CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE
A L LLEGAR AL CAMINO DE SIRGA, dirigieron la mirada al frente, a lo largo de los amarres habilitados que acompañaban al río en una curva suave.
Pero lo que en los meses de verano habría estado abarrotado de embarcaciones de recreo, con otras tantas subiendo y bajando el río en busca de un hueco, a mediados de abril seguía sumido en un silencio inquietante, y no se veía ni una sola embarcación.
Caminaron hasta poder ver más allá de la curva, donde terminaban los amarres, y estaban a punto de volver sobre sus pasos cuando oyeron un rumor lejano.
—Parece que se acerca una —dijo Jenny mientras escudriñaba el curso del río en la luz que se apagaba a toda prisa.
A su izquierda, el sol se hundía deprisa y las sombras frías se estiraban hacia ellos desde los árboles de ramas desnudas de la orilla opuesta.
Un instante después, ella gritó:
—¡Ahí está!
Justo entonces apareció a la vista la afilada proa de un hermoso crucero a motor de madera.
Tanner aguzó la vista y vio aparecer una luz verde en el costado más cercano de la embarcación, seguida de otra roja en el lado opuesto cuando esta dobló la curva del río.
Jenny usó la linterna del móvil para hacerle señales.
Cuando la embarcación empezó a arrimarse a su orilla, distinguieron la cabeza de un anciano por encima del parabrisas.
En cuanto creyó que estaba lo bastante cerca para oírla, Jenny sacó su identificación policial, la alzó bien alto y gritó:
—¡Policía de Norfolk! ¡Necesitamos que nos lleve!
La cabeza asintió en señal de que lo había entendido y, un instante después, les llegó una voz con un marcado acento de Norfolk:
—Ya la arrimo al costado.
Al acercarse la embarcación al amarre, el motor primero aminoró y luego aceleró un instante, y la popa entró marcha atrás con pericia.
Cuando estuvo lo bastante cerca, Jenny no esperó a que se detuviera: alargó el brazo, agarró el pasamanos que recorría de punta a punta el elevado techo de madera de la cabina y, apoyando un pie en la regala barnizada, se izó a bordo con la destreza de la costumbre.
Tanner hizo lo mismo, aunque sin la elegante gracia que había demostrado su joven subordinada.
Sin soltar el pasamanos, empezó a seguir a Jenny hacia la bañera de gobierno.
Mientras tanto, el patrón puso el motor en punto muerto, giró el timón a tope a babor, metió de nuevo la marcha atrás para sacar la proa y luego giró el timón hacia el otro lado al tiempo que volvía a poner la marcha adelante.
Por encima del suave zumbido del motor, gritó:
—¿Pa’ dónde van?
—¿Puede llevarnos hasta Fen Marsh Mill? —preguntó Jenny.
—Sí —respondió él, y un par de ojos azules y confiados brillaron bajo una gastada gorra de tweed.
—¿Y usted? —preguntó ella a su vez—. ¿Adónde se dirige?
—Voy pa’ Horning —respondió—, pero es más tarde de lo que creía.
—Supongo que la embarcación es suya —dijo ella, movida por la curiosidad profesional. Las embarcaciones de alquiler no podían navegar por los Broads de noche y, aunque todavía no había oscurecido, sin duda lo habría hecho para cuando él llegara a Horning.
—Sí —respondió el hombre. Dio una palmada cariñosa al timón, como si fuera un labrador de confianza, y añadió—: Llevo con esta más de veinte años.
A Jenny no le sorprendió demasiado oírlo. Se había vuelto rarísimo ver lanchas motoras de madera de alquiler navegando por los Broads, y menos aún en un estado tan mimado.
Cuando empezaron a doblar la curva del río, Jenny vio que el sargento Cooper seguía de pie junto al coche de Susan Follett. Avanzaron un poco más y las altas aspas oscuras de Fen Marsh Mill empezaron a alzarse ante ellos.
Al descubrir un viejo embarcadero de madera al pie del molino, Jenny se inclinó hacia el patrón.
—¿Podría dejarnos ahí?
Con un gesto afirmativo, el hombre dirigió el crucero a motor de los Broads hacia la orilla de estribor, la más alejada, a la vez que reducía gas.
Jenny y Tanner rodearon la parte delantera del techo de la cabina hasta el costado, donde se agacharon a esperar.
Cuando la proa quedó a unos treinta centímetros del embarcadero, el patrón puso el acelerador en punto muerto, giró el timón a tope a estribor y metió la marcha atrás, con lo que atrajo la popa con pericia hasta que el barco rozó con suavidad el amarre.
Jenny saltó del barco con la misma soltura de antes, a un embarcadero bajo de madera que crujió en señal de protesta, y se volvió para dar las gracias al dueño.
Cuando Tanner bajó de un salto para reunirse con ella, el anciano preguntó:
—¿Quieren que amarre?
—No hace falta —respondió Jenny—. Viene una lancha patrulla desde Ludham. Cuando llegue podrán llevarnos de vuelta.
—Como quieran, señorita.
Giró el timón a tope a babor y tiró del acelerador para salir marcha atrás.
Mientras lo veía alejarse, con Fen Marsh Mill alzándose a sus espaldas, ya reducido a una silueta negra contra un cielo rojo cada vez más oscuro, Tanner dijo:
—Quizá deberíamos haberle pedido que se quedara.
El borboteo del motor se perdió en la distancia y no dejó más que el susurro incesante de los juncos, que parecían cerrarse a su alrededor. Jenny empezaba a pensar lo mismo, pero no lo dijo. En lugar de eso, saludó con la mano a Cooper, que seguía en la otra orilla, y gritó:
—Vamos a echar un vistazo. Tú estáte atento por si aparece la lancha patrulla. Debería llegar de un momento a otro.
Cuando él asintió para darse por enterado, Jenny se volvió a observar el entorno. Solo había visto el molino desde el río, nunca tan de cerca, y era mucho más grande de lo que esperaba.
Al oír que algo se movía entre los juncos a su izquierda, Tanner giró la cabeza de golpe y vio el contorno de lo que parecía una barca de remos, amarrada en el extremo más alejado del embarcadero en el que se encontraban, pero colocada de tal modo que los juncos la ocultaban a cualquiera que intentara verla desde el río.
La señaló y preguntó en voz baja:
—¿Crees que la usó para llegar hasta aquí?
Jenny avanzó con cuidado por el embarcadero, descuidado desde años atrás, que crujía y se balanceaba bajo sus pies.
Se arrodilló para mirar más de cerca y advirtió que, aunque la cuerda con la que estaba atada al embarcadero parecía tan vieja como la barca, el nudo era reciente. Además, los remos que descansaban dentro, con las empuñaduras encajadas en las chumaceras giratorias, seguían mojados.
—Eso me imagino —dijo por encima del hombro—. Y, además, se ha usado hace muy poco. ¡Debe de estar aquí!
Tanner miró hacia Fen Marsh Mill, a sus espaldas, que ya no era más que una enorme sombra negra, y preguntó en el mismo tono quedo:
—Pues si está aquí, ¿dónde demonios se ha metido Burgess?