Brody, millonario y protector (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 3) 14
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Brody

Mierda.

De todos los hermanos que podían aparecer justo en ese momento, tenía que ser Ewan.

No Connor o Liam, que ya sabían perfectamente en qué desastre estaba metido.

No.

Tenía que ser Ewan.

El hermano mayor. El responsable. El sensato. El que con una sola mirada conseguía que volviera a sentirme como un crío al que acaban de pillar haciendo algo estúpidamente imprudente.

Y, siendo sinceros, eso era exactamente lo que acababa de pasar.

Durante un segundo ridículo, uno muy breve pero lo bastante largo como para notarme el corazón golpearme en el pecho, tuve la esperanza absurda de que quizá no la reconociera.

De que tal vez no supiera quién era Bella.

Pero claro.

No iba a tener tanta suerte.

La expresión de estupor absoluto en la cara de Ewan lo dejó clarísimo incluso antes de que abriera la boca. La mandíbula se le tensó y respiró hondo, como si estuviera haciendo un esfuerzo monumental por no empujarme escaleras abajo desde la torre.

—Por todos nuestros malditos antepasados, Brody McRae —dijo despacio, con una voz tan tensa que casi cortaba—, dime que esa chica no es la novia fugada de Viktor Bellucci.

Solté el aire poco a poco.

Miré de reojo a Bella.

Estaba pálida, con los ojos enormes, claramente al borde del pánico.

Y eso hizo que la culpa me pesara todavía más en el estómago.

Respiré hondo y forcé una calma que no sentía.

—Sé cómo parece esto, Ewan, pero te aseguro que está controlado.

Ewan soltó una risa corta, sin humor.

—¿Controlado? —repitió—. Tienes a la novia fugitiva de Viktor Bellucci tomando champán contigo a la luz de las velas en la maldita terraza del castillo. ¿Qué parte exacta de esto consideras que está bajo control?

Bella se aclaró la garganta con timidez y dio un paso al frente.

—Esto es culpa mía —dijo, nerviosa—. Él solo intentaba ayudarme.

Ewan volvió la cabeza hacia ella.

La observó en silencio durante un segundo. Su expresión se suavizó apenas, lo justo para delatar que había notado el miedo en su voz. Pero cuando volvió a mirarme, la dureza regresó entera.

No necesitó decir nada más.

La noche acababa de torcerse del todo.

—Bajemos. Ahora.

No discutí.

Apagué las velas a toda prisa, recogí la botella y las copas y bajamos en silencio hasta el apartamento de Bella. Ella se quedó en la puerta, lanzándome una mirada preocupada antes de entrar. Cerré despacio detrás de ella y me volví hacia Ewan.

—A mi apartamento —dije.

Fui delante, con la mandíbula apretada.

Nada más entrar, saqué el móvil y escribí en el grupo familiar.

brODY

Necesito veros a todos. Ahora. En mi apartamento.

Connor y Liam tardaron menos de cinco minutos en aparecer.

Los dos se quedaron quietos al cruzar la puerta, captando enseguida que aquello no tenía buena pinta.

Connor soltó un resoplido de frustración antes siquiera de sentarse.

—¿Qué ha pasado?

Miré a mis hermanos uno por uno antes de clavar la vista en la cara seria e impenetrable de Ewan.

—Que Ewan ya lo sabe. Sabe lo de Bella.

Ewan nos observó con una dureza poco habitual en él. Su mirada pasó de mí a Connor y de Connor a Liam, como si estuviera recalculando de golpe cuánto idiota había criado esta familia.

—¿Todos sabíais lo de esa chica? —preguntó al final, con la voz cortante.

Connor suspiró y se cruzó de brazos.

—Yo me enteré por Liza. Brody arrastró a mi novia a todo esto.

Ewan apretó la mandíbula y miró a Liam.

—¿Y tú?

Liam hizo una mueca incómoda.

—Yo... me enteré de rebote.

Ewan dejó escapar aire por la nariz, frustrado.

—Fantástico. ¿Se puede saber por qué demonios soy el último en enterarme?

Connor se pasó una mano por la nuca.

—Con la boda tan cerca pensamos que ya estabas bastante saturado. No queríamos meterte más presión.

Ewan soltó una risa amarga.

—Qué detalle tan considerado por vuestra parte.

Luego volvió a mirarme a mí.

Y su expresión se endureció todavía más.

—Muy bien, Brody. Se acabó. Quiero que me cuentes absolutamente todo.

Y eso hice.

Le conté cómo Bella había aparecido escondida bajo mi escritorio, vestida de novia y aterrorizada.

Cómo me había suplicado que no la entregara a los hombres de Viktor.

Cómo la había llevado al ala privada porque no se me ocurrió nada mejor y porque, por mucho que intentara racionalizarlo, no podía dejarla en manos de ese cabrón.

Le conté lo de Liam moviendo hilos con su contacto. Lo del pasaporte falso. Lo del plan para sacarla del país al día siguiente.

Mientras hablaba, Ewan escuchó sin interrumpirme ni una sola vez. Connor seguía con los brazos cruzados y cara de estar harto de todos nosotros. Liam parecía incómodo, pero firme.

Cuando terminé, el silencio que cayó en el salón pesó como una losa.

Al final, Ewan se frotó el puente de la nariz y soltó un suspiro largo antes de volver a mirarme.

—¿Te has parado un segundo a pensar en las consecuencias de todo esto, Brody? —preguntó con una frialdad que casi me hizo perder la paciencia—. Viktor Bellucci no es un hombre con el que se juegue a los héroes. ¿En qué coño estabas pensando?

—Su familia prácticamente la vendió, Ewan —respondí, notando cómo se me tensaba la mandíbula—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Mirar hacia otro lado? No podía hacer eso.

Ewan me sostuvo la mirada, implacable.

—¿Estás seguro de que ese es el único motivo por el que te has implicado tanto?

Fruncí el ceño.

—¿Qué se supone que significa eso?

Él arqueó una ceja.

—Significa que, teniendo en cuenta lo que acabo de ver ahí arriba, las velas, el champán, ese pequeño espectáculo íntimo que habías montado, empiezo a preguntarme si sabes realmente dónde están tus límites con esa chica. Así que dime la verdad, Brody. ¿A qué coño estás jugando?

No respondí de inmediato.

Y lo peor fue darme cuenta de que no era solo porque estuviera cabreado.

Era porque ni yo mismo tenía muy clara la respuesta.

No había planeado nada de aquello.

Ni la terraza. Ni las velas. Ni ese momento suspendido entre Bella y yo justo antes de que Ewan apareciera.

Nada.

Y, aun así, negar que estaba pasando algo habría sido mentir de una forma bastante patética.

Respiré hondo antes de contestar.

—No te preocupes, Ewan —dije al final, mirándolo de frente—. Da igual lo que haya pasado o no haya pasado ahí arriba. Dentro de veinticuatro horas Bella estará en un avión rumbo a Inglaterra. Lejos de aquí. Y entonces todo esto se habrá acabado.

Ewan no apartó la vista de mí.

Me sostuvo la mirada varios segundos más, como si intentara decidir cuánto de lo que acababa de decir le parecía verdad y cuánto simple autoengaño.

Al final asintió muy despacio.

—Espero que así sea —dijo—. Por tu bien y por el de todos nosotros.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Luego Ewan frunció ligeramente el ceño, como si acabara de recordar algo que había quedado sepultado bajo todo aquel caos.

—Por cierto, si he subido a la torre en mitad de la noche no ha sido porque sospechara que estabas organizando citas clandestinas —dijo con sequedad—.

Es por esos gatos del refugio que montamos Genny y yo.

De vez en cuando alguno consigue escaparse y acaba colándose precisamente allí arriba.

De hecho, hay uno negro, Salem, que lleva días perdido. Genny está preocupada.

Me aclaré la garganta.

—Sobre eso... creo que sé dónde está. Bella lo encontró en el apartamento de invitados. Alguien dejó la ventana abierta. Y, bueno... digamos que ha sido rebautizado. Ahora responde al nombre de Regaliz.

Ewan cerró los ojos un momento y volvió a frotarse el puente de la nariz.

—Fantástico. Seguro que a Genny le entusiasma. Ya sabes cómo es con sus gatos.

—Mañana lo dejaré en el refugio antes de que ella salga hacia el aeropuerto —dije con una media sonrisa conciliadora—. Dile que no se preocupe.

Ewan asintió, algo menos tenso, aunque solo un poco. Luego volvió a ponerse serio y me miró a los ojos una última vez.

—Voy a confiar en ti con esto, Brody. Pero ten muchísimo cuidado cuando la saques del castillo. Que no os vea nadie. Ni una sombra.

Asentí con firmeza.

—No habrá errores.

Ewan hizo un gesto breve y salió del apartamento.

Connor y Liam tardaron poco en seguirlo, dejándome por fin solo.

En cuanto cerré la puerta detrás de ellos, apoyé las manos en la encimera de la cocina y cerré los ojos.

Inspiré hondo.

No sirvió de nada.

Porque el caos seguía allí.

Dentro de mí.

Y porque, por mucho que hubiera fingido control delante de mis hermanos, la verdad era mucho más simple y mucho más peligrosa.

No conseguía sacarme a Bella de la cabeza.

Su voz. La forma en que se le iluminaban los ojos cuando hablaba de sus alumnos. Esa sonrisa tímida, casi traviesa, que le salía cuando me seguía una broma.

Y, sobre todo, la escena de la terraza.

Bella bajo las estrellas, con Manhattan extendida detrás como si la ciudad entera existiera solo para enmarcarla a ella.

Ese instante suspendido entre nosotros.

Ese casi.

Ese beso que estuvo a punto de pasar.

Mierda.

Si la hubiera conocido en otro momento...

Si no estuviera huyendo de un mafioso obsesivo.

Si su vida no dependiera de subirse a un avión y desaparecer.

Todo habría sido distinto.

Podría haberla invitado a cenar como una persona normal.

A uno de esos restaurantes que me gustaban de verdad y no a un escondite improvisado con velas robadas al dramatismo.

Podríamos haber paseado por Central Park o entrar en algún club pequeño con música en directo.

Podríamos haber hablado sin la sensación constante de que cualquier segundo de calma era prestado.

Podríamos habernos reído más.

Podría haberla besado sin pensar en Viktor Bellucci, en pasaportes falsos o en despedidas inminentes.

Pero todo eso era una fantasía de mierda.

Una posibilidad imposible.

Dentro de veinticuatro horas, Bella estaría volando hacia Inglaterra.

Y yo me quedaría aquí, pensando durante demasiado tiempo en todo lo que podría haber pasado si el destino hubiera decidido cruzarnos de otro modo.

En otra vida.

Una en la que ella no llegara huyendo.

Una en la que yo no tuviera que dejarla marchar.