Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO
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CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO

J enny dejó la barca de remos donde estaba y volvió a hurtadillas por el embarcadero para reunirse con Tanner, que ya había encontrado dónde pisar con firmeza, en tierra sólida.

Al acercarse, inclinó la cabeza hacia atrás para mirar las enormes aspas de madera, suspendidas e inmóviles sobre ellos.

—Por aquí tiene que haber alguna entrada —dijo, y echó a andar delante de él, rodeando la base del molino.

Cuando llevaba recorrida una cuarta parte, encontró una pequeña puerta de madera cubierta por capa tras capa de pintura blanca descascarillada.

—Aquí, señor.

A esas alturas, Tanner tenía serias dudas sobre la idea de entrar. Al fin y al cabo, se estaban planteando meterse desarmados en la casa de una presunta asesina en serie, sin haber tomado siquiera la precaución de ponerse chalecos antipuñaladas.

—¿Cuánto crees que tardará en llegar la lancha patrullera? —preguntó.

—Unos diez minutos.

—De acuerdo, entonces creo que vamos a tener que esperarlos.

—¿Y qué pasa con Burgess?

—¿Qué pasa con él?

—¿Y si está atrapado dentro, con ella ?

—¡Razón de más para esperar!

Al ver que Jenny seguía con la mano en el picaporte, susurró:

—Mira, Jen, es demasiado arriesgado. Podría estar esperándonos detrás de la puerta, armada con Dios sabe qué. Volvamos al embarcadero y veamos si hay señales de esa lancha patrullera.

Jenny estaba a punto de hacer lo que Tanner le proponía cuando oyó un ruido en el interior del molino.

—Espera —dijo—. ¿Has oído eso?

Tanner no respondió. Puede que hubiera oído algo, pero no estaba seguro.

Se quedaron quietos y volvieron a escuchar, pero el aire seguía en calma. Incluso la brisa que soplaba entre los juncos se había apagado.

Desde el oeste les llegó el sonido lejano de un avetoro, un ave zancuda de los Broads que rara vez se deja oír; su bramido recorrió el paisaje de juncos encharcados hasta llegar a ellos. Pero no era eso lo que Jenny había oído.

Tras unos segundos de silencio, Tanner acabó preguntando:

—¿Qué se supone que tengo que oír?

—Me ha parecido oír a alguien que llamaba desde dentro del molino.

—¿Estás segura?

Entonces el sonido se repitió, pero esa vez mucho más fuerte.

Era, sin duda, una petición de auxilio.

—¡Es Burgess! —declaró Jenny.

—¡Mierda! —dijo Tanner.

Ella tenía razón. La voz sonaba a Burgess, así que no les quedaba otra opción; o al menos él no la tenía.

Una vez tomada la decisión, dijo:

—De acuerdo, entro yo, pero tú te quedas aquí fuera.

—Lo siento, jefe, pero de eso nada.

Al ver la determinación grabada en su rostro, Tanner claudicó.

—Está bien —empezó—, pero entro yo primero y debes quedarte pegada a mí.

Jenny asintió y se hizo a un lado para que Tanner ocupara su sitio junto a la puerta.

Giró el picaporte y la entreabrió con cuidado, lo justo para mirar por la rendija.

Dentro del molino reinaba una oscuridad absoluta. El aire era frío y húmedo, y en él flotaba un olor espeso y penetrante que Tanner reconoció al instante: el hedor crudo de la carne en descomposición.

Tanner sacó el móvil y encendió la linterna.

Jenny hizo lo mismo. Él empujó la puerta y comprobó qué había detrás.

No había nadie.

Al darse cuenta de que estaba conteniendo la respiración, soltó el aire con alivio.

Siguió el haz de luz con la mirada y observó a su alrededor.

Por lo que alcanzaba a ver, en algún momento habían convertido el molino en una vivienda.

En el centro del suelo había una gran alfombra y, sobre ella, dos sofás, los dos de dos plazas, colocados en forma de L alrededor de una mesita baja de madera, encima de la cual se amontonaban tazas, periódicos y revistas.

Pegada a la pared del fondo había una cocina muy básica: una simple encimera, un fregadero y, debajo, un cubo de basura lleno hasta rebosar.

Sobre la encimera, un hornillo doble de gas de camping y, desparramados a su alrededor, un revoltijo de platos y tazas sucios y latas de comida sin abrir.

A su derecha, Tanner vio una escalera que subía pegada a la pared interior cónica del molino hasta el piso de arriba. Pero no se veía ni se oía a nadie: ni Burgess ni Susan Follett.

Antes de entrar del todo, Tanner gritó:

—¡Policía de Norfolk! ¿Hay alguien ahí?

Escucharon cómo su voz resonaba a su alrededor, pero no hubo respuesta.

Tanner susurró:

—Será mejor que echemos un vistazo arriba.

Abrió la puerta un poco más y entró con extrema cautela.

Jenny lo siguió hasta el pie de la escalera, mientras las linternas perseguian sombras por el interior del molino.

—¿Qué es ese olor? —preguntó Jenny.

Tanner puso el pie en el primero de la docena de escalones que tenía delante y respondió:

—No lo sé, pero, sea lo que sea, creo que viene de ahí arriba.

Dirigió la linterna hacia un gran hueco rectangular abierto en el techo, donde moría la escalera.

Sin apartar la luz del hueco, empezó a subir.

Cuando la coronilla le quedó a la altura del techo, se detuvo y miró atrás para asegurarse de que Jenny seguía allí. Entonces, con el corazón golpeándole con fuerza en el pecho, alzó la cabeza lo justo para asomarse por encima del borde del suelo de la habitación de arriba.

Si abajo el olor era malo, allí arriba era mucho peor.

Recorrió la habitación con el haz de la linterna.

En el centro de aquella habitación, mucho más pequeña que la de abajo, había tres cunas de madera oscura alineadas, cada una con los laterales de barrotes. Vio que la más cercana a él estaba vacía, pero en las otras dos había sendos bultos pequeños cubiertos con una manta.

Aparte de una vieja mecedora de madera bajo una ventana pequeña y, en el otro extremo, un armario junto a una cómoda, no vio nada más.

Tras repasar con la linterna todo el perímetro, se impulsó para salir al suelo y se volvió para tenderle la mano a Jenny.

En cuanto ella pasó por el hueco y pudo ver la habitación entera, dijo:

—¡Esto parece una especie de cuarto de niños!

—¡Eso parece! —convino Tanner.

Tanner se acercó sigilosamente a la cuna del medio y dirigió la linterna al interior para observar el diminuto bulto que yacía allí, pulcramente envuelto en una manta blanca de lana.

Por un instante no consiguió entender qué estaba viendo.

Donde esperaba el rostro angelical de un bebé dormido había, en cambio, una masa negra y ondulante que relucía al moverse bajo la luz de la linterna.

Movido por la curiosidad, alargó la mano para tocarla.

En cuanto lo hizo, un repugnante enjambre de moscas se alzó por los aires y se abalanzó sobre su cara.

Retrocedió a trompicones y manoteó con furia contra ellas, pero desaparecieron tan rápido como habían aparecido.

Jenny dirigió la linterna hacia la cuna para ver de dónde habían salido.

Por la parte superior de la manta asomaba la diminuta cabeza de un bebé que la miraba fijamente: tenía la piel roja y llena de ampollas, de la nariz le manaba un pus sanguinolento y, donde deberían haber estado los ojos, no había más que dos agujeros abiertos, cada uno plagado de gusanos.

Jenny tuvo una arcada y luego se volvió para vomitar violentamente en el suelo.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó Tanner, obligándose a volver al borde de la cuna—. ¡Dios mío! Es... un...

Pero no fue capaz de pronunciar la palabra, no en voz alta.

Mientras las moscas empezaban a regresar a lo que parecían los restos de un feto, Tanner oyó algo moverse justo más allá de la tercera cuna.

Apartó la mirada y apuntó con la linterna hacia el sonido. Allí, oculto detrás de la última cuna, había un hombre desplomado contra la pared, con la cabeza caída a un lado.

—¡Burgess!

Tanner corrió hacia él y cayó de rodillas.

—¡Dios santo! ¡Burgess! ¿Estás bien?

Pero desde el primer momento resultó evidente que no lo estaba.

A la luz de la linterna, Tanner vio que la sangre le había empapado la camisa a la altura del estómago, donde tenía apoyada la mano, y que se extendía por el suelo a su alrededor.

Burgess entreabrió los ojos.

Sin mover la cabeza, alzó la vista hacia Tanner y dijo con voz vacilante:

—La muy zorra. Me ha apuñalado.

—Te pondrás bien, no te preocupes —dijo Tanner con toda la convicción que logró reunir.

Se arrancó la corbata del cuello y gritó hacia atrás:

—¡Jenny! ¡Me vendría bien tu ayuda!

Mientras esperaba a que ella llegara, Tanner dejó el teléfono en el suelo, de modo que la luz apuntara hacia el techo.

Ya con las dos manos libres, enrolló la corbata y apartó la mano de Burgess del lugar donde suponía que estaba la puñalada.

Al encontrar un corte profundo en la parte alta del abdomen, justo debajo de la caja torácica, dijo:

—Esto va a doler.

Con la corbata enrollada, taponó el agujero.

Mientras Burgess se retorcía de dolor, Tanner gritó:

—¡Jenny! ¿Dónde demonios estás?

—¡Aquí! —respondió una voz de mujer desde la oscuridad.

Pero no era la de Jenny.