11
Brody
El sitio al que nos citó el contacto de Liam parecía sacado de una mala película de espías.
Un edificio viejo en el Lower East Side. Escaleras que crujían a cada paso. Una bombilla parpadeando en el rellano del segundo piso como si alguien se hubiera esforzado demasiado en crear ambiente sórdido.
—¿De verdad este tío vive aquí? —murmuré mientras subíamos—. Empiezo a pensar que vamos a encontrarnos con el primo raro de Hannibal Lecter.
Liam soltó una risa por lo bajo.
—Relájate. Sé que esto no es el Ritz, pero el tipo es bueno. Y, por si no lo habías notado, cuando te dedicas a este tipo de favores no eliges sitios visibles. Eliges sitios discretos.
Miré alrededor.
—Claro. Porque nada dice discreción como una bombilla moribunda y unas paredes que no se pintan desde la Guerra Fría.
Liam puso los ojos en blanco, demasiado acostumbrado ya a mí como para molestarse en discutir, y siguió hasta el final del pasillo. Se detuvo frente a una puerta con un número tres torcido y descolorido y llamó con los nudillos.
Esperamos.
Unos segundos después, la puerta se entreabrió apenas y un ojo oscuro apareció por la ranura.
—¿Sí?
—Somos Liam y Brody —dijo mi hermano con toda tranquilidad.
—Ya sé quiénes sois. ¿Habéis traído las fotos?
—Sí —respondí. Las había hecho con el móvil e impreso desde la impresora de la oficina—. Pero si te parece, podríamos hablar de esto dentro y no en este pasillo, que parece el decorado de una serie de terror de bajo presupuesto.
El ojo me observó un segundo más.
Luego la puerta se abrió del todo.
El hombre que apareció al otro lado no se parecía en nada a lo que yo había imaginado. Era bajo, un poco rechoncho, con el pelo revuelto y unas gafas redondas que le daban aire de profesor despistado más que de falsificador profesional.
—Entrad —dijo con tono seco, apartándose.
Pasamos dentro.
Y, para mi sorpresa, el piso estaba bastante mejor de lo esperado.
Todo limpio. Ordenado.
Sobre la mesa del salón había un portátil abierto, varios papeles repartidos con cierto orden, dos tazas de café a medio vaciar y suficiente material informático caro como para que mi hermano y yo no fuéramos, claramente, su clientela más exótica del mes.
—Podéis llamarme Xander —dijo mientras cerraba la puerta—. Aunque, evidentemente, ese no es mi nombre real.
—Qué giro tan inesperado —murmuré.
Liam me lanzó una mirada.
Xander ni se molestó en reaccionar.
—Supongo que entendéis que esto no es legal —dijo, observándonos por encima de las gafas—. Así que necesito saber exactamente en qué me estoy metiendo. ¿Quién es la chica?
—Una amiga en problemas —respondió Liam—. Necesita salir del país cuanto antes y sin dejar rastro.
Xander asintió y se sentó frente al portátil. Luego nos indicó con un gesto que hiciéramos lo mismo.
—Bien. Vamos con la identidad. ¿Habéis pensado en el nombre?
—Chiara —respondí sin dudar—. El apellido te lo dejo a ti. Sorpréndeme.
Xander levantó la vista del teclado y arqueó una ceja, entre divertido e interesado.
—¿Quieres creatividad? Eso se agradece. Me estoy cansando de los Smith, los Johnson y los Miller. —Tecleó algo más y ladeó la cabeza—. Podría ser Chiara Dunham. O Chiara Archer. Chiara Archer suena bien. Tiene carácter.
—Perfecto —dije—. Nos quedamos con Archer.
Él asintió, satisfecho consigo mismo, y volvió a concentrarse en la pantalla.
—Nombre real —pidió a continuación.
Dudé apenas una fracción de segundo.
—¿Es necesario que lo sepas?
—Si voy a hacer esto, quiero saber a quién estoy ayudando a desaparecer.
Asentí, no muy convencido.
—Isabella Rinaldi.
Los dedos de Xander se quedaron quietos sobre el teclado.
Alzó la cabeza despacio.
—Espera —dijo, mirándonos con una sorpresa nada disimulada—. ¿Isabella Rinaldi? ¿La novia fugada de Viktor Bellucci?
Noté cómo se me tensaba el cuerpo entero.
Liam me lanzó una mirada rápida, alerta.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó.
Xander soltó aire por la nariz y negó con una media sonrisa cansada.
—¿Estás bromeando? Hasta mí llegan esas cosas. Es la comidilla de todos los círculos clandestinos últimamente. Debo reconocerlo, tu amiga tiene agallas, eso seguro. No todo el mundo escapa de Bellucci y vive para contarlo.
Me incliné un poco hacia delante y bajé la voz.
—Entonces también entenderás lo delicado que es esto.
Xander levantó las manos con falsa calma.
—Tranquilo, McRae. No me interesan vuestros dramas con Bellucci. Yo solo me dedico a fabricar identidades. Lo que hagáis luego con ellas no es asunto mío.
Respiré hondo, intentando bajar la tensión que me trepaba por dentro desde que el nombre de Bella había salido en voz alta.
La situación ya era bastante complicada sin necesidad de sumar otro idiota bien informado a la ecuación.
—Entonces, ¿puedes hacerlo o no? —pregunté, ya sin paciencia.
Xander volvió al teclado.
—Claro que puedo. Y mejor rápido, por lo que veo. Si alguien necesita desaparecer cuanto antes, es vuestra querida Chiara Archer. Antes conocida como Isabella Rinaldi.
Apreté la mandíbula.
No me gustaba que alguien como él supiera quién era.
Y, precisamente por eso, tenía aún más claro que Bella tenía que irse cuanto antes.
Si hasta ese tipo, encerrado en su cueva de paredes desconchadas y bombillas agonizantes, sabía ya la historia, no podíamos seguir perdiendo tiempo.
***
—¿Mañana? —preguntó Bella, mirándome con asombro—. ¿Mañana ya tendré mi nueva identidad?
—Sí, mañana —respondí, observando con cuidado su cara, intentando adivinar qué estaba sintiendo de verdad—. Pero antes tenemos que decirle el país que has elegido. Necesita cerrar la documentación.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Es tan importante decidirlo ya?
—Sí —le expliqué—. Todo tiene que cuadrar. Pasaporte, registros, historial, referencias. Si algo no encaja, inmigración puede detectar la grieta. Cuanto antes lo decidamos, antes podrá tenerlo listo.
Bella asintió despacio y apartó la mirada hacia el ventanal.
Se quedó en silencio un momento, como si aquella elección aparentemente simple la obligara a asumir de golpe algo que todavía no quería mirar de frente.
—Inglaterra —dijo al fin, casi sin voz—. Prefiero Inglaterra.
Asentí, grabándomelo.
—De acuerdo. Entonces, a partir de mañana, serás Chiara Archer. Ciudadana británica.
Ella asintió, con un suspiro melancólico.
—Chiara Archer... —repitió en un susurro—. Puede que intente irme a algún sitio pequeño, a la campiña inglesa o algo así. He oído que es preciosa.
La imagen se coló en mi cabeza sin permiso.
Bella en algún pueblo perdido de Inglaterra. Caminando por calles húmedas y silenciosas. Con otra vida. Otro nombre. Lejos. Demasiado lejos.
Y la incomodidad que sentí al imaginarlo me pilló completamente desprevenido.
Fue una punzada seca. Un vacío raro.
Me removí un poco en el sofá.
¿Por qué coño me afectaba tanto pensar en ella tan lejos?
Aparté ese pensamiento antes de darle forma y carraspeé.
—Sí, Inglaterra puede ser una buena opción. Además, Londres es demasiado grande, sería fácil rastrearte allí. Un lugar más tranquilo será mucho más seguro.
Bella guardó silencio unos segundos antes de mirarme otra vez, más tensa.
—Brody... hay algo más que me preocupa. El dinero.
Tengo algo ahorrado. No mucho, pero sí un pequeño colchón que logré conservar cuando mis padres se arruinaron.
El problema es que no sé cómo tocarlo sin levantar sospechas.
Y voy a necesitar dinero para empezar de cero, aunque solo sea hasta encontrar trabajo. ..
No me lo pensé ni un segundo.
—No te preocupes por eso —dije—. Transferiré a tu nueva cuenta lo suficiente para que puedas vivir tranquila los primeros meses.
Sus ojos se abrieron de golpe.
—Brody, no. No puedo aceptar eso. Bastante estás haciendo ya por mí. No voy a aceptar también tu dinero.
La miré con firmeza.
—Claro que vas a aceptarlo.
Abrió la boca para replicar, pero alcé una mano antes de que lo intentara.
—No voy a dejar que te marches sola a otro país, con una identidad falsa y sin red. Tengo dinero de sobra. No lo necesito. Tú sí. Así que no voy a discutirlo.
Bella me sostuvo la mirada un segundo más.
Luego bajó los ojos hacia sus manos y sonrió suavemente, resignada.
—Eres increíblemente terco, ¿lo sabías?
—Sí. Me lo han comentado alguna vez.
Eso le ensanchó la sonrisa.
Entonces recordé el sobre que llevaba en el bolsillo.
Lo saqué y se lo tendí.
—Tengo otra cosa para ti. Es de Sue. Ha dejado esta mañana una carta en el apartado.
Bella se quedó quieta un segundo antes de cogerla.
Lo hizo despacio, con los dedos temblándole.
—Gracias, Brody —susurró—. No sabes lo mucho que significa esto para mí.
La miré un momento.
—Sí que lo sé. Te dejo sola para que la leas tranquila. Luego hablamos.
Bella asintió sin decir nada.
Y mientras me levantaba para marcharme, volvió esa sensación.
Esa punzada absurda.
Esa resistencia interna cada vez que pensaba en el momento en que tendría que dejarla ir de verdad.
Y lo peor era que, a esas alturas, ya sabía una cosa con demasiada claridad.
Iba a dolerme mucho más de lo que pensaba admitir.