13
Bella
No tenía ni idea de qué hora era cuando escuché unos golpes suaves en la puerta.
Me desperté sobresaltada en el sofá, incorporándome deprisa mientras Regaliz bostezaba con absoluta falta de solidaridad. Me alisé el pelo con una mano, luego los pantalones, y caminé hasta la puerta todavía medio aturdida.
Cuando abrí, allí estaba Brody.
Vaqueros gastados. Camiseta oscura. Esa forma exasperante de llenar el espacio sin hacer ningún esfuerzo.
Me miró con sus preciosos ojos azules y, durante un segundo ridículo, olvidé por completo qué hacía yo allí plantada como una idiota.
—¿Lista para despedirte de la ciudad? —preguntó con una pequeña sonrisa.
Parpadeé y asentí, sintiendo cómo el pulso se me disparaba.
—Sí. Claro. ¿Vamos a salir del castillo?
Negó con suavidad.
—No exactamente. Pero confía en mí. Te va a gustar.
Cerré la puerta con cuidado, le dije a Regaliz que volvería enseguida como si pudiera entenderme y seguí a Brody por el pasillo.
Subimos por una de las torres de piedra del castillo, peldaño a peldaño, en un silencio que a mí se me hizo larguísimo aunque en realidad no debieron de ser más que unos minutos.
Sentía el corazón latiéndome deprisa. Mitad nervios. Mitad expectación.
Cuando abrió la pequeña puerta al final de la escalera y salimos al exterior, me quedé completamente quieta.
Una terraza dominaba Manhattan entera.
La ciudad se extendía frente a nosotros como una constelación viva. Miles de luces encendidas bajo la noche, parpadeando a lo lejos como si el cielo se hubiera caído del revés sobre la tierra.
Pero no fue solo eso lo que me dejó sin aire.
Brody lo había preparado todo.
Había una manta extendida sobre la piedra, velas pequeñas colocadas con cuidado para crear una luz cálida e íntima, y una bandeja con una botella de champán y dos copas esperándonos al lado.
—Oh, Dios mío —susurré, acercándome despacio—. Esto es... increíble.
Brody se colocó a mi lado y apoyó los antebrazos en la balaustrada.
Durante unos segundos no se oyó nada salvo el rumor lejano del tráfico y mi propia respiración, todavía acelerada.
—Pensé que merecías una despedida digna. Sin sacar un pie fuera del castillo, pero con la ciudad entera para ti. Y, bueno, una copa de champán tampoco hace daño.
Giré la cabeza hacia él.
Y sentí que algo se me apretaba dentro del pecho.
—Gracias, Brody —dije con sinceridad—. Es perfecto.
Sonrió un poco.
Yo aparté la vista de inmediato, más pendiente de Manhattan que de reconocer que me estaban ardiendo las mejillas.
Nos sentamos sobre la manta y brindamos.
Durante un buen rato nos quedamos allí, bebiendo despacio y hablando de cosas pequeñas que de algún modo no lo eran. La conversación fluyó con una facilidad extraña, hecha de sonrisas, silencios cómodos y frases aparentemente inofensivas que, entre nosotros, se cargaban de algo más.
Hablamos de películas. De libros. De cosas absurdas de mi vida diaria que ya echaba de menos y de detalles de la infancia de Brody que fue soltando casi sin darse cuenta. Cada minuto hacía que me sintiera un poco más cerca de él. Como si entre los dos se estuviera construyendo algo suave, cálido
Cuando la botella estaba ya casi vacía, Brody se volvió hacia mí con una media sonrisa.
—Creo que ha llegado el momento de que te levantes y digas unas palabras.
Parpadeé, divertida y desconcertada.
—¿Perdona?
Señaló con el mentón la ciudad desplegada frente a nosotros.
—Ya sabes. Un discurso de despedida. Algo simbólico. A veces ayuda cerrar ciclos antes de abrir otros.
Le miré con escepticismo.
—¿Hablas en serio? ¿Quieres que me ponga de pie y le hable a Nueva York?
—Exactamente —respondió, divertido—. Y tienes suerte de que tu público se limite a mí. Prometo no burlarme. O no demasiado.
Negué con la cabeza, aunque en el fondo ya me había convencido.
Suspiré, me levanté y me acerqué a la balaustrada. La brisa nocturna me rozó la cara mientras miraba la ciudad extendida ante mí.
—Vale, ciudad... —empecé, sintiéndome un poco ridícula—. Supongo que toca despedirse.
Solté aire y, poco a poco, las palabras empezaron a salir solas.
—No sé muy bien cómo hacerlo, porque nunca pensé que me iría así. Pero gracias. Gracias por haber sido mi hogar. Por tus calles. Por tus parques. Por esa cafetería de la esquina que hacía los mejores muffins de chocolate del mundo. Gracias por Sue. Por la escuela. Por mis niños...
La voz se me quebró, pero conseguí seguir.
—No sé si volveré a verte algún día, Nueva York. Pero quiero creer que, si lo hago, será libre. De verdad.
Me giré despacio hacia Brody.
Él seguía sentado en la manta, mirándome con una intensidad que me dejó sin respiración. La luz de las velas le recortaba la cara en sombras suaves y hacía que sus ojos parecieran aún más claros en la oscuridad.
—¿Contento con mi discurso?
Asintió despacio.
—Mucho —dijo—. Ahora sí estás lista para empezar de cero, Bella. Vas a estar bien. Lo sé.
Algo dentro de mí se estremeció al oírle decirlo.
Cuando volví a sentarme a su lado, supe con una certeza extraña que nunca olvidaría aquella noche. Ni la ciudad que estaba dejando atrás. Ni al hombre que tenía sentado a mi lado.
Entonces Brody se aclaró la garganta, metió la mano en el bolsillo trasero de los vaqueros y sacó una hoja doblada.
Me la tendió con una mezcla adorable de vergüenza y resignación.
—Ya que estamos con las despedidas dramáticas, yo te he escrito algo —murmuró—. Aunque ya te aviso de que probablemente me arrepienta en cuanto empieces a leer.
Lo miré, sorprendida y divertida a partes iguales, mientras cogía la hoja.
—Vaya. Brody McRae escribiéndome una carta. Esto sí que no me lo esperaba.
Desdoblé el papel con cuidado, consciente de que él estaba pendiente de cada gesto, y empecé a leer en voz alta.
Querida Bella,
O quizá debería decir Chiara, ahora que ya estás oficialmente en fase de reinvención británica.
He pensado en varias formas de despedirme de ti, pero ninguna me ha convencido del todo, así que voy a improvisar antes de arrepentirme y romper esta carta.
Lo primero: gracias por elegir mi escritorio como escondite improvisado. Podrías haber acabado arruinándole la vida a cualquier otro, pero decidiste que fuera yo. Todo un honor.
También gracias por obligarme a descubrir el mundo de la comida ecológica, los tés con ingredientes imposibles y los productos que parecen prometernos una vida espiritual mejorada. No sabía que mi dieta podía volverse tan orgánica y tan cara en tan poco tiempo.
Ahora en serio.
Gracias por recordarme que la valentía no siempre hace ruido. Gracias por ser lo bastante fuerte como para escapar, aunque lo hicieras muerta de miedo. Gracias por seguir siendo tú incluso cuando todo a tu alrededor ha intentado convertirte en otra cosa.
Sé que vas a estar bien. Y sé que Inglaterra no tiene ni idea de lo que se le viene encima contigo. Si empiezan a escasear los aguacates ecológicos en la campiña inglesa, prométeme que me avisarás.
Cuídate mucho, Bella.
Siempre,
Brody.
Cuando terminé, levanté la vista despacio.
Tenía un nudo cálido en la garganta.
Brody me miraba con esa incomodidad tierna que solo aparece cuando alguien hace algo sincero y no sabe muy bien dónde meterse después.
—¿Aguacates ecológicos? —pregunté, intentando no sonreír demasiado—. ¿De verdad esa es tu gran preocupación sobre mi futuro?
Él soltó una risa baja y se encogió de hombros.
—Alguien tenía que encargarse de los detalles importantes.
Se me escapó una carcajada.
Doblé la carta con cuidado y la sostuve entre las manos.
Luego el silencio volvió a caer.
Y esta vez no fue ligero.
Fue de esos silencios que lo cambian todo.
Nos miramos.
Y de pronto fui consciente de lo cerca que estábamos.
Nuestras miradas quedaron entrelazadas. Conectadas.
Y supe que iba a pasar antes que sucediera.
Mi respiración se volvió superficial cuando vi que Brody se inclinaba despacio hacia mí.
Sus ojos, tan claros, tan intensos, brillaban con una calidez que me hizo estremecerme entera.
Sentí el roce de sus dedos sobre mi mano y una oleada de anticipación me recorrió el cuerpo mientras yo misma me acercaba un poco más.
Íbamos a besarnos.
Pero… entonces, la puerta de la torre se abrió de golpe.
Los dos nos apartamos al instante.
—¿Brody? ¿Estás aquí? —dijo una voz masculina desde la entrada.
Me giré de inmediato, todavía con el corazón disparado, y me encontré con la figura de un hombre alto, imponente, con unas facciones tan parecidas a las de Brody que no necesité que nadie me explicara nada.
Era uno de sus hermanos.
Su expresión oscilaba entre la confusión y el absoluto estupor. Primero me miró a mí. Luego a Brody. Luego a las velas, al champán y a la escena entera como si estuviera intentando decidir si se había equivocado de puerta o de realidad.
—¿Qué demonios...? —empezó, aunque ni siquiera terminó la frase.
Y, bajo aquella mirada de incredulidad total, supe que mi despedida tranquila acababa de estallar por los aires.