Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS
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CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS

A L NO CONSEGUIR dar con Burgess en el móvil, Tanner no tuvo más remedio que llamar a la comisaría de Wroxham.

Le pasaron con la sargento Gilbert y, saltándose los saludos de rigor, preguntó:

—¿Dónde está Burgess?

—Ha salido con Cooper. Nos han avisado de que alguien ha visto el coche de Susan Follett, así que han ido a echar un vistazo.

—¿Y dónde ha sido eso?

—En un aparcamiento frente a Fen Marsh Mill, no muy lejos de Buxton Manor.

—¿Por qué demonios no nos lo ha dicho nadie? —espetó Tanner, cada vez más furioso—. Digo yo que nos habría venido bien saberlo, teniendo en cuenta que nos hemos pasado casi una hora conduciendo hasta su maldito piso.

—Lo siento, señor —se disculpó Vicky—, pero creo que quería comprobarlo personalmente.

—Bueno, supongo que es comprensible, pero al menos alguien podría habernos avisado.

Mientras Tanner respiraba hondo para calmarse, Vicky volvió a disculparse, y él añadió:

—En fin, nosotros también vamos para allá. En su piso no había ni rastro de Follett, y su vecina nos ha dicho que quizá esté en el molino, lo que explicaría que su coche esté allí. Así que, cuando vuelvas a hablar con Burgess, ¿puedes decírselo?

—Lo haré, señor —respondió Vicky.

Tanner colgó y miró a Jenny.

—Aquí la comunicación funciona de maravilla, ¿eh?

—Creo que Burgess todavía se está acostumbrando a tenerte por aquí.

—Supongo que solo llevo unos días aquí, aunque me parezca que ha pasado muchísimo más tiempo. En fin, ¿has conseguido una lancha patrullera?

—Sí, pero me han dicho que la más cercana tardaría cerca de una hora en llegar.

—¿Una hora?

—Tienen que respetar el límite de velocidad del río, igual que todo el mundo.

—¿Y cuál es?

—Entre cuatro y seis millas por hora, según la zona.

—¿No llegarían antes a pie?

—No si tuvieran que llevar la lancha a cuestas.

Tanner no sonrió ante aquel comentario, así que ella continuó:

—No te preocupes. Seguro que encontramos a alguien que nos cruce al otro lado.

Siguiendo las indicaciones de Jenny, tardaron algo más de cuarenta y cinco minutos en llegar al aparcamiento donde habían visto el coche de Susan Follett. Para entonces ya pasaban de las siete y media y el cielo se oscurecía por momentos.

Al entrar, vieron al sargento Cooper paseando de un lado a otro junto al coche que buscaban. Tenía las manos hundidas en los bolsillos y la mirada clavada en el suelo, como si hubiera preferido estar en cualquier otro sitio.

Al ver entrar el XJS de Tanner, Cooper se sacó las manos de los bolsillos, se irguió y fue a su encuentro a paso firme mientras se pasaba una mano por el pelo castaño claro, presumiblemente para intentar alisárselo.

Tanner salió del coche y preguntó:

—¿Dónde está Burgess?

Cooper miró hacia la otra orilla del río y respondió:

—Ha conseguido que alguien lo llevara hasta el molino de viento.

—¿Qué? ¿Solo? —preguntó Tanner, que se sumó a Cooper para contemplar, con cierta impotencia, el estrecho tramo de río.

En la orilla opuesta se alzaba Fen Marsh Mill, con su torre cónica de ladrillo rojo elevándose desde el mismo borde del agua.

Rodeaba la base un espeso cañaveral cuyos juncos se mecían de un lado a otro con la suave brisa y se susurraban entre ellos.

En lo alto del molino colgaban las aspas, semejantes a un crucifijo roto y, mientras el sol iniciaba su inevitable descenso hacia el horizonte del fondo, la ruinosa estructura adquiría una silueta oscura y siniestra contra un cielo que se iba tiñendo a toda prisa de rojo sangre.

—Solo ha ido a echar un vistazo —respondió Cooper.

—Pero ¿por qué no has ido con él?

—Me ha dicho que me quedara aquí, por si aparecía la señorita Follett.

—¿Y dónde creías que estaba, si su coche estaba aparcado aquí?

—Creo que dimos por hecho que había dejado el coche aquí y se había largado.

—Sabes que el molino es suyo, ¿no?

Cooper lo miró con desconcierto.

—¿El molino? ¿Te refieres a ese molino?

—No, sargento. ¡A otro completamente distinto que, casualmente, es idéntico a ese!

Cooper parecía incapaz de captar el sarcasmo de Tanner, así que este se vio obligado a añadir:

—Sí, Cooper, ese. Heredó el maldito trasto de sus padres.

—Pero… ¡no lo sabíamos!

Tanner se volvió hacia Jenny.

—Vamos. Será mejor que busquemos una barca que nos cruce al otro lado.

Mientras los dos se dirigían a toda prisa hacia el camino de sirga, Cooper les gritó:

—¿Y yo qué?

—Tú quédate ahí, por si vuelve Follett.

—Pero…

—¡Y pide refuerzos, ya que estás! —Y a Jenny le dijo—: Si Burgess está atrapado dentro de ese molino con la dichosa Susan Follett, y ella es quien creemos que es, ¡que Dios lo ayude!