17
Bella
Desperté cuando apenas había amanecido.
Durante unos segundos me quedé quieta, desorientada, con la calidez de unas sábanas que no eran las mías pegada a la piel y el cuerpo todavía lento, satisfecho, extrañamente ligero.
Entonces recordé dónde estaba.
Y con quién.
Giré un poco la cabeza y lo vi.
Brody seguía dormido, boca arriba, con una mano descansando sobre el colchón y el pelo oscuro revuelto contra la almohada.
Tenía el rostro relajado, sin la tensión que casi siempre llevaba encima, y por un instante me permití mirarlo sin prisa.
Como si pudiera guardar aquella imagen en algún sitio seguro y llevármela conmigo.
Porque iba a irme.
Y aquel momento, tan bonito que casi dolía, no iba a repetirse.
Tragué saliva.
Luego me moví con cuidado para no despertarlo.
Recogí del suelo la ropa que me había quitado la noche anterior y me vestí despacio, todavía notando en la piel el rastro de sus manos, el calor de su boca, la forma en que me había mirado como si yo fuera algo precioso.
Antes de salir, volví la vista una última vez hacia la cama.
Brody seguía dormido.
Tan ajeno a todo lo que estaba a punto de pasar que se me apretó algo dentro del pecho.
Cerré la puerta con suavidad y crucé el pasillo de puntillas hasta mi habitación, con el corazón latiéndome raro. No acelerado. No exactamente.
Solo... lleno.
En cuanto entré, Regaliz levantó la cabeza desde la cama y soltó un maullido suave, ofendido y cariñoso a la vez.
Me agaché para rascarle detrás de las orejas.
—Hola, pequeño —le susurré—. Sí, ya sé. Anoche te abandoné de una forma escandalosa.
El gato ronroneó, traicionando cualquier intento de reproche.
Sonreí a mi pesar.
Después empecé a recoger mis pocas cosas.
No tardé mucho. Tampoco tenía gran cosa que guardar. La ropa que Brody me había conseguido. Los productos que me había comprado. Cuatro detalles improvisados para una huida que en cualquier momento iba a dejar de parecer temporal para convertirse en mi nueva vida.
Mi nueva vida.
Chiara.
El nombre me atravesó la cabeza con una punzada extraña.
Metí la última camiseta en la bolsa y me quedé quieta un segundo, mirando alrededor del apartamento.
Aquel lugar había sido mi refugio.
Un escondite absurdo dentro de un castillo en Manhattan.
El único sitio en semanas donde había podido respirar sin sentirme vigilada.
Y Brody...
Solté el aire despacio.
Nunca habría imaginado que algo así pudiera pasarme justo en medio del caos. Ni que, cuando todo estaba a punto de romperse, fuera a encontrar algo tan real.
Porque lo de la noche anterior había sido real.
Algo de verdad.
Me senté en el borde de la cama y miré a Regaliz, que se había acomodado sobre la colcha como si nada en el mundo pudiera alterarlo.
—Te voy a echar de menos —le dije bajito—. A ti también.
La palabra también se me quedó flotando dentro.
A ti también.
A Brody también.
A mi escuela.
A Sue.
A mis niños.
A la vida que se suponía que era mía.
Inspiré hondo, cerré la cremallera de la maleta y me obligué a no pensar más de la cuenta.
No podía permitírmelo.
Lo único que tenía que hacer era llegar al aeropuerto, subir a un avión y desaparecer.
Así de fácil.
Así de imposible.
***
A las cinco en punto llamaron a la puerta.
Di un pequeño respingo.
Había pasado horas intentando mantener la cabeza ocupada, pero en cuanto oí aquellos nudillos suaves golpeando la madera, toda la calma fingida se me vino abajo de golpe.
Caminé hacia la puerta con la garganta seca.
Tomé aire.
Abrí.
Y allí estaba él.
Brody me observó en silencio durante un segundo.
Había algo tenso en su postura. Algo controlado. Pero cuando nuestras miradas se encontraron, su expresión se suavizó y me regaló una sonrisa pequeña que me aflojó el pecho y me lo apretó al mismo tiempo.
—¿Lista? —preguntó.
Asentí despacio.
No hablé enseguida porque tenía la sensación ridícula de que, si abría la boca demasiado pronto, iba a decir algo inconveniente. Algo honesto. Algo de lo que después no habría vuelta atrás.
Él tampoco mencionó nada de la noche anterior.
Pero estaba ahí.
En la forma en que me miraba.
En la forma en que yo no podía dejar de mirarlo a él.
En ese silencio cargado que ya no resultaba incómodo, sino íntimo.
Había cambiado algo entre nosotros.
Y los dos lo sabíamos.
—Estoy preparada —dije al fin.
Llevaba la peluca corta y negra que habían conseguido para mí, además de unas gafas de sol demasiado grandes que ocultaban media cara.
Brody inclinó un poco la cabeza, estudiándome.
—Estás muy diferente así.
—¿Para bien o para mal?
Una sombra de sonrisa le rozó la boca.
—Lo importante es que parezca convincente.
Solté una exhalación que casi fue una risa.
—Espero que lo sea. Aunque algo me dice que nunca debí plantearme una carrera como espía.
Él me miró muy serio.
—Bella, los hombres de Viktor siguen vigilando el castillo —dijo—. Hay un coche esperando junto a una de las puertas secundarias, lejos de la entrada principal. Creo que podremos salir sin que nadie te vea, pero necesito que hagas exactamente lo que te diga.
Mi estómago se tensó.
—Vale.
—Cuando lleguemos al coche, te meterás detrás y tendrás que ir tumbada. Voy a cubrirte para que no puedan verte. ¿Podrás aguantarlo?
Asentí enseguida.
—Sí. Lo que haga falta.
Me sostuvo la mirada un instante más.
Como si quisiera asegurarse de que no iba a romperme delante de él.
—Bien. Vamos.
Caminamos juntos por los pasillos del castillo en silencio.
Yo llevaba la pequeña maleta agarrada con tanta fuerza que empezaban a dolerme los dedos. Brody avanzaba a mi lado atento a cada esquina, a cada sonido, a cada sombra. La tensión se le notaba en el cuerpo entero.
No iba relajado.
Iba preparado.
Llegamos a una puerta discreta en la parte trasera del castillo, alejada de la entrada principal. Brody abrió con sumo cuidado, miró primero hacia fuera y solo entonces me hizo un gesto para que saliera.
El coche nos esperaba donde había dicho.
Oscuro. Con los cristales tintados. Lo bastante anodino como para no llamar la atención y lo bastante cerrado como para esconderme.
—Rápido —murmuró.
Abrió la puerta trasera y yo me colé dentro sin discutir. Me tumbé en el asiento y, un segundo después, noté cómo me cubría con un abrigo grueso y oscuro que olía a él.
A limpio.
A madera.
A Brody.
Mi corazón latía tan fuerte que me parecía imposible que no se oyera desde fuera.
Escuché la puerta cerrarse. Luego el movimiento del asiento delantero cuando él se puso al volante.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—Sí —mentí.
El motor arrancó con suavidad.
Cerré los ojos debajo de la tela, agarrándome al forro del abrigo como si eso pudiera sostenerme.
El trayecto empezó despacio.
Demasiado despacio.
Cada giro me parecía eterno. Cada segundo se estiraba hasta hacerse insoportable.
Y cuando el coche se detuvo, supe al instante que habíamos llegado a la salida.
Oí voces amortiguadas al otro lado.
Masculinas.
Tensas.
Se me heló la sangre.
—Buenas tardes, señor McRae —dijo una voz con acento italiano. ¿Un hombre de Víktor?—. ¿Va a salir?
—Sí. Tengo recados qué hacer—respondió Brody con una calma que me pareció inhumana—. ¿Hay algún problema?
Silencio.
Yo estaba conteniendo la respiración de una forma tan salvaje que empezaba a marearme.
—No. Disculpe las molestias. Puede pasar.
—Gracias.
La voz de Brody sonó seca. Controlada.
El coche volvió a ponerse en marcha.
No solté el aire hasta que noté que acelerábamos de verdad y dejábamos atrás el castillo.
Atrás.
Lo estábamos dejando atrás.
—Ya está —dijo él desde delante, más suave esta vez—. Ha salido bien.
Cerré los ojos con más fuerza y por fin respiré.
Todavía nos quedaba el aeropuerto.
Pero durante unos segundos me permití sentir algo parecido al alivio.
Había conseguido salir de Dunbrae.
***
Llegamos al aeropuerto antes de lo que esperaba.
Cuando por fin me incorporé en el asiento trasero, el cuerpo me pesaba como si hubiera pasado horas escapando en vez de ir escondida bajo un abrigo. Miré por la ventanilla las cristaleras inmensas, la gente entrando y saliendo, el movimiento constante de maletas, taxis y despedidas.
La vida normal de los demás.
Qué cosa tan obscena.
Brody aparcó cerca de salidas internacionales y se giró hacia mí.
Tenía una sonrisa leve en la boca, pero en los ojos llevaba otra cosa.
Algo triste.
—Ya estamos aquí —dijo.
Asentí.
La garganta se me había cerrado tanto que ni siquiera estaba segura de poder responder sin romperme.
Bajamos del coche y él rodeó el vehículo para abrirme la puerta, como si incluso entonces, en medio del desastre, todavía le quedara espacio para ser así de considerado.
Cogí la maleta.
Eché a andar a su lado.
Entramos en el aeropuerto en silencio.
A nuestro alrededor todo el mundo parecía tener clarísimo adónde iba. Yo también, en teoría.
Inglaterra.
Una nueva identidad.
Una vida prestada.
Pero mis pies pesaban como si cada paso me estuviera arrancando algo.
Brody me acompañó hasta la zona previa al control de seguridad. Allí nos detuvimos.
Nos miramos.
Y por un momento el ruido del aeropuerto desapareció. No había maletas ni pantallas ni viajeros ni anuncios por megafonía.
Solo él.
Solo yo.
Solo esa despedida que ninguno de los dos quería tener.
Brody sacó un sobre del bolsillo interior de la chaqueta y me lo tendió.
—Toma.
Lo cogí sin apartar la vista de su cara.
—Dentro tienes dinero en efectivo, una tarjeta para sacar dinero en Inglaterra y los datos del hotel en Londres —dijo—. He reservado unos días para que puedas organizarte antes de decidir qué hacer.
Me costó un segundo reaccionar.
Siempre iba un paso por delante.
Siempre pensando en todo.
Incluso cuando eso significaba prepararme la vida lejos de él.
—Gracias —dije al fin, guardándome el sobre—. Por todo.
Él negó un poco con la cabeza.
—Has hecho mucho más tú por mí de lo que crees.
Eso me dolió.
Me dolió porque sonó a despedida de verdad.
A balance final.
A punto y aparte.
Di un pequeño paso hacia él y apoyé una mano en su pecho. Noté el calor firme de su cuerpo bajo la camiseta y tuve que apretar los labios para no decirle que no quería irme. Que no quería esta libertad si el precio era perder un posible futuro donde pudiéramos conocernos de verdad.
—Te voy a echar muchísimo de menos —susurré.
Brody bajó la vista a mi mano y la cubrió con la suya.
Despacio.
Como si también él necesitara tocarme una última vez.
—Y yo a ti —dijo.
Sin bromas.
Sin rodeos.
Así de simple.
Así de devastador.
Asentí, porque hablar se me había vuelto imposible.
Retrocedí un paso.
Luego otro.
—Adiós, Brody.
Él tragó saliva antes de responder.
—Adiós, Bella.
Me giré y fui hacia la cola del control.
Avancé un poco.
Solo un poco.
Porque a los pocos segundos sentí que no podía hacerlo así.
No podía irme con aquella despedida ordenada y contenida, como si lo nuestro hubiera sido algo pequeño.
Me di la vuelta de golpe.
Brody seguía allí.
Quieto.
Mirándome.
Con las manos en los bolsillos y esa tristeza brutalmente controlada que solo él era capaz de llevar con tanta dignidad.
Y corrí.
Salí de la fila ignorando las miradas de la gente y volví hasta él sin pensar, sin medir, sin importarme nada más.
Cuando llegué, lo besé.
No le di tiempo ni a sorprenderse.
Fue un beso lleno de todo lo que no había sabido decirle. Gratitud. Deseo. Miedo. Ternura. Dolor. Algo mucho más peligroso que todo eso junto.
Algo que se parecía demasiado al amor.
Cuando nos separamos, me faltaba el aire.
—Gracias por enseñarme a ser libre —susurré.
Su mano subió a mi mejilla con una delicadeza que se me clavó hondo.
—Cuídate mucho, Bella.
Asentí.
Si me quedaba un segundo más, no iba a subir a ningún avión.
Volví a la cola.
Pasé el control de seguridad.
Y esta vez no miré atrás.
Cuando llegué a la terminal, el cuerpo se me vino abajo un poco.
Fui hasta una cafetería, me compré un café para llevar y me senté junto a la cristalera con el vaso entre las manos, mirando los aviones como si pertenecieran a otro planeta.
Intenté pensar en pasos concretos.
En lo práctico.
En Inglaterra.
En el hotel.
En comprar un móvil nuevo al llegar.
En aprender a responder al nombre de Chiara sin sentir que me estaban arrancando la piel.
Pero no me salía.
Solo podía pensar en lo que dejaba atrás.
Me bebí el café casi sin notarlo.
El sabor era amargo, pero no tanto como el nudo que tenía en la garganta. Cuando quise darme cuenta, tenía el vaso vacío entre las manos y los ojos llenos de lágrimas que me negaba a dejar caer allí, delante de todo el mundo.
Se había acabado.
Mi vida en Nueva York.
Mi trabajo.
Mi nombre.
Todo.
Respiré hondo y me puse en pie.
Era hora de ir hacia la puerta de embarque.
Agarré la maleta y empecé a caminar entre la gente, intentando no pensar demasiado en el hecho de que estaba huyendo del país con una identidad falsa y una vida metida en una bolsa de mano.
Miré al suelo un segundo. Y choqué contra alguien.
—Lo siento —dijo una voz masculina.
Di un paso atrás.
—No, ha sido culpa mía.
Levanté la vista.
Era un hombre vestido completamente de negro. Alto. Corpulento. Gorra oscura. Expresión neutra.
Demasiado neutra.
Y entonces lo sentí.
No sabría explicar qué fue exactamente.
Tal vez la forma en que me miró medio segundo de más.
Tal vez cómo sus ojos se quedaron en mi cara incluso con la peluca y las gafas.
O quizá solo fue ese instinto afilado que llevaba días manteniéndome viva.
Pero todo mi cuerpo se puso en alerta.
Seguí caminando.
Más deprisa.
Intentando convencerme de que estaba exagerando.
De que era paranoia.
De que Viktor no podía alcanzarme también allí.
Escuché pasos detrás de mí.
No mires atrás.
No mires atrás.
No mires atrás.
Giré apenas la cabeza.
Y sí.
El hombre estaba ahí. Caminando justo detrás de mí.
El miedo me golpeó tan fuerte que casi me dejó sin aire.
Aceleré.
Él también.
Mierda.
El pulso empezó a retumbarme en los oídos.
—Espera —dijo a mi espalda.
No.
Eché a correr.
La maleta chocaba contra mi pierna mientras atravesaba la terminal esquivando personas, sillas, carros, malditas maletas ajenas y miradas sorprendidas. Detrás de mí oí pasos más rápidos.
Venía corriendo.
—¡Espera!
Seguí.
No iba a dejar que me cogieran.
No iba a volver con Viktor.
No.
Sentí una mano rozarme el brazo.
Grité ahogada y, por puro reflejo, lancé una patada hacia atrás con toda la fuerza que pude. Escuché un gruñido de dolor y aproveché ese segundo para seguir corriendo todavía más rápido.
La respiración me quemaba.
Los pulmones me dolían.
Pero no paré.
Doblé una esquina a toda velocidad.
Y alguien me agarró de la muñeca.
Solté un grito aterrorizado.