16
Bella
El beso fue suave al principio.
Apenas un roce.
Una caricia incierta, como si los dos estuviéramos tanteando un terreno peligroso al que, aun así, lleváramos demasiado tiempo acercándonos.
Sus labios se movieron sobre los míos con una lentitud que me hizo contener la respiración.
Pero duró exactamente dos segundos.
Porque entonces Brody dejó escapar un sonido bajo, un gemido ahogado que me atravesó de arriba abajo, y una de sus manos subió con firmeza a mi cintura, pegándome más a él. La otra se enredó en mi pelo, inclinándome la cabeza lo justo para profundizar el beso.
Y esta vez sí.
Esta vez su lengua rozó la mía, lenta al principio, como una pregunta.
Y yo respondí abriendo la boca del todo, buscándolo con la misma hambre que él ya no intentaba ocultar.
El beso se volvió más húmedo. Más profundo. Más desesperado.
Gemí contra su boca cuando noté su erección apretándose contra mi vientre.
Todo en él estaba duro, caliente, contenido al límite.
Y todo en mí respondió igual de rápido. El calor me bajó por el pecho, por el estómago, entre las piernas, con una intensidad tan súbita que casi me mareó.
—Joder... —murmuró contra mis labios antes de volver a besarme.
No me dio tiempo ni a respirar.
Su lengua volvió a colarse en mi boca, más posesiva ahora, y yo se la devolví con la misma falta de control. Le mordí el labio inferior. Él respondió apretándome más fuerte por la cintura y arrancándome un jadeo.
Podía sentir su respiración rota mezclándose con la mía. El roce de su pecho. La presión creciente de su cuerpo contra el mío.
Y eso fue lo que terminó de hacerme perder la poca cordura que me quedaba.
Mis manos subieron solas a su cuello, a su pelo, a sus hombros.
Lo besé como si me fuera la vida en ello.
Como si todo el deseo contenido entre nosotros hubiera decidido estallar de golpe.
La boca de Brody dejó mis labios solo para bajar por mi mejilla hasta mi cuello. Su lengua rozó la piel justo debajo de mi oreja y se me doblaron un poco las rodillas.
—Bella —dijo con la voz ronca, pegado a mi garganta—. Deberías irte antes de que esto se vuelva demasiado intenso.
Tardé un segundo en poder responder, no porque dudara, sino porque me faltaba el aire.
—Pero yo no quiero irme, Brody.
Sus ojos se cruzaron con los míos.
—No quiero que hagas nada de lo que no estés segura.
—Pero estoy segura de esto —susurré—. Quiero llevarme este recuerdo como Bella. Antes de convertirme en Chiara.
Me sostuvo la mirada unos segundos más.
Y entonces volvió a besarme.
Esta vez sin contención.
Se metió en mi boca con una urgencia que me hizo arquearme contra él. Sentí cómo sus manos recorrían mi espalda, mi cintura, la curva de mi cadera, como si necesitara tocarme entera para convencerse de que aquello estaba pasando de verdad.
Yo bajé las manos por su pecho, por su abdomen, y cuando mis dedos rozaron el bulto duro bajo la tela de sus pantalones, Brody soltó un gemido grave que me hizo arder.
—No me toques así si quieres que siga teniendo autocontrol —masculló.
—No quiero que lo tengas.
Sus ojos se oscurecieron.
Y un segundo después me levantó del suelo.
Enredé las piernas en su cintura y lo sentí duro contra mí incluso a través de la ropa, firme, caliente. El roce me arrancó un jadeo.
No dejó de besarme mientras me llevaba hasta la habitación y me dejaba caer sobre el colchón.
Se quedó encima de mí, sosteniéndose sobre los antebrazos.
Durante un segundo solo nos miramos.
Su respiración estaba tan agitada como la mía.
Mis dedos temblaban sobre sus hombros.
—Todavía estás a tiempo de echarme —dije, intentando sonar ligera, aunque la voz se me quebró igual.
Apoyó la frente en la mía.
—No quiero echarte. Llevo demasiado tiempo queriendo justamente lo contrario.
Me besó otra vez, más despacio. Como si, después de toda aquella urgencia, necesitara saborearme.
Sus labios recorrieron mi mandíbula. Bajaron por mi cuello. Se detuvieron en mi clavícula.
Cada beso me iba dejando la piel encendida.
Él me desabrochó el sujetador con una facilidad que me sorprendió. Cuando la tela cayó a un lado y el aire fresco me rozó la piel, se quedó quieto durante un segundo, mirándome.
—¿Qué? —pregunté, de pronto nerviosa.
—Nada —dijo con la voz más grave de lo habitual—. Solo estoy intentando no perder la cabeza. Eres demasiado hermosa. ¿Puedo?
Asentí.
Bajó la boca hasta mi pecho y me besó despacio. Primero con una delicadeza que me hizo contener el aliento. Después con más intención. Su lengua dibujó círculos lentos, húmedos, y se me arqueó la espalda sin remedio.
Cerré los ojos.
El calor me bajó por el vientre y se acumuló entre las piernas con una intensidad cada vez más difícil de soportar.
—Brody... —jadeé.
Él alzó la vista, atento a cada reacción, y eso me deshizo todavía más. Como si no solo quisiera tocarme, sino aprenderme.
Siguió bajando.
Besó mi estómago. La cadera. La cara interna del muslo.
Tan cerca del centro de mi cuerpo que acabé mordiendo la almohada para no gemir demasiado alto.
—Dime lo que quieres —dijo.
Lo miré.
Estaba entre mis piernas, con las manos abiertas sobre mis muslos, con esos ojos clavados en mí como si no existiera nada más importante en el mundo.
—Quiero que me toques —susurré—. Quiero tu boca.
Algo se tensó en su expresión.
Separó un poco más mis piernas y el primer roce de su lengua sobre mi clítoris me arrancó un gemido instantáneo.
Fue directo. Firme. Lento solo el tiempo suficiente para que todo mi cuerpo reaccionara.
—Joder... —murmuré.
Brody soltó un sonido grave, satisfecho, y volvió a hacerlo. Más despacio esta vez, como si quisiera alargarlo. Como si le gustara demasiado ver cómo me iba deshaciendo encima del colchón.
Me besó y me lamió con una concentración casi obscena, alternando la lengua con succiones profundas que me hicieron perder el hilo de la respiración.
Cada vez que encontraba el punto exacto, mi cuerpo respondía solo.
Las caderas se me movían buscando más. Mis dedos se enredaron en su pelo. Ya no podía pensar con claridad.
—Así... no pares —supliqué.
No paró.
Al contrario. Me sujetó por la cadera, inmovilizándome con firmeza, y siguió usando la boca sobre mi sexo hasta que empecé a temblar. Luego noté sus dedos. Primero acariciándome. Después entrando despacio, con una paciencia que casi dolía.
Gemí más alto.
La combinación de su boca y sus dedos me rompió por dentro. Todo en él parecía calculado para llevarme justo al borde y mantenerme ahí. La presión de su lengua. El ritmo de sus dedos. La forma en que abría mis piernas cuando intentaba cerrarlas por puro reflejo.
—Brody, por favor...
Me llevó hasta el límite una vez y aflojó justo antes de dejarme caer.
La segunda vez hizo lo mismo y solté un gemido de frustración, medio desesperada.
—No seas cruel.
Levantó apenas la cabeza. Tenía la boca húmeda y la mirada encendida.
—Quiero sentir cómo te corres.
Y volvió a bajar.
Esta vez no me dio tregua. Su lengua se movió con más presión, más constancia, mientras sus dedos encontraban por fin el ritmo exacto que mi cuerpo llevaba minutos rogando. La tensión me subió por el vientre, por la espalda, por las piernas, apretándome por dentro hasta volverme loca.
Me corrí diciendo su nombre.
Temblando entera. Con una mano tirando de su pelo y la otra aferrada a las sábanas.
Él no se apartó.
Siguió acompañándome durante el orgasmo, alargándolo hasta dejarme completamente deshecha, respirando como si acabara de salir de una tormenta.
Cuando por fin levantó la cabeza, sonreía de una forma que me hizo arder otra vez.
—Así —dijo—. Así quería verte.
No supe si me reí o si se me llenaron los ojos de lágrimas.
Quizá las dos cosas.
Brody subió hasta mí y me atrajo contra su pecho el tiempo justo para que pudiera volver a respirar.
Pero yo no estaba aún satisfecha.
Quería más.
Deslicé las manos por su espalda, por su cintura, y le desabroché el cinturón con dedos todavía torpes. Bajé la cremallera y, cuando conseguí deshacerme de la tela que nos separaba, lo sentí duro y caliente en la mano.
Brody cerró los ojos un segundo y soltó una exhalación que me hizo apretar un poco más.
—Bella...
Lo volví a tocar, despacio esta vez, disfrutando de su reacción.
Él me observaba como si le estuviera costando muchísimo no perder el control. Había algo en eso, en verlo así por mí, que me llenó de una seguridad nueva.
—¿Condón?
—En el cajón.
Lo busqué a tientas y volví enseguida.
Cuando se lo puse y Brody volvió a colocarse sobre mí, nuestras miradas se encontraron otra vez.
—Mírame —dijo, con la voz áspera—. Quiero verte.
Lo hice.
Y cuando entró en mí, no aparté los ojos.
Fue lento al principio.
Profundo.
Como si quisiera darme tiempo a sentirlo todo.
Noté la tensión cediendo poco a poco, mi cuerpo adaptándose al suyo, abriéndose, aceptándolo. Solté un gemido ahogado y él apoyó la frente en la mía.
—Así... joder, así.
Empezó a moverse con más ritmo, cada vez más firme. Yo me aferré a sus hombros, perdida en la fricción, en el calor, en el sonido húmedo de nuestros cuerpos. Cuando su mano bajó entre nosotros y encontró otra vez mi clítoris, mi cabeza se vació por completo.
—Brody...
Dijo mi nombre contra mi boca. Contra mi cuello. Contra mi piel. Como si también se estuviera rompiendo por dentro.
Me corrí una vez más con el cuerpo hecho un temblor.
Él siguió empujando unos segundos, tenso, deshecho, hasta correrse después con un gemido ronco que me recorrió entera.
Durante un rato no nos movimos.
Solo respiramos.
Luego Brody me atrajo contra su pecho, me acomodó de espaldas a él y pasó un brazo por mi cintura.
—Bella —dijo en voz baja.
—Dime.
Tardó un segundo en hablar.
—No quiero que llegue mañana.
Cerré los ojos.
Noté otra vez ese escozor detrás de los párpados.
—Yo tampoco.
Y allí, en la oscuridad de la habitación, con su corazón latiendo contra mi espalda y el peso de todo lo que nos esperaba flotando en el aire, quise creer que aquello podía ser algo más que una despedida.