4
Brody
Nada más poner un pie fuera del despacho, sentí cómo se me aceleraba el pulso.
Bella iba justo detrás de mí. En silencio. Pero no hacía falta mirarla para saber que estaba aterrada. Sus pasos, inseguros, resonaban suaves sobre el suelo de piedra.
Hasta hacía media hora, aquel castillo era solo un negocio.
Ahora era el centro del mayor lío en el que me había metido en mi vida.
Avanzamos por los pasillos estrechos que conectaban la torre principal con el ala norte. Mi plan era sencillo. Al menos sobre el papel. Llevarla hasta la zona privada del castillo, donde nadie entraba sin permiso expreso de un McRae.
Es decir, de mis hermanos o mío.
Mis hermanos.
Solo de imaginar sus caras si descubrían que había escondido a la novia de Viktor Bellucci en nuestras estancias privadas, me entró un escalofrío.
Si Ewan se enteraba, me mataba.
Connor optaría por enterrarme vivo.
Y Liam… bueno. Liam seguramente estaría demasiado ocupado riéndose de mí como para echarme una mano.
Fantástico.
Atravesamos un pasillo lateral, esquivando empleados que iban de un lado a otro con cara de pánico.
A esas alturas, medio castillo debía de estar ya enterado de que la novia había desaparecido.
—Por aquí —murmuré.
Le indiqué a Bella que girara por un corredor estrecho que casi nadie conocía. Estaba reservado al personal interno y comunicaba varias zonas del castillo sin pasar por los salones principales.
Bella me siguió de cerca.
Podía oír su respiración a mi espalda. Rápida. Nerviosa.
Salimos a otro pasillo principal.
Y entonces oí voces.
Una, en concreto.
Fuerte. Autoritaria. Con un acento italiano muy marcado.
Y cabreada de cojones.
Me detuve en seco y alcé una mano para que Bella hiciera lo mismo.
—Quiero ver al encargado —dijo aquella voz, cargada de furia—. Ahora mismo.
Se me tensó todo el cuerpo.
—Señor, yo soy uno de los responsables del evento —intentó explicar uno de los empleados, con voz nerviosa—. Estoy seguro de que puedo ayudarle con lo que…
—He dicho que quiero hablar con un McRae —lo cortó la voz, más dura todavía—. No con un don nadie. Soy Viktor Bellucci y merezco bastante más respeto del que me están mostrando.
Joder.
Miré a Bella.
Estaba justo detrás de mí, pegada a la pared, con la cara pálida y los ojos muy abiertos.
Acojonada.
Tenía que sacarla de allí.
Y tenía que hacerlo ya.
—Quédate aquí —le susurré, señalando un hueco entre dos columnas—. No te muevas. No hagas ruido.
Asintió enseguida y se escondió en el rincón sombrío sin rechistar.
Yo inspiré hondo, me recompuse y salí al pasillo principal.
Aquel hombre de aspecto amenazante debía ser Viktor Bellucci. Sin duda. Estaba allí plantado, impecable en su traje de novio hecho a medida, como si no se estuviera viniendo abajo la boda delante de sus narices.
Tenía la mandíbula apretada. Los puños cerrados. La espalda rígida.
Controlado por fuera.
Peligroso por dentro.
Solo con mirarlo ya se intuía el tipo de hombre que era.
Y no me gustó una mierda.
—Soy Brody McRae —dije, acercándome con paso firme—. He oído que quería hablar con uno de nosotros. ¿En qué puedo ayudarle, señor Bellucci?
Los ojos oscuros de Viktor se clavaron en mí al instante.
Me evaluó en silencio durante un segundo.
Luego relajó un poco la expresión.
Solo un poco.
—Por fin alguien que entiende cómo funcionan las cosas —dijo con frialdad—.
Quiero saber qué clase de incompetentes trabajan en este castillo.
¿Cómo es posible que mi prometida haya desaparecido sin dejar rastro?
La seguridad aquí es un puto desastre. No hay cámaras.
No hay vigilancia. ¿Qué clase de lugar gestionáis?
Respiré hondo.
No perdí la calma.
Por poco.
—Señor Bellucci, Dunbrae no es una cárcel.
Es un castillo —respondí con firmeza—. Un lugar exclusivo al que viene mucha gente conocida.
Y le aseguro que la mayoría agradece nuestra política de privacidad.
Tenemos cámaras en puntos concretos. Los necesarios.
Como comprenderá, no solemos instalar vigilancia especial para evitar novias a la fuga.
Viktor me sostuvo la mirada.
No le gustó nada mi comentario.
Pero se contuvo.
Se ajustó la americana con un gesto rígido, automático.
—Espero que entienda la gravedad de la situación, señor McRae —dijo al fin, bajando un poco la voz—. Si Isabella no aparece pronto, consideraré esto una ofensa personal por parte de Dunbrae. Y créame, no es algo que quiera tener en su contra.
Lo miré sin parpadear.
—Comprendo perfectamente su frustración, señor Bellucci. Pero mi apellido no es una varita mágica capaz de resolver todos sus problemas personales. Aun así, le garantizo que haremos todo lo posible por colaborar en la búsqueda de su prometida.
Apretó los labios.
Y asintió muy despacio, como si estuviera valorando cuánto le convenía partirme la cara allí mismo.
—Más le vale —dijo al final, con voz fría—. Por su propio bien, señor McRae.
Se giró y se alejó con pasos firmes, llevándose con él esa jodida aura de amenaza que parecía llenar el pasillo.
Esperé unos segundos.
Solo cuando desapareció al doblar la esquina, solté el aire despacio.
Relajé un poco los hombros.
Noté el pulso bajando.
Mierda.
Si Viktor Bellucci descubría que yo había escondido a su prometida en el ala privada del castillo, iba a estar jodido a un nivel histórico.
Pero ya era tarde para echarse atrás.
Volví sobre mis pasos y fui a buscar a Bella.
Llegamos por fin a la puerta que separaba el ala privada del resto del castillo. Saqué la tarjeta magnética y la pasé por el lector. La cerradura emitió un pitido suave.
La puerta se abrió.
—Entra —le dije, indicándole que pasara primero.
Bella obedeció en silencio.
Entró sin hacer preguntas.
Yo la seguí y cerré con firmeza a nuestra espalda.
Solté el aire despacio.
Joder.
¿En qué lío me había metido?
—¿Dónde estamos? —preguntó Bella, mirando alrededor con inseguridad—. ¿Qué es este sitio exactamente?
Me giré hacia ella.
—Este es el ala norte del castillo. La parte privada. La que no se visita. Aquí vivimos mis hermanos y yo.
Sus ojos se abrieron un poco más.
—¿Vas a esconderme en tu casa?
Negué enseguida.
—No exactamente. Mi apartamento está ahí delante, pero no sería lo más seguro para ti ahora mismo —expliqué—. Mis hermanos entran y salen todo el tiempo. Y mi asistenta de limpieza.
Bella asintió despacio.
—¿Entonces?
—Tenemos dos apartamentos de invitados al fondo del pasillo. Casi nunca se usan —dije, señalando hacia allí—. Te quedarás en uno. Allí estarás segura. Al menos por ahora.
Bella soltó el aire, como si acabaran de quitarle una parte del peso que llevaba encima.
—Gracias —susurró al fin, mordiéndose ligeramente el labio—. Sé que esto es un marrón enorme para ti y…
Levanté una mano y la corté antes de que siguiera.
—No me lo agradezcas todavía —dije, echando a andar hacia los apartamentos de invitados—. Espera a que consigamos salir enteros de esta.
La oí soltar una risa suave y nerviosa detrás de mí antes de seguirme.
Abrí la puerta del apartamento y encendí las luces.
El lugar era amplio y cómodo. Con todo lo necesario para vivir allí.
Bella entró detrás de mí y miró alrededor con cierta cautela.
—Bien. Aquí estarás segura —dije—. Nadie viene nunca sin avisar. Puedes relajarte.
Ella me miró despacio con esos ojos enormes y oscuros.
Luego soltó un suspiro largo.
—Gracias —susurró—. De verdad. No sé qué habría hecho sin tu ayuda.
Asentí una sola vez.
No supe muy bien qué hacer con tanta sinceridad.
—De nada. Descansa, Bella. Volveré en unas horas y hablaremos de qué hacer a partir de ahora.
Ya estaba a punto de irme cuando volvió a hablar.
—Espera…
Me giré.
—¿Podrías conseguirme algo de comer? —preguntó con un hilo de voz—. No he probado bocado desde anteayer y, sinceramente, estoy a punto de desmayarme.
Fruncí el ceño.
—¿No comiste nada ayer?
Negó con expresión derrotada y puso los ojos en blanco.
—Nada. Llevo semanas a dieta estricta y ayer mi madre directamente me prohibió comer. Temía que no entrara en el vestido. Casi no podía respirar con él, así que imagina si encima hubiera comido algo.
La miré unos segundos en silencio.
No sabía si me daba más rabia su madre o el hecho de que Bella hablara de aquello como si fuera medio normal.
Antes de que pudiera decir nada, levantó un poco la barbilla.
—Si pudiera ser algo ecológico… —dijo, arrugando la nariz—. Ya sabes. Orgánico.
Alcé una ceja.
—¿En serio? ¿Estás huyendo de tu boda, escondida en mi castillo, y te preocupa que la comida sea ecológica?
Se abrazó a sí misma y se sonrojó un poco.
—Tengo un organismo delicado —dijo, a la defensiva—. En serio. Me sienta mal comer cualquier cosa.
—Ya veo… —murmuré.
Estaba a punto de salir cuando volvió a detenerme.
—Ah, y… ¿podrías traerme también algo más para ponerme? Este uniforme pica como mil demonios y huele a ambientador barato.
Solté aire por la nariz.
—Claro. Veré qué encuentro.
Me giré otra vez hacia la puerta.
—Y si puede ser de tela orgánica también, sería genial.
Me volví despacio hacia ella.
La miré en silencio, cruzándome de brazos.
Bella se mordió el labio inferior y se encogió un poco bajo mi mirada.
—Por favor —añadió al final, con voz suave—. Sé que sueno súper tiquismiquis, pero de verdad, mi piel reacciona fatal a los tejidos sintéticos.
Negué despacio, aunque una media sonrisa se me escapó igual.
—Ecológico y orgánico —repetí, con todo el sarcasmo que pude—. ¿Algo más, princesa?
Me sostuvo la mirada.
Y entonces, para mi sorpresa, alzó una ceja con un punto de picardía.
—De momento con eso vale. Gracias.
Tuve que morderme la risa.
Negué con la cabeza y me encaminé por fin hacia la puerta, mientras la oía soltar un suspiro de alivio a mi espalda.
En serio.
Aquella chica era un desastre.
Un desastre con mayúsculas.
Y, aun así, no podía dejar de pensar que era el desastre más encantador en el que me había metido jamás.