CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO
A PROXIMADAMENTE UNA HORA más tarde, tras pasar por su barco a por una camisa y una corbata limpias, Tanner detuvo su XJS ante la imponente verja negra de hierro forjado que marcaba la entrada a la residencia de los Lambert, en Horning.
Antes de alargar la mano hacia el botón del interfono, bajó la vista al asiento vacío del acompañante.
Dedicó un instante a rezar en silencio para que Jenny se pusiera bien.
Mientras lo hacía, el coche patrulla que lo había seguido hasta allí se detuvo detrás de él, con el intermitente naranja parpadeando en la noche, aunque, por suerte, sin las luces azules del techo.
Tanner bajó la ventanilla, se asomó y pulsó el botón del interfono.
No tardó en responderle una voz metálica de hombre.
Al reconocerla, Tanner dijo:
—Señor Lambert, soy el inspector Tanner. ¿Podría abrir la verja, por favor?
Hubo una pausa antes de que John Lambert respondiera:
—Es muy tarde, inspector. ¿No puede volver en otro momento?
—Me temo que no puede esperar.
—Pues lo siento, inspector, pero me parece que va a tener que esperar.
—Tiene que dejarnos entrar, señor Lambert, y tiene que hacerlo ahora. Si no, podría enfrentarse a una acusación de obstrucción a la justicia.
El interfono quedó en silencio. Después, Tanner oyó un chasquido ya familiar y la verja empezó a abrirse con un zumbido.
Cuando Tanner entró, se encendieron las luces con sensor de movimiento, que iluminaron tanto el camino de acceso como toda la fachada de la casa.
Allí seguían aparcados los mismos dos coches de la otra vez, el Aston Martin Vanquish y el Range Rover Vogue, que parecían aún más deslumbrantes bajo el resplandor incandescente de los focos que ahora bañaban el camino.
Seguido por el coche patrulla, Tanner dio toda la vuelta hasta detenerse frente a la entrada principal de la casa.
Cuando salió del coche, la puerta principal se abrió y John Lambert apareció en el umbral y se cruzó los brazos sobre el pecho con resuelta firmeza.
—¿Qué quiere? —gritó, mientras el coche patrulla se detenía detrás del de Tanner.
Cuando los dos agentes uniformados bajaron del vehículo, Tanner dijo:
—Necesitamos hablar con su mujer, señor Lambert.
—Me temo que no está en casa.
Tanner señaló los dos relucientes coches negros.
—Supongo que uno de esos es el de ella.
—Que su coche esté aquí no significa que ella también lo esté.
—Entonces no le importará decirnos adónde ha ido.
—No tengo ni idea. Y ahora, si no se larga de una puta vez de mi propiedad, lo demandaré por allanamiento, acoso, intimidación y cualquier otra cosa que se le ocurra a mi abogado.
—Señor Lambert, sabemos lo que ha hecho su mujer.
Sospecho que usted también lo sabe. Por mucho que le gustaría, me temo que no podrá impedir que la detengamos.
Si no está dispuesto a pedirle que salga a la puerta, tenemos autoridad para acceder a su propiedad y registrarla a fondo, por la fuerza si es necesario.
Con una expresión de creciente desesperación, John soltó:
—¡Pero ya le he dicho que no está!
Cuando Tanner hizo un gesto por encima del hombro para que los dos agentes se acercaran, Ruth Lambert apareció por detrás de la puerta, con el rostro pálido y los ojos enrojecidos.
Le apoyó una mano firme en el hombro a su marido, lo miró y dijo:
—Está bien, John. No tienes que hacer esto.
—Pero…
De pie junto a su marido, Ruth miró a Tanner y dijo:
—Estoy lista para ir con usted, inspector.
Y dio un paso al frente.
John la agarró con fuerza del brazo e intentó tirar de ella hacia atrás. Al hacerlo, lanzó una mirada furiosa a Tanner y dijo:
—¡No! ¡No puede llevársela! ¡Ya he perdido a mi hija! ¡Que me maten si voy a perder también a mi mujer!
Ruth puso la mano sobre la de él y se volvió para estudiarle el rostro.
—Lo siento, John, cariño mío —dijo—. No debería haberlo hecho. Sé que no debería, pero no tenía elección. No podía permitir que se saliera con la suya. No con nuestra Jane. Nuestra Jane, tan preciosa, tan hermosa.
Mientras ella le apartaba los dedos del brazo, John perdió el control de sus emociones y rompió a sollozar. La mano con la que había estado sujetando a su mujer se cerró en un puño que apretó con fuerza contra la boca.
Tanner se adelantó, sujetó a Ruth por el otro brazo y empezó a conducirla hacia los dos agentes que aguardaban.
Cuando uno de ellos comenzó a esposarle las manos a la espalda, John gritó:
—¡NO PUEDES DEJARME! ¡NO PUEDES DEJARME!
Tanner se quedó allí, impotente, mientras John caía de rodillas y se mesaba el pelo con los dedos.
No tuvo corazón para decirle que su mujer había asesinado a un hombre inocente.
Simon Richardson no había matado a su hija, por mucho que hubiera dicho la prensa.
Sin duda lo descubriría bien pronto, igual que su mujer. Pero no sería él quien se lo contara.
Al oír cerrarse las puertas del coche patrulla, Tanner apartó la mirada de aquel hombre deshecho y volvió a subir a su propio vehículo. Arrancó el motor y esperó a que el coche de detrás saliera primero para seguirlo.
Mientras los dos vehículos aguardaban a que la verja se abriera automáticamente, el móvil de Tanner empezó a sonar.
Lo sacó del bolsillo interior y contestó:
—Tanner al habla.
—Hola, Tanner, soy Vicky, la sargento Gilbert.
—Sí, Vicky. ¿En qué puedo ayudarte?
—Solo quería informarle de que hemos recibido una llamada del centro médico de Wroxham, sobre Jenny, señor.
Tanner no respondió nada. Se quedó allí sentado, con el corazón palpitándole con fuerza en el pecho.
Clavó la mirada en el retrovisor, en John Lambert, que seguía sollozando en el porche.
«¿Me va a pasar eso a mí?» , se preguntó.
—Solo quería que supiera que va a estar bien.
Al oír aquellas palabras, una oleada de alivio le recorrió el cuerpo.
—¿Sigue ahí, señor? —preguntó Vicky.
Antes de atreverse a decir nada, Tanner aspiró una bocanada de aire que le bajó a trompicones por la garganta. Contuvo la respiración un instante y al final logró decir, con fingida indiferencia:
—Son buenas noticias, Vicky. Gracias por avisarme.
Dicho esto, colgó.
Al ver que el coche de delante arrancaba y cruzaba la verja, ya casi del todo abierta, guardó el móvil, se secó de los ojos las lágrimas que le habían brotado de la nada, puso la palanca de cambios de su XJS en la posición de marcha y regresó hacia Wroxham.