Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO
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CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO

A los pocos minutos de hacer la llamada ya tenían la dirección de Susan Follett e iban camino de Bodham, un pueblo pequeño a casi una hora en coche al norte de Buxton Manor, donde supuestamente había alquilado un piso.

El piso en cuestión estaba en la planta baja de un bloque de ladrillo rojo de dos alturas, una antigua promoción de vivienda municipal, una de las muchas miles que se pusieron en venta con el plan de derecho a compra de los años ochenta.

Al aparcar justo delante del piso, varios vecinos se asomaron a ver quién había llegado.

Al bajar de su XJS, Tanner no pudo evitar la sensación de llamar la atención. Le pasaba a menudo cuando circulaba por barriadas de vivienda social. Aunque el coche tenía ya más de treinta años, seguía siendo un Jaguar, y no era habitual ver vehículos de semejante pedigrí aparcados en sitios así.

—No hay ni rastro de su coche —observó Jenny.

—No, pero será mejor comprobar si hay alguien en casa.

Tanner se acercó a la vieja puerta de PVC blanco, llamó al timbre y esperó.

Dentro resonó un timbre hueco, pero nadie respondió. Al final, una voz cascada grazó a su derecha:

—¡No está!

Al volverse, Tanner vio a una mujer que parecía mayor de lo que probablemente era y que los miraba con mala cara desde la puerta de al lado. En la cadera se le retorcía un bebé de seis meses, colorado y de aspecto mugriento, empeñado en zafarse para alcanzar algo que había en el camino de cemento.

—¿Perdón? —preguntó Tanner, aunque había oído perfectamente lo que decía.

—Buscáis a Suze, ¿verdad?

Suponiendo que se refería a Susan Follett, Tanner respondió:

—Sí, así es.

—Bueno, como ya he dicho, no está.

—¿Cuándo la vio por última vez?

—¡Lleva días sin pasar por aquí!

—Ya veo. ¿No sabrá por casualidad dónde puede estar?

La mujer lo miró sin expresión alguna.

—Ni idea, lo siento —contestó, aunque por el tono parecía que sí la tenía.

A Tanner no le sorprendió lo más mínimo su falta de colaboración. Para ella debía de estar más que claro que no habían ido de visita de cortesía, y cualquier otro motivo solo podía significar problemas.

Consciente de que probablemente solo había una forma de sacarle algo medianamente útil, Tanner sacó la identificación y dijo:

—Soy el inspector Tanner y ella es la agente Evans, de la Policía de Norfolk. Solo queremos hacerle un par de preguntas a Susan, nada más.

—No hay problema.

—Entonces, ¿sabe dónde está?

—¡No! —respondió ella, y le sonrió de oreja a oreja.

Tanner guardó la identificación y decidió cambiar de táctica.

—De acuerdo, hagamos una cosa. O empieza a colaborar un poco más, o la detenemos por obstrucción a la justicia. Después podremos tener esta misma conversación desde la comodidad de un calabozo.

El bebé que llevaba en la cadera empezó a lloriquear además de retorcerse, y la mujer dijo:

—Si queréis, podéis probar en Fen Marsh Mill.

—¿Fen Marsh Mill? —repitió Tanner.

—Eso he dicho.

—¿Y qué estaría haciendo allí?

—¿Y yo qué sé? Pero va bastante a menudo, los fines de semana y cosas así. Es suyo, o eso dice ella. Se lo dejó su madre al morir, aunque no es que le haya servido de mucho. Está hecho una ruina. No puede permitirse arreglarlo y nadie quiere comprárselo, así que ahí sigue, podriéndose.

Tras darle las gracias por su tiempo, mientras volvían al coche, Tanner preguntó a Jenny:

—¿Conoces Fen Marsh Mill?

—¡Claro! Es un sitio muy conocido, como todos los molinos antiguos. Aunque no sabía que fuera de propiedad privada.

Tanner arrancó el motor y preguntó:

—¿Podrías indicarme cómo llegar?

—Solo lo he visto desde el río. Está en la parte alta del Ant. No tengo ni idea de cómo llegar en coche. Espera, deja que lo mire —dijo, y sacó el móvil para abrir la aplicación de mapas.

Tanner se abrochó el cinturón y esperó.

Jenny no tardó en decir:

—En realidad no está lejos de Buxton Manor. Pero no veo manera de llegar hasta allí en coche. Lo mejor será ir en coche hasta aquí —dijo, señalando la pantalla—, y luego cruzar el río en barca.

—¿No hay forma de llegar desde el otro lado?

—No, mira. Está justo en medio de Reedham Marsh. Tendríamos que ir hasta Irstead Street, aquí, y luego dar toda la vuelta a pie. ¡Tardaríamos horas!

—Vale, pero ¿habrá alguna barca que nos cruce?

—No lo sé. Hay amarres públicos a lo largo de toda la orilla, así que con un poco de suerte habrá alguien dispuesto a llevarnos.

—¿Y si no hay nadie?

No le faltaba razón.

—Será mejor que pida una patrullera que nos espere allí.

—Y yo mejor llamo a Burgess para contarle lo que tenemos entre manos.