Brody, millonario y protector (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 3) 10
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Bella

Puede que pedirle a Brody que se quedara hubiera sido infantil. E impulsivo. Y un poco patético, si quería ponerme especialmente cruel conmigo misma.

Pero también era la verdad más limpia que había dicho en mucho tiempo.

Me sentía sola.

Terriblemente sola.

En realidad, siempre me había sentido un poco así. Desde niña. Incluso en mi propia casa, rodeada de mis padres y de ese silencio frío que lo llenaba todo, había vivido con una sensación constante de vacío. De distancia. De no estar del todo acompañada ni siquiera cuando había gente alrededor.

Sue y mis clases habían conseguido aliviarlo durante un tiempo. Lo suficiente para hacerme olvidar que, en el fondo, aquella soledad seguía ahí. Esperando.

Por eso quería tanto mi pequeño apartamento de Greenwich Village. El mismo que Viktor había decidido que debía vender en cuanto nos casáramos.

Era pequeño, sí.

Pero era mío.

Y dentro de aquellas paredes podía respirar. Podía estar sola sin sentirme abandonada. Era una soledad distinta. Elegida.

La presencia de Brody consiguió aflojar un poco la ansiedad que me apretaba el pecho.

Se sentó a mi lado en el sofá, dejando entre nosotros una distancia prudente que, por alguna razón, noté enseguida. Regaliz, como si percibiera el cambio en el ambiente, saltó al suelo, se desperezó con dignidad felina y se alejó hacia la habitación.

—¿Te has estado aburriendo mucho? —preguntó Brody, mirándome de reojo con una media sonrisa.

Me encogí de hombros y le devolví una pequeña.

—No más de lo esperable cuando estás encerrada en un apartamento con un gato como única compañía. Aunque Regaliz tiene bastante conversación, no voy a mentirte.

Él soltó una risa baja.

—Ese fugitivo en miniatura parece tener bastante carácter.

Sonreí y crucé las piernas en el sofá, girándome un poco hacia él.

—Desde luego es más agradable que mi última compañía.

Brody arqueó una ceja.

—¿Viktor?

Negué con la cabeza.

—No. Sus guardaespaldas. No sabes lo insoportable que era tener a dos hombres con traje siguiéndome a todas partes. Eran como dos estatuas. No hablaban. Ni conmigo, ni entre ellos. Hubo días en que casi echaba de menos discutir con Viktor solo para oír una voz humana.

Brody hizo una mueca.

—No suena muy divertido.

—No lo era —admití—. Lo peor era cuando Viktor se enfadaba conmigo.

Me aplicaba la ley del hielo. Podía pasarse días enteros fingiendo que yo no existía, hasta que al final me disculpaba aunque no supiera qué demonios había hecho.

—Solté aire—. Todo con él era una especie de juego retorcido.

Él tenía que ganar siempre. Y yo acababa sintiéndome culpable incluso cuando no entendía de qué se suponía que debía arrepentirme.

Brody me observó con una atención que me hizo bajar un segundo la guardia.

—No era precisamente sano —añadí, más bajo.

Él se quedó en silencio un instante.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

Asentí.

—¿Cómo acabó alguien como él fijándose precisamente en ti?

Me mordí el labio, sintiendo cómo me volvía de golpe a aquella noche.

—Fue hace cuatro años. En una de esas galas benéficas horrorosas a las que mis padres adoraban ir.

Aquella en concreto tenía algún tema relacionado con la cultura italiana o algo así.

No lo recuerdo bien. Solo recuerdo que mi madre insistió tanto en que fuera que al final cedí, aunque odiaba ese tipo de eventos.

—Y ahí apareció Viktor.

—Sí. Y fue un desastre desde el primer minuto.

Brody sonrió un poco.

—Eso suena prometedor.

No pude evitar reírme.

—¿Sabes esas escenas de película en las que la chica torpe le tira accidentalmente una copa encima al hombre más importante de toda la sala?

Su sonrisa se ensanchó.

—¿No me digas que hiciste exactamente eso?

—Hice exactamente eso —admití—. Viktor estaba allí, impecable, con un traje que debía costar más que varios meses de mi sueldo, rodeado de gente. Yo acababa de coger una copa de vino rosado, me giré demasiado deprisa y se la estampé entera sobre la camisa blanca.

Brody soltó una carcajada.

Y, por primera vez en todo el día, sentí que respirar era un poco más fácil.

—Debió de ser memorable —dijo Brody—. Aunque no sé si lo bastante como para obsesionarse contigo.

Solté el aire y me encogí un poco de hombros.

—Creo que no fue el vino. Creo que fui yo.

Me puse tan nerviosa que empecé a disculparme como una idiota.

Pero luego vi esa expresión suya, esa mezcla de arrogancia y superioridad, y algo en mí se removió.

Dejé de pedir perdón y le dije que quizá necesitaba relajarse y dejar de tomarse a sí mismo tan en serio.

Brody arqueó una ceja.

—Eso debió de sentarle fatal.

—Muchísimo. Y todo el mundo estaba mirando. Nadie le hablaba así. Nadie lo contradecía. Supongo que, en lugar de ofenderse sin más, decidió convertirlo en un reto. Como si yo fuera algo que tenía que conseguir solo porque no se lo estaba poniendo fácil.

Brody asintió despacio, procesándolo.

—Muchas veces me he preguntado qué habría pasado si aquella noche no hubiera ido a esa gala —murmuré—.

Si no hubiera cogido esa copa. Si no se la hubiera tirado encima.

Si nunca lo hubiera conocido. No sé si se habría obsesionado igualmente de otra manera.

No sé si habría encontrado otra forma de meterse en mi vida.

No sé si habría aprovechado igual la ruina de mis padres para intentar arrastrarme a todo esto.

No levanté la vista hasta que noté el calor de su mano sobre la mía.

Fue un gesto suave. Casi vacilante.

Pero me atravesó igual.

Alcé los ojos y me encontré con los suyos.

—Quizá ya no importe tanto lo que podría haber sido distinto. Lo importante es lo que hagas a partir de ahora.

Asentí despacio.

Y respiré hondo, como si con eso pudiera empujar de una vez todos aquellos pensamientos fuera de mi cabeza.

Tenía razón.

No podía seguir viviendo dentro de lo que ya no podía cambiar.

—Vale. Ya está bien de drama —dije al final, intentando recuperar algo de ligereza—. ¿Te apetece que veamos una película o algo? Necesito distraerme con cualquier cosa que no incluya pensar en Viktor Bellucci.

Brody me miró con una sorpresa leve, y luego sonrió, como si agradeciera el cambio de rumbo tanto como yo.

—Sí. Buena idea. ¿Alguna preferencia?

Me encogí de hombros.

—Teniendo en cuenta que llevo días viendo películas sobre atracos y huidas, diría que necesito cambiar bastante de registro. Nada de persecuciones, ni de policías, ni de bancos reventados.

Brody soltó una risa baja mientras cogía el mando.

—Entendido. Prometo buscar algo que nos haga reír y que no incluya a nadie escapando por una ventana.

—Perfecto —dije, justo cuando Regaliz volvió a saltar al sofá y se acomodó sobre mi regazo—. Te dejo elegir. Sorpréndeme con ese gusto cinematográfico tuyo, McRae.

Brody sonrió, divertido.

—Solo te aviso de que los McRae tenemos unos estándares peculiares.

—Qué misterio.

—Luego no digas que no te advertí.

Me reí en voz baja y me acomodé mejor en el sofá.

Y, por primera vez en días, conseguí relajarme de verdad.

La tarde con Brody acabó siendo exactamente lo que necesitaba.

Durante la película descubrí que, además de tener bastante mejor gusto del que yo esperaba, también era sorprendentemente gracioso. Tenía un humor seco, rápido, afilado, y esa clase de comentarios murmurados a media voz que te hacen reír incluso cuando intentas no hacerlo.

Más de una vez me descubrí olvidando dónde estaba.

Olvidando por qué estaba allí.

Olvidándolo todo, en realidad.

Después de la película, acabamos picando algo en la cocina. Cosas sencillas. Orgánicas, por supuesto. Y él pareció disfrutar de la comida incluso más que yo.

Cuando lo mencioné, él puso los ojos en blanco con una indignación tan fingida que me hizo reír otra vez.

Y, por raro que sonara, tuve la sensación de que él también lo estaba pasando bien.

Más tarde encontramos varios juegos de mesa en uno de los armarios del salón y decidimos matar el tiempo con una partida rápida.

Fue entonces cuando descubrí otra faceta inesperada de Brody McRae.

Era un perdedor lamentable.

Cada vez que yo ganaba una ronda, negaba con la cabeza, protestaba y me acusaba de hacer trampas con una indignación tan poco convincente que me hacía reír todavía más.

—Eso no vale —dijo por tercera vez, señalándome como si acabara de desenmascarar a una criminal internacional—. Estás manipulando el tablero con energía oscura.

—Claro —respondí, conteniendo la risa—. Mis grandes poderes ocultos. Era evidente.

—Yo solo digo que nadie encadena tanta suerte sin ayuda sobrenatural.

Su forma de ponerse teatralmente dramático cada vez que perdía era tan infantil y absurda que me relajó por completo.

Sin darme cuenta, empecé a sonreír de verdad.

No esa sonrisa educada que se pone para sobrevivir.

Una sonrisa de las buenas.

De las que salen solas.

Cuando terminamos y empezamos a recoger el juego entre pullas, comentarios tontos y esas miradas rápidas que ya empezaban a parecerse demasiado a una costumbre, me di cuenta de algo que me dejó quieta por dentro.

Hacía muchísimo tiempo que no me sentía así.

No solo acompañada.

Feliz.

Plenamente feliz, aunque fuera por unas horas robadas, por una tarde prestada que no me pertenecía del todo.

Y quizá precisamente por eso dolía un poco.

Porque sabía que era temporal.

Porque sabía que no podía quedármelo.

Pero incluso así, aquella tarde sencilla y doméstica con Brody me había dado algo que no esperaba volver a sentir tan pronto.

Esperanza.

Y fue entonces, mientras él abría y cerraba armarios en la cocina y me preguntaba qué me apetecía cenar, cuando el pensamiento apareció de golpe, claro e inoportuno.

Sería muy fácil enamorarme de Brody.

Demasiado fácil.

Porque Brody era exactamente esa clase de hombre que una no sabe que ha estado buscando hasta que lo encuentra.

Aunque llegue en el peor momento.

Aunque no toque.

Aunque sea, de entrada, imposible.

Y, como si el universo quisiera empujarme de nuevo a la realidad, el móvil de Brody vibró.

Él bajó la vista, leyó el mensaje y frunció el ceño.

—Es Liam —dijo. Se me tensó el cuerpo antes de que añadiera nada más—. Dice que su contacto ya está en la ciudad. Podría tener el pasaporte en menos de cuarenta y ocho horas.

Sentí que el tiempo se deformaba a mi alrededor.

No supe si se estaba acelerando o si, sencillamente, se me estaba acabando.

Y no tenía claro cuál de las dos cosas me asustaba más.