilla—. Si les haces daño a los McRae, volveré a escaparme. Y si intentas impedirlo, te juro que antes prefiero morirme a estar contigo. Y si me muero, perderás lo único que realmente quieres. Poseerme.
El silencio que cayó en el despacho fue tenso, afilado, insoportable.
Viktor me miraba fijamente, como si estuviera valorando si hablaba en serio o solo intentaba provocarlo.
—No me pongas a prueba, Isabella —susurró al final, avanzando despacio hacia mí, con una amenaza latente en los ojos—. No te conviene jugar conmigo.
—No estoy jugando, Viktor. —Me mantuve firme, sosteniéndole la mirada con toda la fuerza que me quedaba—. Es mi única condición. La aceptas y me tendrás. Si no, no me tendrás nunca.
Vi cómo cerraba lentamente los puños a ambos lados del cuerpo.
La tensión en la habitación se volvió casi insoportable.
Pasaron unos segundos eternos hasta que al final asintió con rigidez. Cuando volvió a hablar, su voz fue aún más fría. Más dura.
—Muy bien, Isabella. Acepto tus términos. Pero ten mucho cuidado con romper tu palabra otra vez. Porque entonces te prometo que no habrá lugar en este mundo donde puedas esconderte de mí.
Me sostuvo la mirada un instante más, cargado de advertencia, antes de darse la vuelta bruscamente y volver junto a la ventana.
Yo me quedé quieta, con el corazón latiéndome con fuerza dentro del pecho.
Sabía perfectamente que Viktor cumpliría su amenaza si volvía a intentarlo.
Pero también sabía que había conseguido lo único que me importaba en ese momento.
Proteger a Brody y a su familia.
Aunque para hacerlo tuviera que entregar mi propia libertad.