Brody, millonario y protector (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 3)
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1
Bella
No podía respirar.
Y no era una forma de hablar.
Era literal.
El aire me entraba a medias, como si alguien me estuviera apretando el pecho con las dos manos y hubiera decidido no soltarme nunca más. El corsé del vestido no ayudaba, claro. Pero no era solo eso.
Era todo.
El vestido.
El castillo.
La boda.
Mi vida.
El pelo moreno me caía en ondas suaves sobre los hombros desnudos, perfectamente peinado para una ceremonia que no quería.
El vestido blanco era precioso, demasiado.
Ceñido en el torso, con encaje delicado y una falda amplia que se abría como si estuviera hecha para una princesa, no para una mujer que quería salir corriendo.
Levanté la vista hacia el enorme cuadro que tenía delante, intentando fijarme en algo que no fuera el pánico que me subía por la garganta.
Era un óleo antiguo del castillo Dunbrae, donde me encontraba. Imponente, majestuoso, perfecto.
Demasiado perfecto.
Desde fuera parecía sacado de un cuento de hadas.
Piedra gris cubierta de enredaderas, torres altas recortadas contra el cielo y esos jardines interminables que olían a historia y a dinero.
Pero Dunbrae no era solo un castillo.
Era una destilería de whisky de lujo en pleno Manhattan. Una de las más exclusivas del país.
Un castillo escocés plantado en mitad de Nueva York.
Un imperio.
Y hoy también era mi prisión.
—Mamá... —mi voz salió más débil de lo que quería—. No puedo hacerlo.
Ni siquiera se giró al principio. Seguía ajustando el vestido delante del espejo, con esa precisión fría que siempre tenía cuando algo le importaba.
—No empieces ahora, Isabella.
Ahí estaba.
Mi nombre completo.
Mala señal.
Tragué saliva. Intenté dar un paso, pero la falda enorme se me enredó en las piernas como si también quisiera retenerme allí.
—Lo digo en serio —insistí, esta vez con algo más de firmeza—. No puedo casarme con él.
Mi madre se quedó quieta.
Muy quieta.
Durante un segundo pensé que, por fin, me había escuchado. Que quizá iba a girarse, mirarme y decirme que todo iba a salir bien. Que encontraríamos otra manera.
Qué ilusa.
Se volvió despacio y me clavó esa mirada suya tan pulida, tan perfecta y tan vacía de empatía.
—¿Sabes lo que estás diciendo, Bella?
—Sí, lo sé. Y precisamente por eso...
—No. No lo sabes.
Su voz sonó firme. Cortante.
Se acercó y me sujetó la barbilla con dos dedos para obligarme a mirarla.
—Esta boda no es solo tuya. Es de esta familia —continuó—. Es nuestro futuro. Nuestra estabilidad. Nuestra única oportunidad.
Sentí cómo se me hacía un nudo en la garganta.
—¿A qué precio, mamá?
—Al precio que haga falta.
El silencio cayó entre nosotras como un golpe seco.
Se me encogió todavía más el pecho.
—Él... —empecé, pero la voz me tembló—. Él no está bien.
Porque no lo estaba.
Nunca lo había estado.
Viktor Bellucci.
Solo pensar en su nombre ya se me erizaba la piel.
Alto, impecable, siempre controlado. Y con esos ojos oscuros que te miraban como si ya fueras suya incluso antes de que tú lo supieras.
Llevaba años obsesionado conmigo.
Años.
Desde aquella maldita gala en la que decidió que yo le pertenecía.
Y lo peor no era solo eso.
Lo peor era que todo el mundo sabía perfectamente quién era en realidad.
Sabían que hacía negocios turbios.
Sabían que su dinero no era limpio.
Sabían que había cosas de las que nadie se atrevía a hablar en voz alta.
Pero también sabían lo otro.
Las empresas legales.
El disfraz.
Viktor tenía suficiente poder como para lavar su dinero y su reputación al mismo tiempo.
Y nadie se atrevía a cuestionarlo.
—Nos compró, mamá —susurré.
—Viktor ha hecho más por esta familia que nadie —replicó ella con frialdad—. Nos sacó de la ruina cuando nadie más quiso hacerlo.
Claro que lo hizo.
A cambio de esto.
De mí.
—Nos salvó —siguió ella—. Y tú vas a demostrarle gratitud.
Me aparté de golpe.
—Eso no es gratitud. Eso es... —me faltó el aire otra vez—. Eso es venderme.
Mi madre suspiró como si estuviera oyendo a una niña caprichosa.
—No dramatices. Vas a casarte con un hombre poderoso, influyente, que puede darte una vida que ni siquiera imaginas.
—No quiero esa vida.
—Eso no es relevante.
Ahí fue cuando algo se rompió dentro de mí.
De verdad.
—Claro que es relevante. Es mi vida.
—Y también es la de todos los que dependen de esta familia —respondió sin pestañear—. ¿O prefieres vernos perderlo todo otra vez?
Mierda.
Golpe bajo.
Como siempre.
Porque sabía perfectamente dónde hacer daño.
Cerré los ojos un segundo.
Solo uno.
Y en ese segundo lo vi todo.
Las deudas.
Las llamadas.
Las noches sin dormir.
El miedo constante.
Y luego Viktor.
Él se encargó de solucionarlo todo en un abrir y cerrar de ojos, con una única condición. Que yo me casara con él.
Mis padres aceptaron sin preguntarme siquiera, porque en mi familia el bien común siempre había estado por encima del bien individual.
—No puedo —repetí, esta vez casi en un susurro—. Mamá, por favor... no me obligues a hacerlo.
Su expresión cambió.
Se endureció.
No había compasión en sus ojos oscuros, tan parecidos a los míos.
—Puedes y lo harás.
Y justo cuando estaba a punto de romperme del todo, la puerta se abrió de golpe.
—¡Señora Rinaldi! —La voz de Sue, mi mejor amiga, irrumpió en la habitación como una bocanada de aire—. La están buscando abajo.
Mi madre giró la cabeza con fastidio.
Sue apareció vestida de dama de honor, con un vestido elegante en un tono suave que contrastaba con su pelo rubio ondulado cayéndole sobre los hombros.
—Ahora no, Sue. Estamos...
—El señor Bellucci quiere verla antes de la ceremonia.
Mi madre soltó un suspiro, claramente molesta.
—Está bien. Voy enseguida.
Se giró hacia mí por última vez.
—No hagas ninguna tontería, Isabella.
La puerta se cerró.
Durante unos segundos no se escuchó nada salvo mi propia respiración, demasiado rápida, demasiado alta. Notaba el corazón golpeándome contra el pecho como si quisiera escapar antes que yo.
Entonces Sue se volvió hacia mí.
—Tienes diez minutos.
Parpadeé, completamente descolocada.
—¿Qué?
Se acercó deprisa y bajó la voz.
—Diez minutos antes de que tu madre descubra que lo de Viktor es mentira. No la está buscando. Me lo he inventado.
Me quedé mirándola sin reaccionar.
—Sue...
—No hay tiempo, Bella —me cortó, agarrándome de los brazos—. O te vas ahora o no te vas nunca.
Sentí cómo el pánico me apretaba otra vez el pecho.
—No puedo —negué, dando un paso atrás—. No puedo hacer eso.
—Claro que puedes.
—Mi familia...
Las palabras me pesaban. Sonaban débiles hasta para mí.
Sue soltó el aire con frustración.
—Tu familia no tiene que vivir lo que vas a vivir tú.
—No es tan simple.
—Sí lo es —insistió, clavando sus ojos en los míos—. Lo único que tienes que decidir es si quieres destrozarte la vida por ellos o no. Esta noche, cuando estéis solos... cuando él crea que ya no tienes escapatoria... ¿de verdad vas a dejar que te toque?
Cerré los ojos un instante, intentando no imaginármelo, pero era imposible.
Sue me sujetó la cara con firmeza.
—Bella, no puedes hipotecar toda tu vida por tu familia.
Sus palabras se quedaron flotando entre nosotras.
Seguía respirando mal. El vestido me apretaba. El aire no me llegaba suficiente a los pulmones.
Todo dentro de mí gritaba que echara a correr.
—Tienes diez minutos —repitió, esta vez más suave—. Decide si quieres huir... o quedarte aquí para convertirte en la esposa de Viktor Bellucci.
Se apartó despacio y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se giró una última vez.
—Pero si te quedas, que sea porque lo eliges tú. No porque te han obligado.
La puerta se cerró otra vez.
Y esta vez el silencio fue distinto.
Más pesado.
Más real.
Me quedé allí, inmóvil, sintiendo cómo el miedo y algo mucho más peligroso empezaban a mezclarse dentro de mí.
¿Quedarme y aceptar el destino que mi familia había decidido por mí?
¿O escapar y construir uno que fuera solo mío?
Tardé cinco segundos en tomar una decisión.
La decisión que iba a cambiarme la vida para siempre.