Brody, millonario y protector (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 3) 2
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Brody

Salí de la sala de reuniones cerrando la puerta con un gesto seco.

Un sábado.

Había perdido un sábado por una reunión que perfectamente podría haberse resuelto el lunes con dos correos y un archivo adjunto.

Genial.

Como director financiero de Dunbrae, mi trabajo consistía en asegurarme de que todo funcionara. Inversiones, cuentas, riesgos, beneficios. Nada se escapaba. Nada podía fallar.

Éramos cuatro herederos en el castillo.

Mi hermano mayor, Ewan, tomaba las decisiones finales como director general.

Connor, el mediano después de mí, mantenía en marcha toda la operativa diaria.

El pequeño, Liam, se encargaba de la imagen, las relaciones públicas y la expansión. Además de protagonizar escándalos por sus líos de faldas.

Y yo me aseguraba de que todo no se fuera a la mierda.

Eso a veces implicaba echar más horas de la cuenta. Pero no perder un sábado por algo que podía esperar perfectamente.

Giré la esquina y me paré en seco.

Había movimiento.

Demasiado movimiento.

Varios empleados del castillo iban de un lado a otro con cara de tensión, hablando en voz baja, mirando puertas, revisando pasillos como si estuvieran buscando algo.

O a alguien.

Fruncí el ceño.

—¿Qué demonios está pasando aquí?

Uno de los empleados se giró hacia mí con rapidez. Reconocí a James, del equipo de eventos.

—Señor McRae... —dijo, claramente nervioso—. Ha habido un... problema.

—Define problema.

James dudó un segundo antes de responder.

—La novia ha desaparecido.

Fruncí un poco más el ceño.

—¿Qué novia?

James parpadeó, como si aquella pregunta lo hubiera descolocado más todavía.

—La que se iba a casar esta mañana, señor. La novia del evento principal.

Asentí despacio. Había olvidado por completo que habían alquilado el castillo para celebrar una boda, de ahí el movimiento constante en los jardines y el despliegue de personal desde primera hora.

—Son más de las cinco —señalé, echando un vistazo rápido al reloj—. Si de verdad siguiera en el castillo, alguien ya la habría encontrado.

James se removió, incómodo.

—Su prometido está convencido de que sí, señor.

—¿Y en qué se basa exactamente?

Dudó un momento.

—Tiene seguridad en todas las salidas. En la entrada principal, en las puertas de servicio, incluso en los accesos a los jardines. Nadie ha podido entrar ni salir sin que ellos lo sepan.

Lo miré, sorprendido.

Era excesivo.

—¿No es un poco demasiado para una boda?

James vaciló antes de responder.

—El cliente insistió mucho en eso, señor. Fue una condición desde el principio. Seguridad privada, control de accesos...

Fruncí el ceño, descolocado.

¿A quién demonios le habíamos alquilado el castillo?

¿A un príncipe europeo?

¿A una estrella de Hollywood?

No tenía ni idea.

Había vivido completamente desconectado de aquel evento. Cada vez que Liam hablaba de esa boda, en mi cabeza todo sonaba como un largo bla, bla, bla.

Volví a centrarme en James.

—¿Y quién es el novio?

—Viktor Bellucci.

El nombre sí lo conocía.

—¿Del Grupo Bellucci?

James asintió.

—Ese mismo.

Claro.

Ahora sí que todo empezaba a encajar.

El Grupo Bellucci no era un conglomerado cualquiera. Era uno de esos nombres que salían en informes financieros impecables y, al mismo tiempo, en conversaciones que nadie quería tener en voz alta.

Inversiones, inmobiliarias, importaciones... todo perfectamente legal sobre el papel.

Pero en Little Italy todo el mundo sabía que el origen de su fortuna era otro. Mucho menos limpio.

Habían levantado un imperio mezclando dinero real con dinero que necesitaba desaparecer.

Y Viktor Bellucci estaba al frente de todo.

¿Liam le había alquilado el castillo a un mafioso?

Negué con la cabeza, me despedí de James y fui hacia mi despacho con la incómoda sensación de que la desaparición de aquella novia podía acabar convirtiéndose en un problema serio.

Especialmente si implicaba a uno de los hombres más peligrosos de la ciudad.

Abrí la puerta, entré y me senté en el escritorio. Quería dejar por escrito algunos puntos de la reunión para no olvidarlos el lunes.

Nada más acercar la silla a la mesa, algo golpeó contra mis piernas.

—¡Joder!

Me levanté de golpe, apartándome con brusquedad, mientras la silla se deslizaba hacia atrás.

Durante un segundo pensé que se había colado algún animal.

Quizá uno de los gatos del refugio del castillo.

Después mi cabeza me llevó a opciones bastante menos agradables. Una rata mutante de Nueva York. O un mapache lo bastante listo como para colarse en el edificio.

Fruncí el ceño y me agaché.

No era ninguna de esas cosas.

Era una chica.

Encogida debajo de mi escritorio.

Vestida de novia.

Me quedé mirándola unos segundos, procesando la escena sin moverme.

Apenas podía verla bien. Estaba metida en un hueco demasiado pequeño para ese vestido, con la tela comprimida contra la madera y el cuerpo recogido sobre sí mismo, como si intentara ocupar el menor espacio posible.

Pero entonces levantó la cabeza.

Y nuestros ojos chocaron.

Miedo.

Puro.

Del que no se finge.

Y justo en ese momento llamaron a la puerta.

Tres golpes secos.

—¿Señor McRae? —preguntó una voz desde fuera—. ¿Puedo pasar?

La chica se tensó todavía más.

No apartó los ojos de los míos, pero una de sus manos se movió despacio.

Un gesto mínimo.

Negando.

Por favor, no me delates.

Solté el aire por la nariz.

Mierda.

—Sí —respondí, sin alterar el tono.

La puerta se abrió.

Uno de los hombres de seguridad asomó la cabeza.

—Estamos revisando todas las estancias, señor. Buscamos a la novia.

Asentí con normalidad, apoyándome en el respaldo de la silla como si no pasara absolutamente nada.

—Ya han pasado por aquí.

El hombre dudó un segundo.

—¿Está seguro?

Lo miré sin cambiar de expresión.

—Bastante.

Silencio.

Luego asintió.

—De acuerdo. Seguimos con el resto.

—Hacedlo.

Cerró la puerta y el despacho volvió a quedarse en silencio.

Me agaché otra vez, apoyando una mano en el borde del escritorio para enfrentarme de nuevo a esos ojos.

Seguían igual.

Asustados.

—Te están buscando —dije—. Lo sabes, ¿verdad?

Ella asintió.

—Yo... no quiero que me encuentren.

La voz le salió baja, casi rota.

Solté el aire despacio.

—Si todo esto es porque no quieres casarte... sabes que no tienes por qué hacerlo, ¿verdad?

Negó suavemente.

—Eso lo dices porque no conoces a mis padres. Ni a Viktor. —Tragó saliva—. No estoy segura de lo que sería capaz de hacer.

La observé en silencio un instante.

—¿Y cuál es tu plan? No quiero ser un cabrón aguafiestas, pero Bellucci tiene el castillo rodeado con seguridad privada. No te va a resultar fácil escapar.

Dudó.

—¿Y si me quedo aquí?

Alcé una ceja.

—¿En mi despacho?

Asintió, casi esperanzada.

Yo negué despacio.

—Eso es inviable. Aquí entra gente todo el tiempo. Personal, proveedores, mi equipo... alguien acabaría encontrándote.

Se le tensó la expresión.

—Entonces... ¿alguna otra parte del castillo?

Solté el aire por la nariz y me llevé una mano a la sien.

—A ver... entiendo la situación de mierda en la que estás, pero ¿de verdad esperas que me meta en esto sabiendo que podría hacer enfadar a Bellucci? No es el tipo de hombre al que uno quiere tener de enemigo.

—No te estoy pidiendo que te metas en nada —dijo con firmeza—. Solo que no me entregues. Déjame quedarme aquí el tiempo suficiente para pensar. Eres un McRae, ¿no?

Alcé una ceja.

—¿Y qué tiene que ver eso?

Los labios le temblaron un segundo antes de recomponerse.

—Todo el mundo habla de los McRae como hombres de palabra. De los que hacen lo correcto aunque no sea lo más fácil. Pensaba que alguien con ese apellido... —se interrumpió, tragando saliva— ...no me obligaría a volver con alguien como Viktor solo por miedo a las represalias.

Joder.

Tenía que reconocer que jugaba muy bien sus cartas.

Me había hecho dudar.

—Bonito discurso. Aunque hay algo que no me cuadra. Si tenías tan claro que no querías casarte con él... ¿por qué aceptaste en primer lugar?

Vi cómo la expresión le cambiaba, como si acabara de tocar una herida que seguía abierta. Sus ojos castaños, enormes y demasiado vulnerables para mi gusto, brillaron un instante antes de endurecerse con determinación.

—Porque no siempre puedes elegir —respondió en voz baja, casi desafiante—. Porque cuando tienes a toda tu familia al borde de la ruina... —hizo una pausa mínima, solo la necesaria para recomponerse— y aparece alguien como Viktor ofreciendo una solución, no es tan fácil decir que no.

Mierda.

La observé fijamente, sin decir nada, notando cómo algo me rozaba incómodo dentro del pecho. La forma en que me sostenía la mirada, a pesar de estar escondida bajo un escritorio como un animal acorralado, dejó clara una cosa.

Aquella chica era mucho más que una novia asustada.

Era fuerte.

Fuerte y desesperada.

Y esa era una combinación de mierda.

Solté el aire despacio.

No necesitaba aquello en mi vida.

Joder, no necesitaba más complicaciones.

Pero entonces volvió a mirarme con esos ojos enormes, implorantes, llenos de miedo y de determinación a partes iguales.

Y supe, sin ninguna duda, que estaba a punto de cometer una estupidez.

Una estupidez del tamaño de un castillo escocés en pleno Manhattan.

—Mierda —murmuré al final, rindiéndome a lo inevitable—. Espero que seas consciente del lío en el que me estás metiendo.

La expresión de alivio y esperanza que le cruzó la cara me confirmó lo que ya sabía.

Acababa de meterme en el mayor problema de mi vida.