Brody, millonario y protector (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 3) 5
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Bella

Me dejé caer en el sofá y me hundí entre los cojines como si pudiera desaparecer dentro de ellos.

Cerré los ojos.

Respiré despacio.

No quería pensar demasiado. Porque si lo hacía, iba a ponerme a llorar otra vez. Y no podía permitírmelo.

No ahora.

No cuando, por primera vez en todo el día, tenía un poco de calma.

Aunque fuera prestada.

Aunque fuera temporal.

La realidad seguía siendo la misma.

Seguía metida hasta el cuello en la mierda.

No tenía ni idea de cómo iba a salir de aquello, y el alivio que había sentido al entrar en el apartamento empezaba a evaporarse. En su lugar solo quedaba ansiedad.

Porque Viktor no iba a rendirse.

Nunca lo hacía.

Y en cuanto me encontrara, porque sabía perfectamente que acabaría encontrándome, volvería a empujarme hacia él.

Inspiré hondo e intenté frenar el temblor que empezaba a apoderarse otra vez de mi cuerpo.

Mi mano fue sola al bolsillo del uniforme.

Allí seguía mi móvil.

Milagrosamente.

Lo tenía apagado, claro. No pensaba ponérselo fácil a nadie. Y mucho menos a Viktor. Si existía una forma de rastrearlo, estaba segura de que él la conocía.

Pero el móvil no era solo un móvil.

Era un salvoconducto.

Lo único capaz de cambiarlo todo.

Hacía solo unos días había descubierto algo por accidente. Algo peligroso. Algo que podía hundir a Viktor Bellucci para siempre.

Había sido en la casa en la que él esperaba que viviéramos después de la boda.

Solo pensarlo me daban ganas de vomitar.

Aquel día entré en su despacho con la excusa de curiosear un poco. No debía hacerlo. Lo sabía.

Viktor siempre guardaba sus secretos bajo llave.

Siempre.

Pero aquella vez se dejó una carpeta en el escritorio.

Aún recordaba el vuelco que me dio el corazón al verla.

Y cómo me temblaron las manos cuando la abrí.

Dentro había de todo.

Contratos sospechosos.

Transferencias imposibles de justificar.

Nombres vinculados a negocios turbios.

Papeles que gritaban ilegalidad por los cuatro costados.

Papeles capaces de mandar a Viktor Bellucci directo a prisión.

Y yo los tenía.

O, al menos, tenía pruebas.

Porque reaccioné sin pensar. Saqué el móvil e hice fotos rápidas antes de que él pudiera sorprenderme husmeando.

Ahora mismo aquello era lo único que jugaba a mi favor.

Lo único que de verdad podía detenerlo.

Y lo sabía.

Sabía perfectamente lo que debería hacer.

Ir a la policía.

Entregarlo todo.

Acabar con esto.

Pero mi familia dependía por completo de Viktor.

Mi padre.

Mi madre.

El negocio familiar.

Todo.

Si yo entregaba esas pruebas, todo saltaría por los aires.

Y Viktor no tardaría ni un segundo en arrastrarlos con él.

Cerré los ojos con fuerza y me mordí el labio inferior.

Rabia.

Impotencia.

Miedo.

Todo se me mezclaba dentro de una forma insoportable.

¿Qué se suponía que tenía que hacer?

¿Callarme y aceptar una vida que me asfixiaba?

¿O destruir a mi familia para salvarme a mí misma?

Me hundí un poco más en el sofá y apreté el móvil contra el pecho.

La angustia volvió a cerrarse sobre mí.

Joder.

Estaba atrapada.

Sin salida.

Entonces oí un ruido suave en una de las habitaciones.

Abrí los ojos de golpe.

Me incorporé despacio.

El corazón volvió a latirme más rápido.

¿Qué demonios había sido eso?

Me puse en pie y avancé hacia la puerta entreabierta del dormitorio.

Despacio.

Con cuidado.

Asomé la cabeza.

Y entonces lo vi.

Un gato negro pequeño me observaba desde el centro de la cama con esos ojos brillantes y curiosos que solo tienen los gatos.

Solté una risa de puro alivio.

El gato se acercó sin ningún miedo. Saltó al suelo con agilidad y se restregó contra mis piernas.

—¿Pero tú qué haces aquí? —susurré, agachándome para acariciarlo—. ¿Vives aquí o eres un fugitivo como yo?

El gato ronroneó al instante, reclamando más caricias.

Sonreí.

Noté cómo algo se aflojaba dentro de mí mientras mis dedos se deslizaban por su pelaje suave.

—Siempre quise tener un gato, ¿sabes? —le susurré—. Pero Viktor dijo que nada de animales. Al parecer no encajaban con su plan maestro de convertirme en esposa decorativa.

El gato levantó la cabeza y me miró como si entendiera perfectamente cada palabra.

—Creo que voy a llamarte Regaliz —dije al final, acariciándole el lomo negro—. ¿Te gusta?

Me respondió restregándose aún más contra mí.

Claramente, sí.

—Bien, Regaliz —suspiré, volviendo al sofá con él en brazos—. Parece que ahora somos dos fugitivos.

***

Varias horas después, me desperté algo desorientada al oír la puerta principal.

Me incorporé de golpe.

Regaliz bajó de mi regazo con toda la tranquilidad del mundo y estiró las patas delanteras.

Brody entró cargado con varias bolsas. Se detuvo un segundo al verme acurrucada en el sofá con el gato sentado a mis pies.

—Vaya —comentó, alzando una ceja—. Veo que has hecho nuevas amistades.

—Este es Regaliz —anuncié, acariciándole distraídamente las orejas—. Estaba en la habitación. He decidido adoptarlo temporalmente.

Brody negó con la cabeza mientras dejaba las bolsas sobre la encimera.

—Debe de haberse escapado del refugio —dijo—. Tenemos uno aquí en Dunbrae. Lo montó mi hermano Ewan con su prometida. Ese pequeño cabrón seguramente es uno de sus huéspedes fugados.

Sonreí, más animada.

—Entonces tenía razón. Es un fugitivo como yo. ¿Ves? Estamos hechos el uno para el otro.

Brody puso los ojos en blanco, aunque no se le escapó del todo cierta suavidad en la mirada.

—Te he traído lo que pediste —dijo, señalando las bolsas—. Comida ecológica. Ropa cómoda. También orgánica, porque al parecer tu piel es especialmente delicada…

Puse los ojos en blanco.

—Y también algunas cosas de aseo y un móvil —añadió, dejando un teléfono sencillo sobre la mesa—. Para que puedas comunicarte de forma segura.

—Oh, no hace falta —respondí enseguida—. Tengo el mío.

La expresión de Brody cambió al instante.

Su cara se tensó.

Sus ojos se clavaron en mí.

—¿Tienes tu móvil aquí? —repitió con incredulidad—. ¿Estás loca, Bella? Podrían rastrearlo.

Levanté las manos.

—Tranquilo. Está apagado desde que escapé —le aseguré—. No soy tan tonta.

Pero él negó con la cabeza.

Seguía serio.

Demasiado serio.

—Da igual que esté apagado, puede ser rastreado —dijo con firmeza—. ¿No sabes con quién estamos tratando? Estamos hablando de Viktor Bellucci.

Di un pequeño paso hacia él.

—Pero no puedo deshacerme del móvil.

Alzó una ceja.

Tenso.

—Más te vale darme una buena razón, porque ahora mismo lo único sensato sería tirarlo al fondo del Hudson.

Suspiré hondo.

Ya que había llegado hasta allí, no tenía sentido seguir callándomelo.

—Tengo algo dentro. Algo importante.

Sus ojos se entrecerraron.

—Define importante.

Apreté los labios.

—Fotos. Documentos. Información delicada sobre Viktor. Cosas que, si salieran a la luz, podrían hundirlo. Por eso necesito conservarlo.

El silencio que cayó entre los dos fue denso.

Pesado.

Brody pasó una mano por su pelo y soltó el aire con frustración.

—Joder, Bella —murmuró—. ¿Y llevas eso encima como si nada?

—No he tenido mucho tiempo para pensar —repliqué—. Mi prioridad era salir corriendo, por si no lo recuerdas.

Brody se quedó callado unos segundos.

Se notaba que estaba haciendo un esfuerzo por no soltar lo primero que le pasaba por la cabeza.

Al final asintió.

Seco.

—Vale. Lo entiendo. Pero no puede seguir aquí. Es demasiado arriesgado.

—Entonces… ¿qué hacemos?

Guardó silencio un instante más.

Pensando.

Luego soltó el aire.

—Dámelo.

Parpadeé.

—¿Qué?

—El móvil, Bella —repitió, tendiéndome la mano—. No puede quedarse contigo.

Lo miré unos segundos.

Dudé.

Pero al final lo saqué del bolsillo del uniforme y se lo entregué despacio, como si con ese gesto estuviera cediendo algo mucho más valioso que un simple teléfono.

Brody lo sostuvo y lo observó con el ceño fruncido.

—Lo guardaré de forma segura —dijo.

—¿Cómo de segura? —pregunté al instante.

Alzó la vista hacia mí.

—Voy a salir a comprar una bolsa Faraday.

Fruncí el ceño.

—¿Una qué?

—Una bolsa que bloquea cualquier señal —explicó con paciencia—. Da igual que el móvil esté encendido o apagado. No entra ni sale nada. Es como si dejara de existir.

Lo miré un momento, procesándolo.

—Vale… eso suena bastante bien.

—Lo es —asintió—. Mientras esté dentro, no podrán rastrearlo. Tú usa el otro móvil, pero solo conmigo. A estas alturas doy por hecho que Viktor tiene pinchados los teléfonos de todos tus conocidos.

Solté una pequeña exhalación y me crucé de brazos.

—Al menos me gustaría avisar a Sue de que estoy bien —protesté en voz baja—. Debe de estar preocupada.

Brody negó despacio.

Ni un milímetro de duda.

—Bella, ahora mismo hay prioridades —dijo con calma firme—. Y la principal es no levantar sospechas.

Lo miré en silencio.

Sabía que tenía razón.

Lo sabía perfectamente.

Y eso era casi lo más irritante de todo.

—Está bien —dije al final—. Nada de mensajes. Lo he pillado.

Me sostuvo la mirada un instante más, como asegurándose de que iba en serio.

Luego asintió, guardó mi móvil en el bolsillo interior de la chaqueta y se encaminó hacia la puerta.

—Vendré mañana a la hora del desayuno para ver cómo estás —dijo antes de salir—. Es domingo, así que al menos no tendré que preocuparme por reuniones absurdas.

—Qué suerte la tuya —respondí con sarcasmo.

Brody puso los ojos en blanco, aunque no se le escapó del todo una sonrisa.

—Intenta descansar, Bella —añadió ya desde la puerta—. Y mantente fuera de problemas.

Acaricié a Regaliz mientras lo miraba.

—Lo intentaré.

La puerta se cerró despacio detrás de él.

Solté el aire.

Al fin sola.

Me acomodé un poco más entre los cojines y miré al gato.

—¿Lo has oído, Regaliz? —murmuré—. Parece que esta noche nos toca sesión intensiva de sofá y series.

Él ronroneó con total tranquilidad y cerró los ojos, como si todo aquello no fuera con él.

En el fondo, lo envidiaba.

Al menos Regaliz no tenía que preocuparse por lo que podía pasar mañana.