Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO
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CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO

C UANDO TANNER recuperó la chaqueta y el teléfono y salió del molino, al otro lado del río ya habían llegado varios vehículos, entre ellos dos coches patrulla y una ambulancia.

Con las luces azules intermitentes danzando sobre la superficie del río, Tanner vio cómo el piloto de una lancha patrullera iba trayendo a esta orilla a dos sanitarios y a varios agentes. Entre ellos reconoció al inspector jefe Barrington.

Tanner se acercó al embarcadero para recibirlo y, tras esperar a que bajaran los sanitarios, vio a Barrington saltar de la lancha.

—Me he enterado de la noticia. ¿Cómo está Burgess?

—Me temo que no es nada bueno, señor.

—¿No es nada bueno en qué sentido?

Tanner no le respondió directamente.

—Vamos a tener que acordonar toda la zona.

—¡Mierda! —exclamó Barrington.

En cuanto lo dijo, recordó su posición y que tenía que mostrarse más respetuoso, de modo que se apresuró a añadir:

—Lamento muchísimo oír eso.

—Yo también, señor —respondió Tanner—. Puede que no siempre estuviéramos de acuerdo, pero desde luego no se merecía algo así.

—No —convino Barrington.

Tanner tomó aire, nervioso.

—¿Hay noticias de Jenny, señor?

—Todavía no. Lo único que sé es que la han llevado al centro médico de Wroxham. Nada más.

Barrington alzó la vista hacia el molino de Fen Marsh.

—¿Y Susan Follett?

—No hemos conseguido encontrarla. Se cayó por las escaleras justo después de cortarle a Jenny el..., pero luego pareció esfumarse. Tengo a Cooper y a otro agente buscándola ahora mismo, pero no creo que esté en el molino.

Al recordar la barca de remos escondida, Tanner escudriñó el embarcadero. Seguía amarrada, y la señaló.

—Creemos que usó esa barca para cruzar el río, pero, como sigue aquí, tiene que estar en esta orilla, en algún sitio.

Barrington recorrió con la mirada los juncos de alrededor. El viento había amainado del todo y se alzaban altos e inmóviles en el frío aire nocturno.

—Hay algo más, señor —continuó Tanner—. Dentro del molino.

—¿Qué cosa?

—Cunas, señor. Tres. Y dentro de dos de ellas hay...

—Tanner se detuvo mientras buscaba las palabras más adecuadas para describirlo—.

Creo que son los hijos no nacidos de Jane Richardson y Emily Warren.

Follett debió de extraérselos quirúrgicamente.

Los tenía envueltos en mantas, como si fueran recién nacidos.

—¡Dios santo! —exclamó Barrington, con una expresión de absoluto horror.

—Admitió haber matado a Jane y a Emily, pero no creo que matara a Simon. Cuando le pregunté por ello, ni siquiera parecía saber que estaba muerto.

—No lo mató ella —afirmó Barrington—. Los forenses encontraron huellas dactilares por todo el cuerpo y por toda la cocina, y la sargento Gilbert me acaba de decir, de camino hacia aquí, a quién pertenecen.