21
Brody
La besé otra vez y esta vez ya no hubo nada suave en ello.
Bella abrió la boca para mí con un jadeo pequeño, y aproveché ese sonido para profundizar el beso, saboreándola despacio al principio y con mucha menos paciencia un segundo después.
Su lengua se enredó con la mía y noté cómo todo su cuerpo se arqueaba hacia mí, como si ya no pudiera seguir fingiendo calma.
Yo tampoco.
La apreté contra el colchón con una mano en la cintura y la otra deslizándose por debajo de la camiseta del pijama. Su piel estaba caliente, suave, y cada vez que mis dedos descubrían un tramo nuevo de su cuerpo, ella temblaba como si la chispa le saltara por dentro.
—Brody... —jadeó contra mi boca.
La forma en que dijo mi nombre me golpeó directamente en el vientre.
Le subí la camiseta despacio, besándole los labios entre cada gesto, dándole espacio para apartarme si quería.
No lo hizo.
Al contrario.
Se incorporó lo justo para ayudarme a quitársela y volvió a tumbarse mirándome con la respiración agitada y las mejillas ardiendo.
Estaba preciosa.
Demasiado.
Bajé la boca por su cuello, la clavícula, el nacimiento del pecho, mientras una de mis manos seguía explorándole la cintura, la curva de la cadera, el borde del pantalón del pijama. Noté cómo contenía el aliento cuando mis dedos se detuvieron ahí.
—Dime que pare y paro —murmuré.
Negó con la cabeza al instante.
—No pares.
Eso fue todo lo que necesité.
Le bajé el pantalón despacio, besando la piel que iba descubriendo, y Bella soltó un gemido bajo, tembloroso, que me hizo apretar la mandíbula.
Cuando volvió a buscarme la boca ya no quedaba nada tímido entre nosotros.
Me besó con hambre, con una urgencia que me volvió completamente loco.
Su mano se coló bajo la cinturilla de mis bóxers y al tocarme tuve que separar la frente de la suya solo para respirar.
—Joder, Bella...
Ella soltó una risa nerviosa, casi satisfecha, y volvió a acariciarme, rodeando mi polla con los dedos, esta vez con algo más de seguridad.
El calor de su mano, la torpeza dulce del gesto mientras subía y bajaba, el modo en que me miraba como si todavía no terminara de creerse que me tenía así. .. todo me estaba rompiendo.
Yo deslicé la mano entre sus muslos. En cuanto metí un dedo entre sus pliegues y acaricié su clítoris, Bella cerró los ojos y dejó escapar un jadeo roto. La sentí caliente, húmeda, ya preparada para mí, y esa certeza me nubló la cabeza.
—Mírame —le pedí.
Lo hizo, mordiéndose el labio.
Seguí acariciándola despacio, disfrutando de cada reacción, de cómo se le tensaba el vientre, de cómo separaba más las piernas, de cómo mi nombre empezaba a escapársele de la boca con una necesidad que ya no sabía esconder.
No quise ir deprisa. Quise verla perder el control poco a poco, sentir cómo se me deshacía entre las manos.
—Así... —susurró, moviéndose contra mí.
—Lo sé.
La toqué con más presión, marcándole un ritmo firme que la hizo jadear más alto. Bella dejó de tocarme para aferrarse a mi hombro y a las sábanas, buscando algo a lo que sujetarse mientras su respiración se volvía cada vez más irregular.
—Brody, por favor...
Me incliné para besarla justo mientras seguía tocándola, tragándome sus gemidos, dejando que la tensión creciera entre los dos hasta hacerla estremecerse entera.
Podría haberla llevado al límite entonces, y los dos lo sabíamos, pero me detuve un segundo, solo uno, lo suficiente para verla abrir los ojos con frustración.
—No seas malo —murmuró.
Sonreí contra su boca.
—No sabes lo difícil que me lo estás poniendo.
Volví a bajar la mano entre sus piernas y esta vez no aflojé. La noté tensarse, perder el aire, apretarse contra mí con una desesperación preciosa.
—Dime lo que quieres.
Bella abrió los ojos, brillantes, deshecha, con el pecho subiendo y bajando a toda velocidad.
—Quiero que me hagas tuya —susurró con la voz temblorosa—. Ahora.
Aquello terminó de romperme.
Me quité los bóxers con una torpeza poco digna, demasiado pendiente de ella, del calor de su cuerpo, de cómo me miraba. Bella me acarició cuando volví a colocarme entre sus piernas y tuve que cerrar los ojos un segundo para no perder del todo la cabeza.
Le separé suavemente los muslos y me incliné para besarla otra vez, más lento, más profundo, intentando regalarme un último segundo de control antes de desaparecer dentro de ella.
Y fue justo entonces cuando caí en la cuenta.
Me quedé quieto.
Bella frunció un poco el ceño, todavía sin aire.
—¿Qué pasa?
Apoyé la frente en la suya y maldije en voz baja.
—Joder... no llevo condones.
La confusión apenas duró un instante en sus ojos. Enseguida dio paso a una urgencia nerviosa.
—Brody...
—Lo digo en serio. —Me obligué a apartarme lo justo para mirarla bien—. No pensé que pudiera darse esta situación.
Ella me sostuvo la mirada unos segundos, todavía jadeante.
—Tomo la píldora. Y estoy limpia —añadió más despacio—. No pasa nada.
Aun así dudé.
No porque no la deseara.
Precisamente por todo lo contrario.
—No quiero que mañana pienses que debimos parar.
Bella me acarició la cara, todavía con la respiración temblándole un poco.
—Si no quisiera, te lo diría.
—Bella...
—Te lo diría.
Hubo algo en la firmeza suave de su voz que terminó de desarmarme.
La besé otra vez, esta vez casi con reverencia, como si me estuviera entregando algo mucho más grande que permiso.
—Mírame —le pedí, con la voz áspera.
Lo hizo.
Y cuando por fin entré en ella, lo hice despacio, sintiendo cómo los dos perdíamos el aire a la vez.
Joder.
Estaba caliente, apretada, y la sensación de hundirme en ella sin nada entre los dos me nubló la cabeza por completo. Me quedé quieto un segundo, mordiéndome un gemido, intentando no precipitarme.
—Brody... —susurró, clavándome las uñas en los hombros.
Me moví otra vez, lento al principio, dándole tiempo, aunque cada fibra de mi cuerpo me pedía más. Bella arqueó la espalda y me rodeó con las piernas, arrastrándome más adentro, y eso terminó de matarme.
Empecé a empujar con más ritmo.
La cama crujió suavemente bajo nosotros.
Su respiración se mezcló con la mía, con los sonidos húmedos de nuestros cuerpos, con los gemidos que ya ninguno de los dos intentaba contener.
Cada vez que entraba en ella, Bella soltaba mi nombre como si le doliera y le gustara al mismo tiempo.
Yo la besaba, le mordía suave el cuello, la agarraba más fuerte de la cadera, buscando un ritmo que la hiciera perderse del todo.
Cuando bajé una mano entre nosotros y la toqué otra vez, se deshizo.
La sentí tensarse, temblar, romperse con un gemido que me atravesó entero.
Verla así, abierta, sin defensas, apretándose alrededor de mí mientras se corría, me arrastró detrás de ella casi al instante.
Me corrí con un sonido bajo, hundiendo la cara en su cuello, sujetándola como si no quisiera caer solo.
Después no nos movimos.
Solo respiramos, con el corazón desbocado y el cuerpo todavía sacudiéndose a pequeños intervalos.
Bella me acarició la nuca. Yo le besé el hombro, incapaz de apartarme.
—Creo que acabamos de encontrar una buena razón para luchar por salir de esto juntos.
Apreté un poco más los brazos a su alrededor y le besé la frente.
—Estoy completamente de acuerdo. Ahora tenemos un buen motivo para que todo salga bien.
Ella sonrió y cerró los ojos, acomodándose entre mis brazos.
La abracé entonces, tirando de ella hasta dejarla pegada a mi pecho, con las piernas todavía enredadas bajo las sábanas y el calor de su piel metiéndoseme dentro como una promesa demasiado peligrosa.
Y allí, con ella temblando aún entre mis brazos y el cuerpo satisfecho pero el pecho hecho un nudo, entendí que el amor no pide permiso para colarse por las grietas, derribar muros y obligarte a replanteártelo todo.
Bella ya no se iba.
Y yo estaba decidido a no soltarla nunca más.