Brody, millonario y protector (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 3) 7
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Brody

Miré el reloj por tercera vez en menos de cinco minutos.

Las diez de la mañana.

Llevaba despierta desde las seis, incapaz de volver a dormirme después de una noche entera de pesadillas. Viktor encontrándome. Viktor arrastrándome hasta el altar mientras yo intentaba gritar y no me salía la voz. Solo recordarlo me revolvía el estómago.

Solté el aire y me acomodé mejor en el sofá, abrazando un cojín mientras Regaliz ronroneaba a mi lado con esa calma insultante que solo tienen los gatos y la gente que no está huyendo de un futuro espantoso.

Le acaricié el lomo distraídamente y levanté la vista hacia el espejo del salón.

Llevaba puesta la ropa que Brody me había traído el día anterior. Un pantalón gris claro de algodón y una camiseta blanca de manga larga. Debajo llevaba la ropa interior que también encontré en la bolsa. Incluso las zapatillas deportivas me iban perfectas.

Eso era lo inquietante.

No solo que hubiera acertado con la talla. Era la sensación de que me había mirado lo suficiente como para saber qué necesitaba sin que yo tuviera que pedírselo.

Y eso, dadas las circunstancias, me parecía tan peligroso como reconfortante.

La verdad era que agradecía todos aquellos pequeños detalles mucho más de lo que quería reconocer.

Durante los últimos años, con mi familia luchando por no hundirse del todo, me había acostumbrado a recortar caprichos y fingir que no me importaba.

Pero nunca terminé de renunciar a ciertas cosas.

La ropa ecológica, los productos naturales, la comida orgánica... Sonaba a problema de niña rica, lo sabía, pero tenía la piel sensible, el estómago delicado y una incapacidad bastante seria para fingir que cualquier cosa me servía.

Me removí inquieta y repasé mentalmente la mañana.

Había desayunado tostadas con aguacate y semillas, y un té verde con jengibre que también venía en la bolsa que me dejó.

Después me había duchado con unos productos de aroma cítrico que, evidentemente, también había escogido él.

Aquel detalle me hizo sonreír a mi pesar.

Porque, incluso incómodo y claramente sobrepasado por todo esto, Brody se había preocupado de verdad.

Miré otra vez hacia la puerta y me mordí el labio.

Estaba nerviosa.

Mucho más de lo que pensaba admitir.

Y, como si me hubiera oído pensarlo, la puerta se abrió con suavidad.

Brody entró en el apartamento y cerró detrás de sí con cuidado.

—Buenos días.

Su voz sonó grave y tranquila, pero debajo de esa calma había algo tenso, contenido.

—Hola.

Se acercó y se sentó frente a mí con una naturalidad que rozaba lo ofensivo, como si esconder a la novia fugitiva de un criminal peligroso en un apartamento secreto fuera una gestión más de su agenda.

Regaliz levantó la cabeza, lo observó un segundo y decidió que no merecía la pena moverse.

—¿Has desayunado bien? —preguntó Brody.

Asentí despacio, intentando no fijarme en lo ridículamente atractivo que seguía estando incluso vestido de forma normal. Vaqueros gastados y camiseta oscura marcándole el pecho y los hombros.

Todo en él daba sensación de control.

Incluso cuando era evidente que no tenía ninguno.

—Sí. Has acertado con todo —dije, intentando sonar serena.

Brody arqueó una ceja, con esa media sonrisa burlona que empezaba a resultarme peligrosamente difícil de ignorar.

—Solo intentaba estar a la altura de tus exigentes estándares. No quería arriesgarme a una queja formal.

Puse los ojos en blanco, divertida a mi pesar.

Y fue ridículo lo mucho que me alivió aquello.

Como si bastara un comentario tonto, una mirada suya, para aflojar un poco la tensión que llevaba apretándome el pecho desde que me desperté.

Entonces algo cambió entre nosotros. Un silencio cálido, denso, nos sobrevoló durante unos segundos que parecieron eternos.

Brody dejó de sonreír, su expresión se volvió más seria y su mirada recorrió lentamente mi rostro, deteniéndose en mis ojos como si fuera la primera vez que realmente me veía.

Tragué saliva, incapaz de apartar la vista, sintiendo cómo mi corazón comenzaba a latir peligrosamente más rápido.

Él carraspeó finalmente, rompiendo el momento y apartando la mirada con incomodidad.

—Bella, tenemos que hablar del futuro.

Solté una risa nerviosa, aferrándome a la broma como mecanismo de supervivencia.

—Vaya, qué rápido vas, McRae. Ni siquiera hemos tenido una cita.

Pero no sonrió.

Y eso bastó para tensarme otra vez.

—No bromeo —dijo, mirándome fijamente—. Tenemos que hablar de lo que va a pasar a partir de ahora. Dos de mis hermanos ya saben que estás aquí. Lo hemos hablado y hemos llegado a una conclusión. Tienes que irte del castillo. Y del país.

Lo miré sin entender.

O quizá entendiéndolo demasiado bien y negándome a aceptarlo.

—Perdona... ¿qué?

Brody soltó aire, incómodo.

—Viktor te encontrará tarde o temprano si sigues aquí. Uno de mis hermanos conoce a alguien que puede conseguirte una identidad falsa. Un pasaporte. Una salida. Podrías empezar de cero en otro sitio.

Negué despacio, sintiendo cómo la ansiedad me trepaba por dentro.

—No. No quiero irme.

Se tensó un poco.

—¿Y cuál es tu plan? ¿Esconderte aquí para siempre?

Su tono no fue cruel, pero sí firme. Demasiado firme.

—Bella, yo también estoy metido en esto. No puedo alargar esta situación indefinidamente y esperar que no nos descubran. No solo me afecta a mí. Mis hermanos también están implicados. Lo entiendes, ¿verdad?

Bajé la mirada un instante, intentando tragarme el nudo que tenía en la garganta.

Claro que lo entendía.

Y precisamente por eso dolía más.

—Tengo una vida aquí —susurré.

Él negó despacio, suavizando un poco la voz.

—¿Qué vida, Bella? Según me contaste, tu familia prácticamente te entregó a Viktor para salir de la ruina. Dudo mucho que quieras volver a eso.

—Está Sue —solté al instante—. Mi mejor amiga. Ella sí me importa. Y también están los niños.

Frunció el ceño.

—¿Qué niños?

Tragué saliva. Noté cómo se me quebraba un poco la voz al decirlo.

—Soy profesora en una escuela. Tengo alumnos. Niños que me esperan cada día. Niños que me necesitan. No puedo desaparecer sin más. No puedo hacer como si no importaran.

Brody me miró con una sorpresa difícil de disimular.

Como si la idea de que yo fuera profesora no encajara en absoluto con la imagen que se había hecho de mí.

Lo noté al instante.

—Sí, ya lo sé —murmuré, incómoda—. No tengo exactamente pinta de maestra de infantil.

Me costó bastante convencer a mis padres para que me dejaran estudiar Magisterio en vez de Derecho, Empresariales o cualquiera de esas carreras horribles que, según ellos, tenían más sentido para alguien como yo.

Y Viktor... —solté una risa amarga y negué con la cabeza—.

Viktor me dijo que podía seguir trabajando en la escuela hasta que me quedara embarazada.

Después, según él, ya podría dedicarme a mi verdadero papel.

Ser una esposa perfecta, elegante y decorativa.

Brody no dijo nada.

Se limitó a mirarme con esos ojos azules demasiado atentos, como si estuviera recolocando piezas dentro de su cabeza.

—Puedes dar clase en otro sitio —dijo al final, en voz baja—. Empezar de cero.

Solté el aire despacio.

—¿Y mis niños? Está Ben. Sus padres se divorciaron hace poco y lo está pasando fatal.

Está Lily, que tenía muchísimos problemas para leer y por fin está avanzando.

Está Aaron, que no puede estarse quieto ni treinta segundos pero que, si consigues que te escuche, tiene una cabeza increíble para las matemáticas.

No son solo alumnos, Brody. Son niños a los que veo cada día.

Niños que me esperan. Que confían en mí.

No puedo desaparecer sin más. No puedo hacer como si no importaran.

Me callé.

Durante unos segundos no vi el apartamento, ni el sofá, ni siquiera a Brody.

Vi una pizarra de juguete. Peluches sentados en fila. Mi voz de niña explicando cosas que apenas entendía. Vi todos los años en los que quise exactamente eso. Mi propia clase. Mis alumnos. Mi sitio.

Nunca me había planteado que alguien pudiera arrancármelo de golpe.

El silencio cayó otra vez entre nosotros, más pesado esta vez.

Regaliz levantó la cabeza un segundo, como si hasta él notara que el aire había cambiado.

—Bella, lo entiendo. De verdad. Y si hubiera otra salida, no te estaría proponiendo algo así.

Pero ya no se trata solo de ti. Ni siquiera de mí.

Mis hermanos están metidos en esto. Tu amiga Sue también.

Y si Viktor decide presionarte, podría usar cualquier cosa.

A cualquiera. Incluso a esos niños de los que me hablas.

Negué muy despacio, como si así pudiera empujar lejos esa idea.

—Entonces... ¿tengo que abandonarlo todo? ¿Mi vida entera?

Brody soltó aire y se inclinó un poco hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.

—Sé que no es justo. Nada de esto lo es. Pero la alternativa es peor. Si Viktor te encuentra, no habrá forma de deshacerlo.

Me quedé callada.

Sentí, con una claridad espantosa, cómo algo dentro de mí empezaba a rendirse.

—¿Cuándo tendría que irme?

Brody negó despacio y se pasó una mano por la nuca.

—Aún no lo sé. El contacto de mi hermano no ha dado plazos. Pero supongo que será pronto.

Cerré los ojos un segundo.

Lo odiaba.

Odiaba que tuviera razón.

Odiaba que todo aquello sonara a única salida posible.

Pero Viktor no era un hombre al que pudieras derrotar y seguir con tu vida como si nada. Si quería recuperarme, haría lo que hiciera falta. Y no podía permitir que arrastrara a Sue, a mis alumnos, a Brody o a su familia por mi culpa.

Así que sí.

Al parecer, aquello era lo que me quedaba.

Empezar de cero en otra parte.

Otra ciudad. Otra vida. Otro nombre.

Como si pudiera arrancarme de mí misma y confiar en que, aun así, siguiera quedando algo.

—¿Puedo al menos elegir mi nueva identidad? —pregunté al final.

Intenté que mi voz sonara firme, aunque por dentro me sentía de todo menos firme.

Brody pareció sorprendido, pero asintió.

—Supongo que sí. No veo por qué no.

Me quedé en silencio unos segundos, acariciando el lomo de Regaliz sin mirarlo realmente.

Después levanté la vista hacia Brody.

—Quiero llamarme Chiara.

Él frunció apenas el ceño, con una curiosidad suave.

—¿Por algo en especial?

Asentí despacio.

—Era el nombre de mi abuela materna. La única persona de mi familia que siempre me apoyó. La única que creyó en mí cuando decidí ser maestra. Si tengo que convertirme en otra persona, quiero llevarme algo de ella conmigo.

El silencio que cayó después no fue incómodo.

Fue distinto.

Más quieto. Más cercano.

Brody me sostuvo la mirada un segundo y luego sonrió apenas, con una suavidad que desarmaba más que cualquiera de sus bromas.

—Chiara, entonces —dijo en voz baja—. Me gusta.

Asentí.

La angustia seguía ahí. El miedo también.

Pero, mezclado con todo eso, empezó a abrirse paso algo más.

Una especie de determinación frágil. Inestable. Casi nueva.

Quizá podría hacerlo.

Quizá podría marcharme, convertirme en Chiara y dejar atrás a Viktor, a mi familia y todo lo que habían intentado decidir por mí.

Quizá.

Pero antes tendría que encontrar el valor para saltar.