CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE
T ANNER MALDIJO entre dientes. Sabía quién era, y sabía también lo que debía de haber ocurrido.
Antes de responder, volvió a levantar la mano de Burgess para colocarla sobre la corbata enrollada. Mientras lo hacía, le susurró al oído:
—Mantén la mano ahí y procura no moverte.
Alargó la mano para recoger el móvil del suelo, se puso despacio en pie y se dio la vuelta.
Frente a él, justo al lado de la cuna donde había visto los restos en descomposición, estaba Susan Follett, con su abundante cabello rizado recogido detrás de la cabeza.
Inmovilizada entre sus brazos, justo delante de ella, estaba Jenny.
A la luz de la linterna, Tanner distinguió con claridad la fría y afilada hoja de un gran cuchillo de cocina apoyada contra la delicada piel blanca del cuello de Jenny, manchada de rojo con lo que supuso que era la sangre de Burgess.
Le distrajo uno de los lóbulos de Susan Follett: no pudo evitar fijarse en que lo tenía partido por la mitad.
El pendiente con forma de mariposa que habían encontrado bajo el puente tenía que ser suyo; se lo debió de arrancar cuando atacó y mató a Jane Richardson.
Al fijarse en el rostro de Jenny, pálido como la luna y crispado de miedo, Tanner vio que en sus ojos seguía habiendo un brillo de valentía desafiante.
—¿Estás bien, Jen? —preguntó.
—Oh, está perfectamente, ¿verdad, Jen ? —dijo Susan, y le tiró del pelo para echarle la cabeza atrás y mirarla a los ojos.
—Estoy bien —respondió Jenny con vacilación.
—Aunque, dicho esto —continuó Susan—, probablemente deje de estarlo en cuanto le abra la garganta, aquí mismo, delante de usted.
—¡No hace falta llegar a eso, señorita Follett! —declaró Tanner—. Y, además, no hemos venido por usted. Hemos venido a buscar a nuestro compañero, el inspector Burgess, que aún está vivo. Así que, si nos deja marcharnos a los tres, no le causaremos más problemas.
—¿Alguna vez ha perdido a alguien a quien quisiera, inspector?
La pregunta le disparó a Tanner una ráfaga de imágenes en la cabeza.
—¿A su hija, quizá?
¿Cómo demonios sabía lo de ella?
—Mire, yo personalmente creo que esta Jenny es igualita a ella; a su hija, digo. ¿No le parece?
Debía de haber investigado por su cuenta, pensó Tanner. Probablemente a todos ellos. Pero no iba a dejar que jugara con su cabeza.
—Esto no tiene nada que ver conmigo, señorita Follett. Y, como ya le he dicho, no hemos venido por usted. Nuestro compañero, ahí detrás, está gravemente herido. Tenemos que llevarlo a un hospital. Así que, si nos deja marchar, podremos olvidarnos de todo esto.
Susan lo ignoró.
—Veo que ha conocido a mis hijos. ¿A que son adorables?
Adorables no era precisamente la palabra que Tanner habría empleado para describirlos, pero no era momento de llevarle la contraria.
—Desde luego que lo son, señorita Follett. Ahora, si deja el cuchillo, nadie más saldrá herido y nos iremos por donde hemos venido.
—¡No soy estúpida, que lo sepa!
—Nunca he dicho que lo fuera.
—Solo porque soy recepcionista y no un médico arrogante y con un sueldo desorbitado.
—Insisto, no he dicho eso. Siento si he dicho algo que haya podido darle esa impresión.
—¡Si aquí hay alguien estúpido, es usted ! —continuó—. Ni por un instante pensó que pudiera ser yo quien hubiera matado a esas mujeres. Hasta estaba dispuesta a enseñarle fotos de mi primogénito, el que le quité a la supuesta esposa de Simon, pero no tuvo la profesionalidad de mirarlas.
—Esas cosas de ahí, señorita Follett —empezó Tanner, señalando la hilera de cunas que había entre ellos—, sabe que están muertos, ¿verdad?
Ella respondió con un gruñido malicioso:
—¡ Cómo se atreve a decir eso de mis bebés!
—Y otra cosa —dijo Tanner—. No son suyos.
Susan Follett se quedó callada un instante, antes de que una sonrisa amplia y maliciosa se extendiera por su rostro redondo.
—Quien se lo encuentra, se lo queda —dijo al fin—. Además, Dios no quería que esas mujeres tuvieran hijos.
—Ya veo —dijo Tanner—. ¿Y eso se lo dijo Él en persona?
—¡No se burle de mí, inspector! —le espetó, apretando el cuchillo con fuerza contra la garganta de Jenny, tanto que la hoja empezó a clavársele en la piel—.
Si Dios hubiera querido que tuvieran hijos, las habría bendecido de manera natural, no las habría obligado a someterse a un tratamiento de fecundación in vitro.
—Pero ¿no fue culpa de Dios que Simon fuera homosexual? Esa fue la razón por la que la dejó, ¿no? Porque le gustaban los hombres, no usted.
—¡Es usted aún más estúpido de lo que creía! —declaró—. ¡Simon no es gay! Solo dijo eso para no tener que pasarse el resto de su vida en la cárcel. Aunque es una pena que no se diera cuenta. Si lo hubiera acusado, como tenía que haber hecho, yo no habría tenido que matar a esa otra mujer.
—¿Y Simon? —preguntó Tanner—. ¿Qué hizo para merecerlo?
—¡Me dejó! ¡Eso es lo que hizo! Y solo dos días antes de casarnos.
Y, por si eso fuera poco, cinco años después se presenta tan campante en mi clínica con esa zorra emperifollada de su mujer colgada del brazo, ¡y ni siquiera me reconoce, joder!
Le aseguro que se merece de sobra estar entre rejas. Por mí, que tiren la llave.
—Puede ser, señorita Follett, pero ¿de verdad merecía morir?
Tanner vio cómo una nube de confusión cubría el rostro de Susan. Al mismo tiempo, el cuchillo que le apretaba contra la garganta de Jenny bajó un poco.
—¿Por qué dice eso? ¿Que no merecía morir?
De pronto cayó en que no solo tenía que haber sido otra persona quien había matado a Richardson, sino que aquella mujer trastornada que tenía delante no sabía que estaba muerto. Se encontró de repente con una carta nueva en la mano y no perdió un segundo en jugarla.
—¿No se ha enterado? —empezó, mientras rodeaba las cunas para acercarse a ella—. ¡Simon está muerto!
Susan tiró de Jenny hacia atrás y lo fulminó con la mirada, entrecerrando los ojos.
—¡Miente!
—Le aseguro, señorita Follett, que no. Jenny y yo encontramos su cadáver esta tarde, tirado en un charco de sangre en la cocina de su casa, justo después de dejarla a usted en Buxton Manor.
—Lo siento, inspector, pero no le creo.
—Es verdad, señorita Follett. Alguien le machacó la cabeza a golpes hasta tal punto que, cuando lo encontramos, de la cara no le quedaba más que una masa irreconocible de sangre y hueso. ¡Ha salido en todas las noticias!
—Pero… ¿por qué iba alguien a querer hacerle daño a Simon?
—Probablemente porque usted hizo creer a todo el mundo que era un psicópata chalado que no solo había matado a su mujer, sino también a Emily Harris.
—A esa zorra de su mujer la maté solo para que pagara por lo que me había hecho. Y la otra seguiría viva si usted lo hubiera encerrado como debía.
—En cualquier caso, señorita Follett, Simon está muerto. ¡Y lo está por culpa de lo que usted empezó!
Cuando empezó a calarle que alguien había matado a su exprometido, un hombre del que, a todas luces, seguía desesperadamente enamorada, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—No, inspector. Su sangre está en sus manos, no en las mías.
Los ojos de Jenny se abrieron de par en par de puro terror. Susan agarró el cuchillo con tanta fuerza que se le quedaron los nudillos blancos y, mientras volvía a echarle la cabeza hacia atrás, le susurró con una sonrisa demoníaca:
—Y ahora voy a hacer que tú pagues.