Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO CINCUENTA
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CAPÍTULO CINCUENTA

A l intuir lo que estaba a punto de hacer, Tanner se abalanzó sobre ella con un grito visceral.

El tiempo pareció dilatarse hasta convertirse en un único instante interminable.

Vio enrojecer las mejillas de Jenny.

Al parpadear, cerró los párpados y las lágrimas que se agolpaban detrás le resbalaron por las mejillas.

La trastornada recepcionista había empezado a pasarle la hoja por la garganta.

Al ver que Tanner se acercaba, Susan dio un paso atrás por instinto. Pero no había nada donde apoyar el pie.

Mientras hablaban, Tanner la había ido llevando poco a poco hacia el enorme agujero negro abierto en el suelo.

Al perder el equilibrio, soltó el cuchillo e intentó agarrarse a Jenny.

Pero Tanner se le adelantó.

Le agarró el brazo extendido y tiró de ella hacia atrás, lejos del borde, mientras Susan caía por el agujero: rodó hasta lo alto de la escalera, pasó por encima del lateral y se estrelló contra el suelo, unos tres metros más abajo.

Al comprender que estaba a salvo, Jenny empezó a sollozar sin disimulo ni vergüenza.

Con una mano en el hombro de ella, Tanner la miró fijamente a los ojos, el rostro contraído por la angustia y el tormento.

Al ver lo preocupado que estaba, trató de tranquilizarlo.

—¡Estoy bien! ¡Estoy bien!

Pero Tanner ya no le miraba la cara. Tenía la vista clavada un poco más abajo.

Con todo lo que había pasado, Jenny no había notado cómo la hoja del cuchillo de Susan, afilada como una navaja, le recorría el cuello y le abría la vena yugular, de la que ahora brotaba a borbotones una sangre negra como la noche.

Al ver hacia dónde miraba, se llevó la mano al punto donde había estado el cuchillo de Susan. Notó la viscosidad cálida de la sangre que le empapaba la mano y, con el espeso olor a hierro en la boca, la levantó para mirarla.

Cuando lo comprendió, las piernas le fallaron, y eso arrancó a Tanner de su estado hipnótico.

Soltó el teléfono, la luz de la linterna se apagó y el molino quedó sumido en la oscuridad, salvo por la luz delicada de la luna naciente, que se colaba por la estrecha ventana del piso de arriba del molino.

De un solo movimiento, la arrastró hasta la pared más cercana y la dejó apoyada en ella.

Mientras ella lo miraba desde abajo, él se quitó de un tirón el abrigo y la chaqueta.

Arrancó los botones de la camisa, se la quitó de un tirón, la hizo una bola y la apretó contra la herida abierta.

La observó mientras ella la mantenía en su sitio y, con los ojos llenos de lágrimas, bajó la vista hacia ella y dijo:

—Tú no te preocupes, Jenny, ¡vas a estar bien!

Con una leve sonrisa, ella lo miró fijamente a los ojos y preguntó:

—¿Me lo prometes?

La recogió en brazos y, de un solo movimiento, se puso en pie. Mientras la llevaba hacia las escaleras, volvió a bajar la vista hacia ella.

—¡Te lo prometo!