Brody, millonario y protector (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 3) 23
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Brody

Después de colgar a Ewan me quedé un momento plantado en medio del salón, intentando digerir toda la mierda que acababa de soltarme mi hermano.

Viktor nos estaba cerrando el cerco y jugaba más sucio que nunca.

Esas fotos enviadas directamente a mis hermanos, dejándoles claro que sabía perfectamente cómo llegar a nosotros y cómo hacernos daño, no eran solo una amenaza. Eran una declaración de guerra.

Joder.

Respiré hondo, intentando mantener la calma, aunque por dentro sentía el pecho a punto de estallarme. Tenía que protegerlos a todos. A Ewan, a Liam, a Connor. Y ahora también a Genny y a Liza.

Y, sobre todo, a Bella.

Fuera como fuera.

Volví despacio a la habitación, todavía dándole vueltas a todo, intentando encontrar una solución, y entonces me di cuenta de que Bella estaba despierta.

Me miraba en silencio, sentada en medio de la cama, con la luz tenue de la lámpara dibujándole el rostro y los ojos demasiado abiertos, como si llevara rato atrapada en sus propios pensamientos.

—¿Te he despertado? —pregunté, acercándome despacio.

Negó con la cabeza.

Se quedó mirándome unos segundos más, como si quisiera grabarse mi cara en la memoria.

—¿Va todo bien, Brody?

Abrí la boca para contestar, pero no llegué a hacerlo.

Bella se incorporó de golpe y me besó.

Fue un beso hambriento, desesperado, casi doloroso.

No uno de esos besos lentos con los que solía tantearme, sino uno urgente, lleno de una necesidad feroz que me golpeó de lleno.

Sus dedos se hundieron en mi nuca, reteniéndome, como si no quisiera dejarme escapar nunca más.

Como si quisiera arrancarme el aliento y quedárselo.

Gemí contra su boca y la sujeté por la cintura, sorprendido por la intensidad con la que se movía sobre mí.

Bella no me dio tiempo a pensar. Me empujó hacia atrás hasta hacerme caer sobre el colchón y se colocó a horcajadas sobre mis caderas.

El pelo oscuro le caía sobre los hombros desnudos, enmarcando un rostro precioso y tenso a la vez, con los labios hinchados y la respiración cada vez más agitada.

Había algo distinto en ella.

Algo más profundo.

Más triste.

Pero entonces sus manos bajaron entre nosotros y cualquier pensamiento coherente desapareció de mi cabeza.

Me quitó los bóxers despacio, con una mezcla rara de suavidad y urgencia, como si quisiera saborear cada segundo y al mismo tiempo temiera que el tiempo se le acabara. Cuando me liberó, noté cómo su mirada bajaba hacia mí. La forma en que me observó, mordiéndose el labio, me arrancó un jadeo ronco.

Después se llevó las manos al borde de la camiseta con la que dormía y se la quitó despacio por encima de la cabeza.

Contuve la respiración.

Desnuda, sentada sobre mí, bañada por aquella luz tenue, Bella era una visión capaz de destruir a cualquier hombre. La curva de sus pechos, la suavidad de su vientre, la forma en que sus muslos se abrían a ambos lados de mis caderas... todo en ella era tan jodidamente hermoso que dolía mirarla.

—Eres preciosa —susurré, con la voz más grave de lo normal—. ¿Lo sabes, verdad?

Bella sonrió un poco, pero no fue una sonrisa del todo feliz. Había una tristeza rara en el fondo de sus ojos. Algo quebrado que me apretó el pecho sin que supiera por qué.

—Solo quiero olvidarme de todo esta noche.

Y me besó de nuevo.

Esta vez más despacio. Más profundo.

Como si quisiera memorizarme también con la boca.

Mis manos recorrieron su espalda desnuda, bajando por la curva de la cintura hasta apretarla contra mí.

La sentí estremecerse y el pequeño gemido que se le escapó me volvió loco.

Bella empezó a moverse sobre mi cuerpo con una lentitud casi insoportable, rozándose contra mi polla de una forma deliberada, íntima, tortuosa.

Como si estuviera provocando el incendio y quisiera arder dentro de él.

—Bella... —gruñí, sujetándole las caderas.

Ella me apartó las manos con dulzura y negó un poco con la cabeza, como si quisiera hacerlo a su manera. Como si necesitara tener el control, aunque solo fuera por esa vez.

Entonces bajó la mano entre nuestros cuerpos, cogió mi erección y la guio hasta ella.

El aire se me quedó atascado en los pulmones cuando empezó a hundirse lentamente sobre mí.

—Joder... —se me escapó, dejando caer la cabeza hacia atrás.

Bella cerró los ojos, y de sus labios salió un gemido tembloroso, roto, casi ahogado, mientras me recibía centímetro a centímetro.

Sus uñas se clavaron en mi pecho. Su frente cayó contra la mía.

Y durante un segundo sentí que aquello era mucho más que deseo.

Que había algo desesperado en la forma en que se aferraba a mí, en cómo su cuerpo parecía agarrarse al mío.

Cuando por fin estuvo completamente sentada sobre mí, se quedó quieta un instante, respirando de forma entrecortada, con los labios rozando los míos.

Y entonces empezó a moverse.

Lento al principio, con un vaivén profundo y húmedo que me hizo perder la razón casi al instante.

Cada vez que bajaba sobre mí, cada vez que volvía a elevarse con un gemido sofocado, sentía que me arrancaba algo por dentro.

Bella escondió la cara en mi cuello, besándome allí, mordiéndome la piel, como si quisiera dejar una marca que durara más que la noche.

La sujeté con fuerza por las caderas, acompañando el ritmo, incapaz de hacer otra cosa que entregarme a ella. A la forma en que temblaba. A cómo pronunciaba mi nombre en susurros rotos. A cómo su cuerpo entero parecía pedir más, aunque su corazón estuviera a punto de romperse.

—Mírame —le pedí en voz baja, alzándole suavemente la barbilla.

Bella levantó los ojos hacia mí y lo que vi me golpeó de lleno.

Deseo, sí.

Amor, también.

Pero había algo más.

Una despedida tan silenciosa que no supe reconocerla, aunque me atravesó igualmente.

La besé con fuerza, volcándome sobre ella, rodando hasta dejarla debajo de mí entre las sábanas. Quería estar más cerca. Quería borrar aquella sombra de su mirada, aunque no entendiera de dónde venía.

Entré en ella otra vez con una embestida lenta y profunda, arrancándole un gemido más alto.

Bella arqueó la espalda, aferrándose a mis hombros, y empecé a moverme con un ritmo cada vez más firme, más hambriento, más necesitado.

El sonido húmedo de nuestros cuerpos llenó la habitación, mezclándose con nuestras respiraciones rotas y con sus pequeños jadeos, que cada vez sonaban menos contenidos.

—Así... —susurró ella, casi suplicando—. No pares, Brody... por favor...

Aquello me desarmó.

Hundí la cara en su cuello mientras seguía embistiéndola, besándole la piel, lamiendo el sabor salado que le dejaba el sudor, sintiendo cómo sus piernas me rodeaban la cintura para llevarme todavía más adentro.

Bella me recibía como si quisiera fundirse conmigo.

Como si intentara guardar dentro de sí cada roce, cada empuje, cada gemido, cada segundo compartido.

Subí una mano entre nuestros cuerpos y acaricié donde más la hacía estremecerse. Bella se tensó al instante, soltando un jadeo quebrado, casi un sollozo, y supe que estaba al límite.

—Brody... —mi nombre salió de su boca como una plegaria rota.

La besé para tragármelo, para ahogar cualquier pregunta, cualquier sombra.

Seguí moviéndome dentro de ella, duro, profundo, sin darle tregua, hasta que Bella se quebró entre mis brazos con un gemido ahogado y el cuerpo temblándole entero.

La sentí apretarse alrededor de mí, húmeda, caliente, desesperada, y ese fue mi final también.

Me corrí con un gruñido ronco, enterrando la cara en su cuello mientras el cuerpo se me sacudía sobre el suyo.

Durante unos segundos no existió nada más que el sonido de nuestras respiraciones intentando acompasarse.

Después levanté un poco la cabeza para mirarla.

Bella tenía los ojos brillantes.

Demasiado brillantes.

Le aparté un mechón pegado a la mejilla y le besé la frente.

—Eh —murmuré, todavía intentando recuperar el aliento—. ¿Qué pasa?

Negó enseguida, forzando una pequeña sonrisa mientras me acariciaba la cara con una ternura que me desarmó del todo.

—Nada —susurró—. Solo abrázame.

Y yo la abracé sin saber que, para ella, aquello no había sido solo hacer el amor.

***

Desperté despacio, todavía con la sensación cálida del cuerpo de Bella pegado al mío, y una sonrisa idiota se me instaló en la boca al recordar la noche anterior.

Giré la cabeza sobre la almohada, dispuesto a mirarla, con ganas de volver a abrazarla y robarle unos minutos más a aquella paz que solo encontraba a su lado.

Pero Bella no estaba.

Fruncí el ceño y me incorporé en la cama.

Miré alrededor, confundido. Quizá había ido al baño. O a la cocina.

Sin embargo, algo en mi pecho se tensó de golpe.

Me levanté rápido, me puse los boxers a toda prisa y avancé descalzo hasta el salón. Cuando entré, lo encontré vacío. Silencioso.

Un escalofrío desagradable me recorrió la espalda.

—¿Bella? —llamé en voz alta, aunque ya sospechaba la respuesta.

Nada.

Silencio.

Entonces la vi.

Sobre la pequeña mesa del salón había una hoja doblada con mi nombre escrito en una caligrafía delicada.

Me acerqué deprisa, cogí la nota y la desdoblé con dedos torpes mientras empezaba a leer.

Brody,

Siento muchísimo hacer esto así, pero es lo mejor para todos. He decidido volver con Viktor. No me busques, por favor. Es lo mejor para todos. No quiero ponerte a ti y a tu familia más en peligro.

Gracias por estos últimos instantes de libertad. Me diste más felicidad en unos días que en toda mi vida.

Cuídate mucho.

Siempre tuya,

Bella.

Me quedé inmóvil, sin aire, mirando aquellas palabras sin terminar de creérmelas. El dolor en el pecho fue tan repentino, tan brutal, que tuve que apoyarme en el borde de la mesa para no caer.

—Joder, Bella —susurré, lleno de rabia y desesperación—. ¿Qué coño has hecho?

Entonces todo encajó.

La urgencia extraña de la noche anterior. La forma desesperada en que me había besado. Cómo me había mirado, como si quisiera grabarme en la memoria.

Era evidente.

Bella había escuchado mi conversación con Ewan y había tomado una decisión tan drástica como desesperada para protegernos.

Pero no podía permitirlo.

No así.

No con ella entregándose otra vez a ese monstruo por nosotros. Por mí.

Cerré los ojos con fuerza, notando cómo la frustración, la rabia y la impotencia me iban consumiendo por dentro.

No pensaba dejar que aquello terminara así.

Ni de coña.

Iba a recuperarla, aunque eso significara enfrentarme de una vez a Viktor Bellucci.

Apreté los puños, cogí aire y me obligué a pensar rápido.

Lo que estaba claro era que Bella todavía no había entendido hasta dónde estaba dispuesto a llegar por ella.

Pero se lo iba a demostrar.