18
Brody
—¡Bella, cálmate! ¡Cálmate! Soy yo —dije con voz firme, intentando sonar tranquilizador al mismo tiempo.
Ella alzó la mirada, aterrada.
Tardó unos segundos en reconocerme y sentí con claridad cómo le temblaba todo el cuerpo entre mis manos.
—¿Brody? ¿Qué...? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo...? —tartamudeó, mirándome atónita—. ¿Cómo has pasado el control de seguridad?
—Ahora no hay tiempo para explicaciones. Confía en mí, ¿vale? Tenemos que salir de aquí ya.
Asintió deprisa, respirando agitada, con los ojos brillantes de puro terror.
Le sujeté la mano con firmeza y echamos a correr juntos por el aeropuerto.
Notaba cómo Bella luchaba por seguir mi ritmo, pero sabía que no podíamos permitirnos bajar la velocidad. Cruzamos una zona abarrotada de pasajeros que nos miraban con curiosidad y desconcierto.
Eché un vistazo rápido por encima del hombro.
Y entonces lo vi.
El hombre de negro avanzaba entre la multitud buscándonos con la cara tensa de rabia.
Joder.
Teníamos que desaparecer cuanto antes.
—Por aquí —dije, tirando de Bella hacia una pequeña tienda de souvenirs.
—¿Qué...? ¿Qué vamos a hacer? —preguntó ella, jadeando.
—Seguir corriendo.
Atravesamos la tienda a toda velocidad, esquivando estantes llenos de recuerdos y turistas que nos lanzaban miradas sorprendidas.
Salimos por otra puerta que conectaba con una cafetería llena de gente y aproveché el gentío para mezclarnos un instante con ellos antes de girar hacia una zona más lateral.
Mi cabeza iba demasiado deprisa.
Necesitábamos un sitio seguro. Aunque solo fuera por unos minutos. Lo suficiente para perderle la pista.
Entonces la vi.
Una puerta blanca, discreta, con un cartel indicando que era un baño accesible.
No dudé.
Tiré de Bella hacia allí, abrí rápido y la empujé dentro antes de cerrar tras nosotros.
La estancia era pequeña, iluminada por una luz fría y tenue.
Bella se apoyó en la pared, respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando demasiado deprisa. Me giré hacia ella intentando controlar mi propia respiración mientras observaba cómo seguía temblando de pies a cabeza.
—Bella, mírame. Estás a salvo, ¿me oyes? —dije en voz baja, acercándome despacio para tomarle la cara entre las manos—. Aquí estás segura.
Sus ojos, enormes y llenos de miedo, se clavaron en los míos.
Poco a poco, la desesperación empezó a dar paso al alivio.
—Brody... —susurró con la voz rota—. Él... él me ha encontrado. Viktor...
—No, no lo ha hecho. ¿Me oyes? —repetí con firmeza—. No voy a dejar que te haga daño. Vamos a solucionarlo, ¿vale?
Asintió despacio, todavía intentando calmarse, mientras yo seguía sosteniéndole el rostro con cuidado.
Y en ese instante supe que jamás permitiría que Viktor Bellucci volviera a ponerle un dedo encima.
Costara lo que costara.
Bella seguía respirando deprisa, con la confusión todavía clavada en los ojos.
Sabía lo que iba a preguntarme antes incluso de que abriera la boca.
—Brody... espera. ¿Qué demonios haces aquí? ¿Cómo has pasado el control de seguridad?
Solté un suspiro y me froté la mandíbula con incomodidad.
Había llegado el momento de confesarlo.
—Cuando te dejé en la cola del control no fui capaz de marcharme —admití al fin—. Compré un billete cualquiera para poder entrar contigo y asegurarme de que subías al avión sin problemas.
Parpadeó despacio, procesándolo.
—¿Compraste un vuelo solo para asegurarte de que yo embarcara?
Asentí.
—Exactamente. No te lo dije porque pensé que no tenía sentido complicar más las cosas.
Solo quería vigilar desde lejos, verte embarcar y asegurarme de que estabas a salvo.
Pero entonces vi al hombre vestido de negro.
Vi cómo chocaba contigo y cómo luego empezaba a seguirte —expliqué, notando cómo se me tensaba la mandíbula al recordarlo—.
Supe enseguida que era alguien de Viktor.
No podía quedarme mirando. Esperaba no tener que intervenir, pero en cuanto vi lo que estaba pasando tuve que moverme.
Y por suerte tenía pensado un plan B por si algo salía mal.
Bella tragó saliva.
—Entonces ya no puedo coger ese vuelo.
Negué lentamente.
—Sería demasiado peligroso intentarlo ahora. Tenemos que salir de aquí cuanto antes.
Su expresión se ensombreció todavía más.
—¿Volvemos al castillo, entonces?
—No podemos —respondí sin rodeos—. Seguramente los hombres de Viktor ya me han identificado. Puede que a estas alturas sepan perfectamente quién soy. Y eso significa que el castillo ya no es seguro para ninguno de los dos.
La realidad cayó entre nosotros con una fuerza demoledora.
Pero no me arrepentía de nada.
La idea de dejarla marcharse sola sin asegurarme al cien por cien de que subía a ese avión sana y salva me había resultado insoportable.
Por eso, casi sin pensarlo, compré aquel billete absurdo.
Un vuelo que no tenía intención de coger, pero que me permitiría entrar con ella y vigilarla desde lejos.
Y al final había sido la decisión correcta.
Porque si no hubiera estado allí, si no hubiera visto a aquel hombre siguiéndola con esa determinación, ahora mismo Viktor Bellucci ya habría puesto las manos sobre ella.
Y eso era algo que yo no iba a permitir jamás.
Que Viktor tuviera vigilancia en el aeropuerto era una opción, pero deseaba a toda costa que no fuera así.
Una lástima.
Bella dio un paso hacia mí y me sacó de mis pensamientos al deslizar su mano dentro de la mía.
—Gracias, Brody —dijo en voz baja—. Por estar aquí, por venir a por mí... por todo.
Le devolví la presión de los dedos y respiré hondo sin apartar la vista de sus ojos.
—Siempre, Bella. Pero ahora tenemos que movernos rápido —dije con determinación—. ¿Estás preparada para correr una vez más?
Asintió, con los ojos brillando.
—Contigo, estoy preparada para lo que haga falta.
Solté un suspiro largo antes de sacar el móvil del bolsillo, todavía con los dedos algo torpes por la tensión acumulada.
Bella me observaba expectante, pegada a la pared del baño, aún con el susto metido en el cuerpo.
—Tengo que llamar a Liam —le dije—. Ya estaba prevenido por si algo así pasaba. Tenemos un conocido en el aeropuerto.
Abrió los ojos con sorpresa, pero asintió sin hacer preguntas.
Marqué el número de Liam y él contestó casi al instante.
—¿Brody?
—Sí. Ha habido problemas, nos han descubierto. Bella está conmigo. Dile a tu hombre que necesitamos salir ahora mismo.
Hubo una pausa brevísima y luego la voz calmada de mi hermano.
—Dame dos minutos. No os mováis de donde estáis.
Colgué y miré a Bella intentando transmitirle calma.
—Ya está hecho. Vamos a salir de aquí enseguida.
Ella soltó un poco el aire, aliviada.
Durante esos minutos interminables, el silencio entre nosotros se volvió denso, cargado de tensión. No pude evitar acercarme un poco más y tomarle la mano entre las mías.
Necesitaba que supiera que no iba a dejar que le pasara nada.
Finalmente el móvil vibró en mi mano.
Era un mensaje de Liam.
LIAM
Puerta E17. Mi conocido ya os espera.
—Ya está —dije con decisión, apretando la mano de Bella—. Vámonos.
Abrí la puerta despacio y miré a ambos lados del pasillo para asegurarme de que estuviera despejado. Después empezamos a caminar deprisa, intentando pasar inadvertidos entre los viajeros que llenaban la terminal.
Mis ojos iban fijos al frente, buscando la señalización de las puertas.
Cuando por fin localicé la E17, aceleré todavía más el paso.
Junto a la puerta, un hombre uniformado del personal del aeropuerto nos observó con discreción y nos hizo una pequeña señal para que lo siguiéramos.
Sin decir palabra, abrió rápido una puerta marcada con Solo personal autorizado y nos coló dentro de un pasillo estrecho, silencioso y vacío.
—Seguidme. Rápido —dijo con una voz firme.
Recorrimos aquel laberinto de pasillos internos sin cruzarnos con nadie.
Bella caminaba muy pegada a mí, apretándome la mano con fuerza mientras avanzábamos.
Al final del recorrido, una puerta metálica se abrió hacia una plataforma de carga exterior.
Allí nos esperaba un coche oscuro con el motor en marcha y las puertas traseras abiertas.
—Subid deprisa —ordenó—. Este coche os sacará de aquí ahora mismo.
Le di un apretón rápido de agradecimiento antes de empujar con suavidad a Bella hacia el interior.
En cuanto entramos, las puertas se cerraron de golpe y el coche arrancó al instante.
Las ventanas estaban tintadas, ocultándonos por completo del exterior, pero aun así ambos nos agachamos por reflejo en el asiento trasero.
No queríamos correr ningún riesgo.
Si todavía quedaban hombres de Viktor Bellucci rondando por el aeropuerto, no podían vernos.
Bella me miró con los ojos brillantes, llenos de emoción contenida.
Yo asentí despacio, intentando darle la seguridad que necesitaba con desesperación.
Íbamos a estar bien.
Y ya no había vuelta atrás.