Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO
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CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO

A gradecido por la luz de la luna, Tanner bajó la escalera con Jenny en brazos tan deprisa como se atrevió.

No había ni rastro de Susan Follett, ni allí ni en el piso inferior, pero en ese momento le daba igual. Lo único que le importaba era bajarla sana y salva, sin caerse.

Al llegar al nivel inferior, corrió hacia la puerta, la forzó con el pie y salió al río, justo a tiempo de ver cómo la lancha patrulla que Jenny había llamado antes empezaba a atracar junto al viejo embarcadero de madera.

Jadeando, corrió hacia ellos y gritó:

—¡TENGO AQUÍ A UNA AGENTE HERIDA!

Uno de los hombres uniformados que iban en la lancha saltó a tierra para ayudarlo, mientras el otro se metía de un salto en la pequeña cabina a por el botiquín.

Con Jenny aún acunada entre sus brazos, Tanner se dejó caer de rodillas y le dijo al primer agente:

—Es el cuello. Tiene un corte.

Pero resultaba evidente dónde estaba la herida. La camisa que Tanner había utilizado para contener la hemorragia estaba empapada de sangre.

El segundo agente se reunió con ellos en el embarcadero y no perdió tiempo: sacó un apósito grande del botiquín y lo abrió.

Cuando estuvo listo, mientras Tanner sostenía la cabeza de Jenny, el primer agente retiró la camisa con un movimiento rápido y el segundo la sustituyó por el apósito.

Mientras este lo mantenía en su sitio, el primer agente encontró un rollo de gasa y empezó a enrollársela alrededor del cuello para sujetarlo.

Un único aullido de sirena rompió el silencio de la noche.

Un coche de policía había entrado en el aparcamiento al otro lado del río, y sus luces azules intermitentes rebotaban en el molino que tenían detrás. El primer agente levantó la vista hacia Tanner y dijo:

—Debe de haber perdido mucha sangre. Hay que llevarla a un hospital. Si puede llevarla hasta la lancha, la pasamos al otro lado. Desde allí se la lleva el coche patrulla.

Tanner estaba desesperado por quedarse con ella, pero, al recordar que Burgess seguía dentro del molino y que quizá aún estuviera vivo, antepuso sus responsabilidades profesionales a sus sentimientos por Jenny y dijo:

—De acuerdo, pero en cuanto esté en el coche patrulla, os quiero de vuelta aquí.

Antes de pasarla a la lancha, Tanner se detuvo un instante a mirarle la cara. Alarmado al ver que tenía los ojos cerrados y la piel blanca como la luna, y rogando a Dios que no se le hubiera escapado la vida mientras le vendaban el cuello, dijo:

—¡Jen!

Con un enorme alivio, vio que entreabría los ojos.

—Hemos parado la hemorragia, Jen, y te llevamos al hospital. ¡Te vas a poner bien!

Pero, aunque las comisuras de la boca se le curvaron hacia arriba en respuesta, estaba claro que no estaba nada bien.

—¡Rápido, cogedla! —dijo, y se la entregó.

Mientras los dos agentes la subían a la lancha, Tanner se incorporó y miró hacia la otra orilla del río. Al ver allí a Cooper con los dos agentes que acababan de llegar en el coche, gritó:

—Jenny va para allá en la lancha patrulla. ¡Necesita atención médica urgente !

Cooper le respondió a gritos:

—La llevaremos al centro médico de Wroxham. Está cerca.

—De acuerdo, pero que la lleve el coche patrulla. A ti te necesito aquí. Burgess sigue dentro. Está gravemente herido y voy a necesitar ayuda para bajarlo.

Mientras la lancha patrulla se alejaba del embarcadero rumbo a la orilla opuesta, Cooper preguntó:

—¿Y Susan Follett?

Tanner vaciló un instante antes de responder:

—Creo que ella también sigue dentro.