Brody, millonario y protector (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 3) 20
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Brody

Después de recoger las tazas y apagar las luces del salón, comprobé una última vez que puertas y ventanas estuvieran bien cerradas. Bella me siguió en silencio por el pasillo estrecho donde estaban las dos habitaciones pequeñas de la casa.

Me detuve frente a la primera y me giré hacia ella con cierta incertidumbre.

—Hay dos habitaciones. Puedes quedarte aquí y yo dormiré en la otra.

Bella vaciló un instante y clavó en mí esos ojos oscuros, grandes, dulces, llenos de una vulnerabilidad que me apretó algo por dentro.

—¿Te importaría si dormimos juntos esta noche? —preguntó en voz baja, algo insegura—. Sé que suena tonto, pero ahora mismo no me apetece estar sola.

La miré en silencio unos segundos, sintiendo cómo se me formaba un nudo cálido en el pecho.

—Claro que no me importa —respondí al final, acariciándole el brazo—. La verdad es que a mí tampoco me apetece demasiado estar solo ahora.

Entramos despacio en la habitación, bañada por una luz plateada que entraba por la ventana. Bella se acercó a la mochila que habíamos subido del coche para buscar algo cómodo con lo que dormir, mientras yo me quitaba la ropa hasta quedarme en bóxers.

—Siento no haber traído pijama —comenté, intentando sonar ligero.

Bella alzó la cabeza y sonrió un poco, aunque no se me escapó cómo sus ojos me recorrieron el cuerpo antes de volver a mi cara.

—No pasa nada. Creo que podré superarlo.

Su sonrisa tenía un punto travieso que me hizo apretar la mandíbula un segundo. Sacó de la mochila uno de los pijamas suaves y holgados que yo mismo le había comprado y se lo llevó al pecho.

Aparté la mirada mientras se cambiaba para darle intimidad. Pero cuando terminó y se acercó a la cama, no pude evitar mirarla otra vez.

Estaba preciosa.

Delicada, suave, vulnerable, con aquella ropa sencilla y el pelo oscuro cayéndole suelto sobre los hombros, iluminado por la claridad tenue de la luna.

Nos metimos juntos en la cama y nos acomodamos despacio bajo las sábanas frescas. El silencio se instaló entre nosotros, cálido y extraño, hasta que su voz lo rompió.

—Brody, siento muchísimo haberte metido en todo esto —susurró, claramente apenada—. Por mi culpa tu vida entera se ha complicado. Tu trabajo, tus hermanos... Y ahora mi vida en Inglaterra tendrá que esperar.

Me giré hacia ella y le observé la cara con ternura.

—Eh, no digas eso —murmuré, acariciándole la mejilla—. Yo decidí ayudarte. Nadie me obligó a nada. Y lo de Inglaterra... bueno, ya veremos. Siempre hay tiempo.

Bella soltó el aire despacio y se acercó un poco más a mí mientras me estudiaba con ojos serios.

—¿Crees que sería más fácil salir del país desde un aeropuerto pequeño?

Guardé silencio un momento, valorando lo que iba a decirle.

Mi corazón latía demasiado rápido cuando al final me atreví a hacer la pregunta que llevaba horas dándome vueltas en la cabeza.

—Bella, si hubiera una manera de que pudieras quedarte... ¿te gustaría hacerlo?

Noté cómo se le cortaba el aliento.

—¿Quedarme? ¿En Nueva York? —preguntó sorprendida—. ¿Crees que eso sería posible?

Me encogí ligeramente de hombros y le busqué la mano bajo las sábanas.

—Ahora que Viktor ya sabe quién soy, no creo que irte solucione del todo el problema. Estoy metido hasta el cuello contigo y eso no va a cambiar. Pero si conseguimos hacer algo con la información que tienes sobre él... puede que haya una forma. Si la hubiera, ¿te quedarías?

Esta vez no dudó.

Sus ojos brillaron en la penumbra cuando asintió.

—Sí. Joder, claro que sí. Podría volver a la escuela, seguir siendo maestra, tener a mis niños cerca, quedar con Sue... Y tú...

Algo dentro de mí se aflojó al oírla.

—Entonces tendremos que conseguirlo —susurré.

Bella sonrió un poco más. Las mejillas se le habían teñido de rosa y eso me remató.

—¿Crees que podría quedarme también con Regaliz? —preguntó con una sonrisa llena de esperanza—. Le he cogido muchísimo cariño.

Solté una risa baja y negué con la cabeza.

—Eso tendría que negociarlo con mi cuñada. Genny es bastante posesiva con sus gatos.

—Bueno, supongo que podríamos compartirlo —dijo riéndose por lo bajo—.

Pero sobre todo me encantaría quedarme y poder salir contigo a cenar, ir al cine.

.. Me gustaría que nos conociéramos, si tú también quieres, claro.

Sé que no hemos hablado de lo que pasó anoche.

Pero para mí fue algo más que un polvo casual.

Si pudiera quedarme en Nueva York y tú me dejaras…

me gustaría ser una chica normal preparada para enamorarse de ti.

Aquellas palabras me dieron de lleno en el pecho.

Alargué la mano y aparté con suavidad un mechón de pelo oscuro de su cara.

—Yo quiero lo mismo, Bella —dije con firmeza—. Encontraremos la forma de que eso sea posible. Esta noche, cuando noté que te habías ido de mi habitación, sentí un vacío que no había sentido nunca. Algo en mí me dice que tú eres esa ella de la que hablan todas esas canciones de amor.

Bella se quedó mirándome en silencio. Respiraba poco a poco, como si intentara contener todo lo que sentía, y tenía los ojos brillantes.

Luego se acercó despacio, cerrando el espacio entre nosotros, hasta rozarme los labios.

La besé con ternura y en ese beso desaparecieron de golpe las dudas, el miedo, el peligro y todo lo demás.

Porque en ese momento tuve claro dónde quería estar.

Y era justo allí, en aquella cama, con ella entre mis brazos.