Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO
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CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO

A L ENTRAR en el aparcamiento de Buxton Manor, se hizo evidente de inmediato que faltaba algo.

—¡Su coche no está! —anunció Jenny.

Al ver que pasaban de las cinco y media, Tanner dijo:

—Probablemente ya haya acabado por hoy. Voy a entrar a ver si alguien sabe dónde está. Tú espera aquí.

Una vez dentro, quedó claro que algo no iba bien. No había nadie tras el mostrador de recepción, el teléfono sonaba sin que nadie lo cogiera y nada menos que tres parejas ocupaban la sala de espera; algunas parecían llevar allí un buen rato y empezaban a perder la paciencia.

Tanner miró por encima del mostrador de recepción y vio una taza de café casi llena junto al teclado, con una sola marca de pintalabios. Se inclinó y rodeó la taza con la mano.

Estaba helada.

Justo entonces, una voz se alzó a su izquierda:

—¿Señor y señora Jackson?

Mientras una de las tres parejas que esperaban empezaba a recoger sus cosas, el hombre masculló:

—Ya era hora, joder.

Tanner miró a ver quién había pronunciado sus nombres y vio a una mujer de mediana edad, con el pelo rubio canoso, de pie junto a la puerta lateral.

—Perdone, busco a Susan Follett.

—¡Como todo el mundo! —exclamó la mujer.

—¿Entonces no está?

—No, no está. Se marchó hace unas dos horas, sin molestarse siquiera en avisar a nadie.

Tanner le dio las gracias por su tiempo, salió disparado al aparcamiento y corrió hasta su coche.

Abrió la puerta y dijo:

—¡Se ha ido!

—¿Cómo que se ha ido? ¿ Ido del todo?

—Se marchó justo después de que nos fuéramos. Tú sí anotaste su matrícula, ¿verdad?

—Sí.

—Vale, llama a Burgess. Cuéntale lo que ha pasado y pídele que emita un aviso por radio para localizarla a ella o a su coche. Después pídele su dirección. Si piensa fugarse, con suerte pasará antes por su casa.