3
Bella
Y ahí estaba yo.
Otra vez sola. Otra vez escondida.
Agazapada bajo el escritorio de un desconocido cuyo nombre ni siquiera había tenido la decencia de preguntar.
—Espera aquí —me había dicho él con tono seco, claramente arrepentido de haber entrado en su despacho aquella tarde de sábado—. Intentaré ayudarte.
No había sonado muy convencido.
Más bien había sonado como un hombre preguntándose en qué momento su vida se había torcido tanto como para acabar con una desconocida escondida bajo su escritorio.
Y esa desconocida era yo.
Cerré los ojos un segundo y apoyé la cabeza contra la madera pulida.
¿Cómo demonios había acabado así?
Recordaba perfectamente la cara de los guardaespaldas de Viktor cuando les pedí permiso para ir al baño justo antes de la ceremonia. No parecían muy convencidos.
Aun así, me dejaron pasar.
Supongo que ni ellos querían arriesgarse a que la novia se meara encima en mitad de la boda.
Qué detalle.
Lo que no sabían era que aquel baño elegante, lleno de espejos dorados y jabones con olor a lavanda, tenía una segunda puerta, que daba a otro pasillo.
Yo sí lo sabía.
Meses atrás, durante una visita al castillo Dunbrae organizada por Viktor, me perdí al salir por la puerta equivocada. Aquel día me cayó una bronca monumental. Viktor me miró como siempre hacía cuando yo cometía algún error. Con fastidio. Con condescendencia. Como si fuera idiota.
Tragué saliva.
—¿Quién es la tonta ahora, Viktor? —susurré.
No es que decirlo me hiciera sentir mejor, pero algo era algo.
Me recoloqué como pude bajo el escritorio.
Llevaba horas allí metida.
Encogida.
Esperando.
Mi espalda me estaba matando. Las rodillas me odiaban. Y tenía los pies descalzos tan fríos que empezaba a pensar que ya no formaban parte de mi cuerpo. Había dejado los zapatos en el baño para poder moverme mejor.
Pero lo peor no era eso.
Era la incertidumbre.
«Espera aquí».
Eso había dicho el desconocido de ojos azules y voz profunda que me encontró escondida bajo su escritorio.
Como si yo tuviera muchas opciones.
Porque no. No las tenía. O me quedaba allí o salía y me entregaba a Viktor con un lacito.
Y antes muerta.
Aun así, no dejaba de preguntarme qué iba a pasar cuando ese hombre volviera.
Sí, me estaba ayudando.
Pero lo hacía con tan pocas ganas que hasta tenía mérito.
Tampoco podía culparlo. Cualquiera con dos dedos de frente evitaría meterse en problemas con Viktor Bellucci.
Y menos por una desconocida despeinada, arrugada y escondida bajo una mesa.
—Lo siento, desconocido cabreado —murmuré, rozando la madera con los dedos—. Pero no tenía muchas alternativas.
La puerta se abrió de golpe.
Todo mi cuerpo se tensó.
El corazón se me disparó.
Contuve la respiración y me quedé inmóvil, rezando para que no fueran los hombres de Viktor.
Entonces vi unos zapatos caros acercándose despacio hasta el escritorio.
Un segundo después, los ojos azules del desconocido aparecieron frente a mí.
Tenía cara de pocos amigos.
Y aun así, sentí un alivio ridículo al verlo.
—Sal de ahí, por favor —dijo. Esta vez sonó algo menos seco—. Tengo algo para ti.
Me arrastré fuera como pude, torpe y rígida. Notaba cada músculo protestando.
Cuando conseguí ponerme en pie, miré mi falda y me entraron ganas de llorar.
Parecía un merengue aplastado por una estampida.
Él me tendió una bolsa de tela oscura y señaló hacia ella con la barbilla.
—Tienes que ponerte esto.
Abrí la bolsa y fruncí el ceño.
Dentro había un uniforme oscuro. Sencillo. Con delantal incluido. Ybinas zapatillas.
Parpadeé.
—¿Un uniforme de limpieza?
Él asintió y se cruzó de brazos.
—Se lo he pedido a la novia de mi hermano.
Lo miré, confundida.
—¿La novia de tu hermano limpia en el castillo?
—Limpiaba. Ahora tiene otro puesto, pero… es una historia larga. Cámbiate ya, por favor. Tenemos que sacarte de aquí cuanto antes.
Nos miramos unos segundos en silencio.
Había tensión en sus hombros. Impaciencia en sus ojos.
Pero también otra cosa.
Algo que me hizo pensar que quizá podía confiar en él.
Aunque fuera un poco.
Aunque fuera a regañadientes.
—Vale —murmuré al final, abrazando la bolsa contra el pecho—. Gracias… desconocido cabreado.
Esta vez puso los ojos en blanco.
—Brody —corrigió con un suspiro—. Me llamo Brody.
—Yo soy Isabella —dije enseguida—. Pero todo el mundo me llama Bella.
Brody me sostuvo la mirada unos segundos, con una expresión difícil de descifrar.
—Bien, Bella. ¿Piensas cambiarte ya?
Alcé una ceja.
—¿Y tú piensas quedarte ahí mirando mientras lo hago?
Brody parpadeó.
Y por un instante juraría que estuvo a punto de sonreír.
Pero solo duró un segundo.
—Claro que no.
Se giró hacia la pared y se cruzó de brazos.
—Adelante. No miro.
Abrí la bolsa, saqué el uniforme e intenté abrirme el vestido yo sola.
Lo intenté una vez.
Y otra.
Y otra más.
Nada.
Apreté los dientes y eché un vistazo por encima del hombro, como si eso fuera a ayudarme a ver mejor la maldita hilera de botones diminutos que recorría toda mi espalda.
—Joder…
—¿Va todo bien? —preguntó él, sin girarse.
—No puedo hacerlo sola —admití al final—. Tiene una hilera de botones minúsculos por toda la espalda. Necesito ayuda.
Se hizo un breve silencio.
Uno de esos que te hacen pensar que la otra persona está valorando seriamente salir corriendo y dejarte allí tirada.
Al final, Brody suspiró.
Luego se giró despacio hacia mí.
Sus ojos buscaron los míos con cierta incomodidad.
—Claro. Supongo que puedo hacerlo yo.
Tragué saliva y me di la vuelta para darle acceso.
Me aparté el pelo hacia un lado y dejé al descubierto los malditos botones que Viktor había elegido con tanto esmero.
Un segundo después sentí a Brody justo detrás de mí.
No me estaba tocando aún, pero notaba su presencia. La tensión de su cuerpo. Su incomodidad.
Cuando sus dedos rozaron el primer botón, contuve la respiración.
Tenía las manos frías.
Y estaba torpe.
Torpe de una forma extrañamente tierna.
Intentaba abrir cada botón con cuidado, como si tuviera miedo de tocarme más de la cuenta.
—¿Quién demonios diseñó esto? —murmuró con fastidio—. Parece hecho para que no puedas quitártelo nunca.
Solté una risa baja. Sin humor.
—Está hecho así a propósito. Ya sabes. Para que el novio lo quite la noche de bodas como si estuviera desenvolviendo un regalo.
Hice una pausa.
—Lo eligió Viktor.
Los dedos de Brody se detuvieron un segundo.
Solo uno.
Pero lo noté.
—Qué detalle —dijo al final, con un sarcasmo seco—. Parece un tipo encantador.
—No tienes ni idea —susurré.
No respondió.
Siguió concentrado en los botones.
Y yo intenté respirar con normalidad mientras sentía el roce involuntario de sus dedos en mi espalda. Ligero. Casi inocente.
Pero suficiente.
Cuando terminó, dio un paso atrás enseguida.
Como si necesitara volver a poner distancia entre los dos.
—Ya está —dijo.
Su voz sonó más grave.
—Ahora cámbiate. Rápido, por favor.
Se giró otra vez para darme privacidad.
Yo solté el aire despacio.
Definitivamente, no era así como había imaginado que alguien me quitaría ese vestido.
Aunque, siendo sincera, prefería mil veces la torpeza incómoda de Brody a la precisión fría y posesiva de Viktor.
Me cambié lo más rápido que pude.
El uniforme oscuro era sencillo. Feo.
Pero era mejor que acabar otra vez en manos de Viktor.
Me quité por fin el vestido y lo dejé caer al suelo.
Allí quedó.
Arrugado.
Abandonado.
Como un mal recuerdo.
—Ya estoy —anuncié al final.
Brody se giró despacio hacia mí.
Y entonces sí.
Entonces lo vi de verdad.
Con todo el caos, el miedo y los nervios, ni siquiera me había fijado bien antes. Pero en cuanto mis ojos se posaron en él, sentí que se me cortaba el aire.
Era obscenamente guapo.
Alto. De hombros anchos. Con un traje oscuro hecho a medida que le quedaba indecentemente bien. La chaqueta se ajustaba a su cuerpo como si hubiera sido diseñada para recordarles a las mujeres que Dios, a veces, se toma demasiadas molestias.
Llevaba una camisa blanca impecable bajo el traje. El pecho firme. Los brazos fuertes.
Y luego estaba la mandíbula.
Madre mía.
Marcada. Angulosa. Masculina hasta decir basta.
De esas que te hacen pensar tonterías que no deberías estar pensando cuando huyes de tu propia boda.
Tenía el pelo oscuro, ligeramente despeinado, como si se lo hubiera pasado por la mano demasiadas veces. Y sus ojos…
Sus ojos eran un problema.
Azules. Intensos. Fríos. De esos que podían atravesarte con una sola mirada o hacerte arder si se detenían en ti un segundo más de la cuenta.
Tragué saliva.
Intenté poner cara de persona normal.
Fracaso absoluto.
No podía permitirme quedarme embobada mirando a un desconocido. No allí. No en ese momento. No mientras me escondía del hombre con el que tenía que casarme.
Y, sin embargo, ahí estaba. Mirándolo como una idiota.
—Espera un segundo —dijo él.
Su voz me sacó de golpe de mi tontería.
Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó algo.
Parpadeé.
¿Un pañuelo de tela?
¿Quién demonios llevaba un pañuelo de tela encima en pleno siglo veintiuno?
—Date la vuelta —dijo en voz baja, acercándose un poco más—. Será solo un momento.
Me giré despacio.
Y, por supuesto, en cuanto dijo date la vuelta, a mi cerebro le pareció una idea magnífica tener un pensamiento indecente.
Perfecto.
De verdad. Perfecto.
Porque no estaba escondida en un castillo, con un uniforme de limpieza puesto y huyendo del mafioso con el que casi me casaba.
No.
Mi prioridad, al parecer, era imaginar cosas impropias con un desconocido absurdamente atractivo.
Fantástico, Bella.
Intenté centrarme.
En respirar.
En no morir.
En no acabar otra vez en manos de Viktor.
Cosas importantes.
Pero entonces sentí los dedos de Brody en mi nuca.
Cálidos.
Suaves.
Me recogió el pelo en una coleta, usando el pañuelo, y se me erizó la piel.
No era nada.
Solo estaba ayudándome.
Solo eso.
Entonces, ¿por qué demonios mi cuerpo estaba reaccionando como si aquel simple gesto significara mucho más?
—Así mejor —dijo al cabo de un momento, carraspeando un poco—. Más creíble. Ninguna empleada de limpieza llevaría el pelo suelto.
Me giré para mirarle, obligándome a abandonar esa línea de pensamiento.
Brody caminó hacia la puerta con paso seguro. Miró primero al pasillo y luego volvió la cabeza hacia mí.
—Sígueme de cerca —ordenó en voz baja—. Y, por favor, intenta no llamar la atención.
Asentí enseguida.
El corazón me golpeaba tan fuerte que apenas podía pensar con claridad, pero aun así lo seguí en silencio.
Justo antes de salir, no pude evitar hablar.
—¿A dónde me llevas exactamente?
Brody volvió un poco la cabeza hacia mí.
Sus ojos seguían igual de serios.
Igual de intensos.
Y esta vez lograron que se me pasara de golpe cualquier fantasía absurda.
—Al único lugar de este castillo donde nadie pensaría jamás en buscarte.