Brody, millonario y protector (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 3) 9
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Brody

Hacerle llegar la carta a Sue no fue tan fácil como había creído al principio.

En cuanto Bella me dijo que era su mejor amiga, di por hecho que Viktor la tendría vigilada. No hacía falta ser un genio para imaginar que un hombre como él controlaría de cerca a cualquiera que pudiera conducirlo hasta ella.

Cuando averigüé que Sue trabajaba en el Jardín Botánico de Brooklyn, me paré a pensarlo bien.

No podía aparecer allí sin más y plantarle la carta en la mano. Era demasiado obvio. Necesitaba algo discreto, algo que no llamara la atención.

Después de darle muchas vueltas, se me ocurrió un plan.

No era brillante. Pero sí lo bastante simple como para funcionar.

Doblé la carta de Bella, la metí en un sobre blanco y la guardé dentro de una caja pequeña de cartón.

Para disimular, añadí un libro sobre plantas medicinales que compré expresamente para la ocasión.

Sue trabajaba en el Jardín Botánico. Era un regalo lógico.

Creíble. Si alguien lo veía, pensaría en un paquete cualquiera.

No era perfecto.

Si uno de los hombres de Viktor abría la caja antes de que llegara a sus manos, estábamos jodidos.

Pero era el riesgo más razonable que podía correr.

Y no bastaba con hacerle llegar la carta.

Bella necesitaba también una forma segura de recibir respuesta.

Así que añadí un segundo sobre, más pequeño, con una nota breve y unas instrucciones claras.

Sue:

Dentro del libro encontrarás un sobre vacío y sellado, con franqueo pagado y una dirección segura. Escribe tu respuesta, ciérralo bien y déjalo tú misma en cualquier buzón público lejos de tu casa y de tu trabajo. Mejor si es en una zona concurrida.

Gracias por ayudarla.

Un amigo.

La dirección que le di era la de un apartado de correos alquilado con otra identidad. Me lo había conseguido el contacto de Liam, que al parecer era sorprendentemente eficiente cuando se trataba de cometer ilegalidades con elegancia.

Lo revisé todo dos veces antes de llevar el paquete a una oficina postal lo bastante lejos del castillo. Lo envié por mensajería urgente, dirigido personalmente a Sue.

Cuando salí de allí, sentí una mezcla incómoda de tensión y satisfacción.

Sabía que me estaba arriesgando más de la cuenta.

También sabía que, si eso significaba algo para Bella, iba a seguir haciéndolo.

—¿Todo eso has hecho solo para hacerle llegar la carta a Sue? —preguntó Bella, asombrada, el martes por la tarde.

Tardé cuarenta y ocho horas en montar aquella pequeña operación. Escuchado en voz alta, sonaba incluso más complicado de lo que había sido.

—Sí —dije, quitándole importancia—. Ahora solo queda esperar que funcione y que Sue conteste sin meter la pata.

Bella me miró con una sonrisa entre incrédula y enternecida.

Y, como de costumbre, cometí el error de devolvérsela.

Llevaba puestos otra vez aquellos pantalones suaves y holgados que le había comprado. La camiseta blanca, sencilla, hacía que su piel pareciera todavía más clara. Se había recogido el pelo en una coleta alta con el pañuelo que yo le había dejado el sábado.

No tenía ningún sentido que estuviera tan guapa así.

Ninguno.

Pero lo estaba.

La miré más de la cuenta.

Y, por supuesto, ella levantó la vista justo a tiempo para pillarme.

Aparté la mirada enseguida y carraspeé, incómodo conmigo mismo.

—Gracias otra vez —dijo ella en voz baja, más seria esta vez—. Te has tomado demasiadas molestias por mí. Ojalá poder devolverte el favor algún día.

Preferí no detenerme demasiado en eso.

—¿Has pensado ya adónde querrías irte? —pregunté, más por cambiar de tema que por otra cosa.

Bella soltó un suspiro suave y se puso a jugar con la punta del pañuelo que le recogía el pelo. Se quedó pensativa un momento.

—No lo sé —admitió al final—. He pensado en Italia. Hablo italiano y siempre me ha atraído la idea de vivir cerca del Mediterráneo. Pero también podría ser Canadá. O Inglaterra. Quizá me resultaría más fácil adaptarme en un sitio donde se hable inglés.

Asentí despacio.

Tenía sentido. Aquello ya era bastante monstruoso de por sí como para, encima, acabar en un lugar en el que no pudiera ni pedir un café sin sentirse perdida.

—Supongo que también dependerá de la identidad que pueda conseguir el contacto de Liam —dije—. Pero intentaremos ajustarnos a lo que prefieras, dentro de lo posible.

Ella asintió, aunque noté cómo se tensaba un poco al oírlo. Seguía sin hacerse a la idea. Normal.

Se quedó mirando sus manos unos segundos más.

Cuando volvió a levantar la cabeza, sus ojos oscuros estaban llenos de una incertidumbre que me apretó algo por dentro.

—¿De verdad crees que puede funcionar, Brody? ¿Crees que podré volver a tener una vida normal?

Sostuve su mirada.

—Por supuesto que sí —le aseguré con firmeza—. Puede que no te conozca mucho, pero lo poco que sé de ti me basta para entender que eres una mujer fuerte y llena de determinación. De lo contrario, jamás habrías logrado escapar de las garras de Viktor.

Bella asintió un poco.

Sonrió, pero fue una sonrisa débil, triste, de las que no llegan a los ojos.

Regaliz, a su lado, nos observaba con esa expresión indiferente con la que los gatos parecen juzgar el drama humano sin implicarse jamás.

—Todavía estoy intentando asumir que dentro de unos días voy a dejar atrás toda mi vida —murmuró al final—. Sé que debería sentirme afortunada por tener una oportunidad de empezar de cero, pero sigue doliendo.

Noté un tirón extraño en el pecho.

Y por un momento estuve a punto de decir algo que seguramente no debía.

Algo amable. Algo demasiado cercano.

No lo hice.

—Será mejor que me vaya —murmuré al final, poniéndome en pie—. Seguramente querrás estar tranquila.

Había dado apenas un par de pasos cuando sentí un tirón suave en la manga de la camisa.

Me detuve en seco.

Al girarme, me la encontré muy cerca.

Bella seguía sujetando la tela entre los dedos. Levantó la vista despacio y me clavó esos ojos enormes, oscuros, demasiado sinceros.

—¿Te importaría quedarte un rato más conmigo? —preguntó casi en un susurro—. Sé que probablemente tendrás otras cosas que hacer, pero... me siento muy sola.

El mundo se estrechó de golpe.

Solo estaba ella.

Su mano en mi camisa.

La forma en que se mordía un poco el labio.

La vulnerabilidad desnuda en su voz.

Mi cabeza reaccionó primero.

Me gritó que mantuviera las distancias. Que no hiciera eso. Que aquello era exactamente la clase de error que no podía permitirme.

Pero había otra parte de mí, una mucho más fuerte y mucho menos sensata, que ya había tomado la decisión antes de que yo pudiera pensarla.

Asentí despacio.

—Claro que me quedo —dije en voz baja—. Todo el tiempo que necesites.