12
Bella
Cuando Brody cerró la puerta detrás de él, me quedé sentada en silencio en el sofá con la carta de Sue entre las manos.
Durante unos segundos no hice nada.
Solo miré el sobre, repasando con la yema del dedo mi nombre escrito con aquella letra suya familiar, ligeramente desordenada, imposible de confundir.
Respiré hondo y, por fin, lo abrí.
Saqué la hoja doblada con cuidado y empecé a leer.
Bella,
No sabes cuánto me alegra haber recibido tu carta.
Llevo días preocupada por ti, dándole vueltas a todo y esperando cualquier señal que me confirmara que estabas bien. Pero, siendo sincera, en el fondo sabía que lo estarías.
Te conozco, Bella.
Sabía que encontrarías la manera de salir adelante.
Desde aquella primera clase en el taller de jardinería urbana del Jardín Botánico, cuando apareciste con tu entusiasmo contagioso y esa torpeza adorable tuya con las plantas, supe que eras especial.
Sí, lo sigo pensando: eres probablemente la única persona del planeta capaz de asesinar un cactus.
Pero también supe algo más. Que tenías luz. De esa que hace que la gente a tu alrededor respire mejor sin saber muy bien por qué.
No me equivoqué contigo.
Estoy orgullosa de ti. De que hayas encontrado la fuerza para escapar de algo que no merecías.
Sé que ahora mismo todo debe de parecer incierto y doloroso, pero confío en ti más de lo que imaginas.
Hay una vida buena esperándote al otro lado de todo esto. Y cuando por fin puedas alcanzarla, yo seguiré aquí, esperando el día en que volvamos a reírnos juntas de este horror con una copa de vino en la mano y un gusto cuestionable para las decisiones vitales.
Te quiero muchísimo, amiga. No lo olvides nunca.
Con todo mi cariño,
Sue
Cuando terminé de leer, noté que se me humedecían los ojos.
Pero aquella vez no eran lágrimas de pura tristeza.
Eran lágrimas de alivio.
Del tipo de alivio que solo te da saber que, a pesar de todo, todavía hay alguien queriéndote de verdad.
Sonreí mientras me secaba la cara con el dorso de la mano y apreté la carta contra el pecho.
—Gracias, Sue —susurré—. Algún día volveremos a vernos. Te lo prometo.
Pasé el resto del día delante del portátil que Brody me había dejado sobre la mesa del salón, buscando información sobre Inglaterra.
No estaba acostumbrada a pasar tantas horas seguidas mirando una pantalla, pero me empeñé en investigar cada detalle del que podría convertirse en mi nuevo hogar. O, mejor dicho, del lugar en el que tendría que aprender a convertirme en Chiara Archer.
La campiña inglesa era preciosa. Eso no se podía negar.
Colinas suaves de un verde imposible. Pueblos llenos de casitas de piedra cubiertas de hiedra.
Jardines desbordados de flores silvestres.
Todo parecía sacado de una novela antigua, de esas en las que una mujer llega rota a un sitio remoto y acaba encontrándose a sí misma entre niebla, rosales y tazas de té.
Yo no tenía tan claro lo de encontrarme a mí misma.
Pero el decorado, desde luego, era bonito.
Me sorprendí preguntándome cómo sería vivir allí.
Si podría acostumbrarme a tanta calma. Si era capaz de imaginarme en uno de aquellos pueblos pequeños, comprando pan cada mañana en una tienda diminuta y saludando a vecinos que sabrían demasiado sobre la vida de todo el mundo.
Hasta se me pasó por la cabeza la imagen absurda de mí misma haciendo mermelada casera y cuidando un jardín de rosas.
Sonreí sola.
Probablemente no llegaría tan lejos.
Pero sí necesitaba creer que podría adaptarme.
Tenía que hacerlo.
Quizá encontraría trabajo en alguna escuela pequeña.
Algo tranquilo. Algo parecido, al menos en parte, a la vida que había construido aquí.
Algo que me permitiera no perder del todo esa parte de mí que seguía sintiendo más verdadera que cualquier apellido, cualquier herencia o cualquier plan de futuro impuesto por otros.
Y, como era inevitable, pensar en eso me llevó directamente a mis niños.
Ben.
Lily.
Aaron.
Se me hizo un nudo en el pecho tan deprisa que cerré el portátil durante un segundo y apoyé las manos encima, como si así pudiera contener el golpe.
¿Cómo estarían?
¿Me echarían de menos tanto como yo ya los echaba de menos a ellos?
Ni siquiera había podido despedirme.
No había habido un último abrazo, ni una última clase, ni un “portaos bien” dicho sonriendo para que no notaran nada raro.
Solo había desaparecido.
Y eso dolía.
Cerré los ojos y respiré hondo, obligándome a tragar el latigazo de tristeza.
Ojalá estén bien, pensé.
Ojalá algún día pueda volver a verlos.
Sacudí suavemente la cabeza, obligándome a centrarme de nuevo en la pantalla y en las fotos idílicas de pueblecitos ingleses. Ahora tenía que mirar hacia adelante, porque por primera vez en mucho tiempo, era libre de imaginar un futuro en el que Viktor no decidiera por mí.
Y en ese futuro, tendría que aprender a ser Chiara. Aunque para eso tuviera que empezar por entender qué demonios era una tarta Bakewell o por qué la gente en Inglaterra bebía tanto té.
Sonreí ligeramente al imaginarlo y volví a concentrarme en buscar un rincón bonito en el que vivir. Porque aunque todavía dolía lo que dejaba atrás, tal vez en Inglaterra podría encontrar algo parecido a un hogar.
Unas horas más tarde, cuando ya había dejado el portátil a un lado y Regaliz dormía plácidamente sobre mis piernas, sonó el pequeño móvil que Brody me había dado. Me incorporé despacio y lo cogí rápidamente para ver su mensaje.
brODY
Ya tengo confirmación. Documentos listos y en mi poder. Voy a comprar el vuelo para mañana con destino Londres.
Me quedé mirando la pantalla con el corazón acelerado. Dios, esto iba en serio. En menos de veinticuatro horas, mi vida como Isabella Rinaldi habría acabado para siempre. Respiré profundo, tratando de controlar el nudo que se me formaba en la garganta, y respondí rápidamente.
BELLA
Vale. Wow, mañana ya… Gracias por avisarme. Es raro que algo tan grande pueda pasar tan rápido, ¿no?
Su respuesta no tardó en llegar.
brODY
Lo sé. Pero cuanto antes estés lejos, más segura estarás.
Sabía que tenía razón, pero algo dentro de mí no quería marcharse tan rápido sin más. Tecleé de nuevo con cierto nerviosismo.
BELLA
¿Puedo pedirte algo antes de marcharme?
brODY
Claro, dime.
Dudé unos segundos antes de enviar mi siguiente mensaje. Era algo tonto, probablemente un capricho imprudente, pero no podía evitarlo.
BELLA
Sé que es arriesgado, pero me gustaría despedirme de la ciudad antes de irme. No he salido de este apartamento desde que estoy aquí, y… Nueva York ha sido mi hogar toda la vida. Quiero decirle adiós de algún modo.
Durante casi un minuto entero, Brody no respondió.
Me mordí el labio, nerviosa, preguntándome si habría sido una petición absurda y demasiado peligrosa. Finalmente, el teléfono vibró otra vez.
brODY
Vale. Dame un poco de tiempo, ¿de acuerdo? Voy a preparar algo seguro para que puedas despedirte bien.
Sonreí despacio, notando cómo la ansiedad cedía paso a una sensación cálida en mi pecho. Le contesté enseguida, antes de pensarlo demasiado:
BELLA
Gracias, Brody. Eres el mejor.
Guardé el teléfono junto a mi pecho, respirando profundamente mientras miraba por el ventanal. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de Nueva York con tonos rosados y dorados.
Mañana me marcharía para siempre.
Pero esta noche, al menos por una última vez, la ciudad seguiría siendo mía.